Cuando Napoleón chocó con Cartagena

'Defensa del parque de artillería de Monteleón en Madrid' (1808), de M. Castellano, y 'El conde de Floridablanca', de Goya.
‘Defensa del parque de artillería de Monteleón en Madrid’ (1808), de M. Castellano, y ‘El conde de Floridablanca’, de Goya.

 

La mañana del 23 de mayo de 1812, la Guerra de la Independencia se acercaba a un lúgubre final, dejando 500.000 muertos en una población de 12.000.000 de españoles. Ciudades arrasadas, campos asolados, pozos envenenados por la putrefacción de los cadáveres lanzados dentro, la economía aniquilada y el dolor marcado en la cara de todos a sangre y fuego.

Ese día, el Campo de Cartagena amaneció poblado por extraños y el aire se llenó de gritos incomprensibles, de órdenes y chirridos, de crujir de carretas y relinchos feroces. Los franceses rodeaban la ciudad y montaban baterías móviles. El día tan temido y largamente esperado había llegado. Al mando del general Pierre Soult, hermano del dudoso héroe que había pasado a sangre y fuego Andalucía, se preparaban para tomar, por orden expresa de Napoleón, una ciudad que hasta entonces había permanecido libre de las batallas que desangraban la Península, pero no al margen de la guerra.

Cartagena estaba muy preparada para lo que le esperaba y lista para cualquier cosa. Seguían muy cerca en el tiempo los dos sitios a Zaragoza y Gerona, aquellos en los que el heroísmo acabó bañado en sangre de miles de personas, en iglesias profanadas y casas destruidas, en canibalismo y desesperación, en huérfanos famélicos y epidemias. Todo aquello tenían muy presente los artilleros del fuerte de Atalaya cuando cargaron sus cañones y apuntaron a los gabachos. La ciudad entera se agolpaba en los baluartes de las murallas, debatiéndose entre el terror y el orgullo de habitar la milenaria esquina del Mediterráneo que siempre dio batalla. Las madres abrazaban a sus hijos y rezaban, los padres echaban mano de cualquier cosa que sirviese para hacer daño y los avaros ocultaban sus tesoros en los sótanos de la antigua ciudad púnica. En el Arsenal, la actividad era febril y los soldados se apostaban santiguándose. La suerte estaba echada.

Siempre me ha llamado la atención el corto número de ensayos sobre un episodio tan notable como fue la Guerra de la Independencia en la Región. Quizá la falta de gestas épicas, como Bailén o la defensa de Cádiz, tal vez la escasa presencia en ‘Los episodios nacionales’ sobre los que se forja el imaginario de aquel tiempo terrible hayan generado poco interés. Pero lo cierto es que el periodo es una mina para historiadores como Gómez Vizcaíno, González Castaño, Martín Consuegra, Piñar López o Sánchez Jara, que construyen el relato de aquellos años en muchos casos sobre la premisa de que la Región fue un espacio residual. Los ejes por los que discurre la campaña que durante cuatro años esquilmó el solar ibérico están claros y son radiales, con puntos clave en Cádiz, Valencia, Cataluña y el norte de Castilla, lo cual permitió a Murcia respirar con cierta tranquilidad durante los dos primeros años, tal y como narra Jiménez Gregorio. Pero eso no duraría.

Cartagena fue de las primeras ciudades en mostrar su estado de rebeldía a las órdenes de Murat cuando este tomó las riendas del país ante la cobarde huída de los Borbones.

La tarde del 23 de mayo de 1808, Cartagena depuso a las autoridades fieles a Godoy y nombró una junta de Defensa, adelantándose a Valencia y Zaragoza, que lo harían el 24, o Murcia, Sevilla, Lérida, Barcelona y Gerona, que lo harían el 25. Dubitativos, los malagueños, gaditanos y granadinos no lo harían hasta el 29.

