El verdadero valor de las cosas

El valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad de cómo suceden…  por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables.

Hoy hemos puesto a la venta la casa de mis abuelos, la casa en la que nació mi padre y en la que yo he vivido momentos de niñez. Desde hace ya cuatro años sus paredes ya no oyen palabras, risas, música, ruido… Las personas que la han llenado de historia se han ido y la única que queda necesita demasiados cuidados como para estar a los 1000 kilómetros de distancia que separan Santiago de Valencia.

Así que hemos tomado la decisión de venderla y utilizar ese dinero para cuidar de esa persona que tantos momentos nos ha hecho vivir en esa casa. No os podéis imaginar lo difícil que es ponerle precio, porque sí, el mercado, el perito, su situación geográfica, su estado de conservación… eso le pone precio, pero la sensación de final de etapa me ha hecho reflexionar que ese no es su valor. Cuán distinto es precio y valor…

Las personas que vayan a verla o que estén interesadas en comprarla, lo primero que percibirán al entrar será posiblemente el olor de una casa cerrada desde hace cuatro años… Van a ver simplemente sus paredes, sus suelos, los desconchones que hay en alguna pared, el polvo que lo cubre todo… y pensará para sí mismo si esta casa vale o no el precio que hemos fijado.

Ninguno de los posibles compradores de esa casita verá, desde los ojos de una niña, las tardes de verano en el patio, metida en un barreño con agua y regándose con un botijo de plástico amarillo. Tampoco verán como con una escoba tamaño infantil “pintaba con agua” los baldosines catalanes del patio, que se secaban demasiado rápido porque estaban al sol y había que “volver a pintar”.  No verá como la abuela se peinaba su moño perfecto sentada en una silla con asiento de esparto y un cojín de flores. No la verán ganchillar con sus manos arrugadas pero expertas, aquellas maravillosas colchas que nos hacía mientras nos miraba por encima de las gafas. No sentirá el martillo partiendo almendras para hacer turrón combinado con las risas de las niñas que competían a ver quién partía más. No olerá los higos que se secaban en el altillo y que nos comíamos asados en la chimenea en Navidad.

No verá a “Pintada”, la gatita mimosa que nos miraba curiosa y se escapaba corriendo cuando queríamos que nos acompañase al agua… pobrecita, con tanto pelo tenía que tener calor… ella no pensaba lo mismo. Tampoco oirá a la tía regañarnos por hacer trenzas en las cortinas de hilos que se usaban para que no entrasen las moscas… Todas esas cosas no podrá verlas porque no están. Sólo quedan las paredes, los muebles, las cosas… sólo las cosas, esas a las que les podemos poner precio. Todo lo demás, por suerte, es impagable, no se vende, y se quedará para siempre en nuestros corazones.

Al final, como muchas veces ocurre en la vida, no valoramos los momentos que vivimos hasta que se convierten en recuerdo. Ojalá la persona que la compre la llene, la viva y le dé valor a sus momentos.

Os invito a asomaros un poquito a mis recuerdos… en la casa de la abuela.

Fuente: . http://personas-proyectos.blogspot.com.es/

C. Marco
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