Queda para la historia, sin embargo, que la primera localidad de la Región en declararse rebelde fuese Aledo, que el día 19 ya habría proclamado rey de España al príncipe de Asturias, Fernando VII. Cartagena aquel día se convirtió en un hervidero revolucionario que fue rápidamente controlado por los notables de la ciudad, ágiles en el manejo de la situación. Cartagena tomó pronto conciencia de su importancia militar y pasó a ser proveedor de tropas y armamento para las ciudades y regiones vecinas enviando ‘trenes’ de artillería, caballería e infantería a Valencia, Murcia, Granada y, especialmente Zaragoza, donde el Regimiento de Infantería Voluntarios de Cartagena, con 1.500 hombres y al mando del coronel Joaquín Ovalle, pasó a formar parte del ejército central distinguiéndose en el sitio de Zaragoza uno de los más feroces de la historia española.

La tensión era evidente, tal y como muestran los diarios del artillero López Pinto, que había presenciado los sucesos del 2 de mayo en Madrid y dejó una vívida narración del linchamiento del capitán general Borja, que ya contamos en estas páginas de ‘Ababol’ en el artículo relativo a José San Martín, uno de los muchos testigos de aquellos años terribles en Cartagena en los que nombres de Hidalgo de Cisneros-Ovando, Ciscar, o el gran José de Escaño, héroe de Trafalgar, marcaron un periodo complejo, si bien el más conocido es Isidoro Máiquez. El mayor actor de su tiempo estuvo presente en el levantamiento del 2 de mayo madrileño. Fue uno de los destacados liberales fue retratado por Goya, desterrado por Napoleón y siempre incómodo para Fernando VII, el rey felón.

Ya en las primeras horas de la guerra se organizó la defensa: se destinaron cazadores a puntos estratégicos para espiar los accesos a la ciudad, se fortificaron reductos, se derruyeron construcciones exteriores a la muralla, se talaron árboles y se comenzó una acción propagandística excepcional desde las diferentes imprentas de la ciudad. Cartagena estaba lista para resistir cualquier asedio, consciente de que sus murallas no eran de la altura que requería la artillería de entonces, pero si podía resistir Cádiz, Cartagena no iba a ser menos.

La ciudad portuaria era uno de los reductos militares más poderosos del Mediterráneo no solo por sus defensas: la orografía la hacía infranqueable por tierra y mar.

Cuestión aparte es la de la flota. Murat, en uno de sus primeros edictos, ordenó que se desplazase a Tolón para fortalecer la mermada escuadra francesa tras el desastre de Trafalgar. La orden llegó el 10 de febrero ante la inquietud general y Cayetano Valdés y Flores -un liberal convencido- al mando de la flota, acató las órdenes. A nadie escapaba que, con aquella medida, la ciudad quedaría desguarnecida, pero el destino -o las voluntad soterrada de Valdés- hizo que una serie de oportunas incidencias climáticas la llevaran a Mahón, donde quedó fondeada. La Ciudad Departamental preparó su defensa marítima con pequeñas embarcaciones artilladas, del todo insuficientes ante la posibilidad de un ataque francés por mar.

Pero todo cambió cuando en agosto apareció en la dársena el San Francisco de Paula, un navío de línea de 76 cañones que avisó de la llegada de la flota. Aquellos barcos eran ciudades, grandes máquinas en movimiento, tanto que servían como cárceles flotantes. A los pocos días, desde los fuertes de Navidad y Atalaya se divisaron las primeras velas al nordeste, era la flota. Las primeras salvas avisaron a los cartageneros y las campanas doblaron frenéticas. En la ciudad cercada por un enemigo invisible y lejano estalló la alegría en una población necesitada de ella. Los barcos devolvieron las salvas y arriaron las velas para entrar en la bocana. Uno tras otro aminoraron su marcha entre una multitud de pequeñas embarcaciones que salían a su encuentro para remolcarlos y festejarlos entre Trincabotijas y el fuerte de Navidad. La majestad de aquellos edificios flotantes nunca fue tan deslumbrante. El ‘Reina María Luisa’, buque insignia de Valdés con sus 114 cañones, el ‘San Pablo’, ‘Guerrero’, ‘Asia’ y ‘San Ramón’ con 76, más las fragatas (no tengo documentación relativa a ellas, pero es de suponer que acompañasen a los navíos de línea), entraron majestuosos en un colosal estruendo de órdenes, movimiento de tripulaciones, colorido de uniformes y salvas al viento. Aquella porción del que fue mayor poder mundial sobre los mares llenaba un puerto que para los cartageneros era aquel día un universo de gloria en forma de cañones invencibles. En ese momento, con sus siete castillos, los baluartes restaurados, los artilleros asistidos por «honrados ciudadanos» en más de 230 cañones distribuidos en todo el perímetro, la milicia, los regulares y los formidables navíos, la ciudad era un fortín inexpugnable.

Conde de Floridablanca:

Es lógico pensar que la Junta de Cartagena quedase al mando militar de la Región, pero Murcia, casi desguarnecida, indefendible y desarmada, consiguió este control gracias al recuperado conde de Floridablanca y su influencia sobre la junta central. Pero José Moñino fallecía en Sevilla el 30 de diciembre, celebrándose las exequias con todos los honores a aquel que tuvo la oportunidad de regir los destinos del país en dos momentos claves y en dos siglos bien distintos. Las diferencias entre las dos grandes ciudades de la Región eran grandes. Murcia fue saqueada dos veces, como fue Lorca y tantos otros núcleos, por Sebastiani y Soult, pero mantuvo el mando entre motines y enfrentamientos de facciones que hicieron la defensa imposible, mientras Cartagena, férreamente controlada y sofocados sus levantamientos, sufrió las epidemias de forma constante pese a los esfuerzos de la Junta por sanear las aguas estancadas y controlar la entrada de forasteros, a los que se sometió a un férreo control.

Cartagena fue durante toda la guerra una fuente de aprovisionamiento generosa e irreductible que se mantuvo entre los vaivenes de un país que confiaba a los liberales fortificados en Cádiz el futuro de una España en la que Fernando VII era un héroe casi mitológico.

Pero vayamos al día decisivo, el 23 de enero de 1812 (aunque algunos autores hablan del 24). Desde finales del año anterior la situación empeoraba para los franceses y Napoleón consideró prioritario tomar Alicante y Cartagena para pacificar este frente de manera que pudiese enviar efectivos a Rusia. Suchet tomó Valencia y se hizo con su puerto, razón por la que probablemente querían tomar también Cartagena. El general Soult había entrado en la Región y había entregado sus tropas al pillaje y saqueo de un ejército que no era más que una descomunal partida de bandoleros sin escrúpulos, pero en esta ocasión el propósito era de envergadura: tomar por sorpresa Cartagena. Siguiendo las tácticas napoleónicas, había desplegado sus tropas en torno a la ciudad de forma metódica y estudiado las defensas. Dentro estaban preparados, hacía días habían ido recibiendo informes de las avanzadillas y todo estaba listo. Sorprende que el francés tomase la decisión del asalto ante tan sólidas murallas y conocedor como era de que en el puerto estaban los barcos preparados, pero desplegó las baterías para bombardear la ciudad, quizá con el fin de rendirla por pánico, ya que la entrada por mar hacía imposible el desabastecimiento. En mi opinión, subestimó sobre el plano las posibilidades defensivas de una plaza en la que, tras cuatro años de guerra, no debían quedar muchos espías, ya que unos por la infamia de ser acusados de afrancesados y otros por espías reales, las cárceles y las fosas se habían llenado de todo elemento dudoso. La información de Soult no era buena, no conocía el terreno y quizá pensó que tomar aquel bastión rebelde sería pan comido, como habían sido otra ciudades antes de pasar a la orgía de sangre en que se convirtió Lorca entre otras otras.

Pero tal y como decía al principio, aquello no era Gerona y aquel ejército francés no era el de 1808. En toda Europa las campañas napoleónicas habían seguido un patrón similar: vencido el ejército las ciudades se rendían a los franceses. En España, cada metro se había ganado contra una de las grandes aportaciones de nuestro país a la historia: la guerrilla. Los soldados, los mejores de la Grande Armée, no habían visto nada parecido y en ningún país se habían comportado con tal violencia. Pero los años y las derrotas habían cambiado a aquellos profesionales de la guerra. La posibilidad de una derrota resoplaba como el aliento cálido de una bestia en sus cogotes.

Todo estaba ya en marcha. Los soldados se desplegaron, tomaron posiciones y los artilleros prepararon las baterías. Mientras tanto, en el fuerte de la Atalaya todo estaba listo. Lo mejor de la artillería española estaba allí, no por casualidad la ciudad era cabecera del 2º departamento de ese arma. El fuerte o castillo de la Atalaya es de planta cuadrada, está a poniente sobre un cerro elevado. Pese a la poca información que tenemos de aquella batalla -algo incomprensible- el que fuese este el castillo que combatió a Soult puede hacer pensar que las baterías francesas estuviesen en El Almarjal, si bien no tengo información de la ubicación exacta. Poco a poco se fue viendo que aquella tropa invasora no era tan grande como se pensaba, si bien los cañones imponían, así que en la Atalaya comenzaron a disparar, desmontando la batería francesa con una puntería certera en extremo. Fue un combate breve: la gran batalla quedó en una escaramuza que forzó a los franceses a salvar sus armas y pertrecharse como pudieron. No es difícil pensar en una huida poco honrosa, a juzgar por la falta de loas y elogios en un momento en que se magnificaban las batallas. Cartagena, de un soplido, había acabado con el enemigo. Los dejaron marchar, pese a la manifiesta superioridad y fue un error.

Dos días después Soult entraba en Murcia al frente de «200 o 300 jinetes» (Gómez Vizcaíno) y obligaba a huir al regimiento Guadalajara, saqueando la ciudad y exigiendo un rescate de un millón de reales, de los que solo obtuvieron 100.000; tal era el estado de ruina. De aquel saqueo queda la gran imagen de dignidad del general De la Carrera, muerto en la calle San Nicolás en una acción tan noble como inútil. Aquella guerra ya no era de héroes sino de salteadores.

Fin del conflicto:

Con la batalla de Vitoria, el 21 de octubre de 1813, la guerra acababa. Napoleón devolvía el trono a Fernando VII ‘El Deseado’ y empezaba otro infierno para los héroes del liberalismo español que soñaron con otro país, pero no encuentro forma de cerrar este artículo que con las palabras de Galdós en ‘Zaragoza’ de los ‘Episodios Nacionales’: «Lo que no ha pasado, ni pasará, es la idea de nacionalidad que España defendía contra el derecho de conquista y la usurpación. Cuando otros pueblos sucumbían, ella mantiene su derecho, lo defiende y, sacrificando su propia sangre y vida, lo consagra, como consagraban los mártires en el circo la idea cristiana. El resultado es que España, despreciada injustamente en el Congreso de Viena, desacreditada con razón por sus continuas guerras civiles, sus malos gobiernos, su desorden, sus bancarrotas más o menos declaradas, sus inmorales partidos, sus extravagancias, sus toros y sus pronunciamientos, no ha visto nunca, después de 1808, puesta en duda la continuación de su nacionalidad. Y aún hoy mismo, cuando parece hemos llegado al último grado del envilecimiento, con más motivos que Polonia para ser repartida, nadie se atreva intentar la conquista de esta casa de locos».

Fuente: NACHO RUIZ.

C. Marco

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