Reinventarse según Cósimo

Alvarito dice que me encanta flagelarme entre burbujas, y tiene razón. Huir de los tópicos me ha hecho caer en ellos tantas veces que ya he perdido la cuenta. Así que en vez de empezar: “La vida cambia”, que suena a canción de los setenta o a libro de autoayuda, seré clásico.

Mea culpa.

Aunque la culpa no se estila, yo siempre he apreciado su coté práctico. Combina muy bien con la inmadurez. Juntas, generan un efecto maravilloso: la huida hacia adelante. Y esta sí que está en alza. Nadie diría: “Me siento culpable por tener una vida que debería ser perfecta y no lo es”, pero sí: “Vivo en una continua huida hacia delante.” La frase da buen tono y, sobre todo, hace al sujeto interesante.

Alegoría de la Prudencia, Tiziano

Pensaba escribir: “sinceridad”. Lo descarté. Me pareció demasiado correcto. Además, la sinceridad es engañosa. La busco y la persigo hasta que me doy cuenta de que he dejado de creerme a mí mismo. Así que me quedo con una culpa abstracta, mórbida y decadente, pariente del ennui y garantía de malditismo. Ningún psicólogo la validaría como resorte para la reinvención personal, pero a mí me funciona.

Reinventarse está de moda. Con su comodín: “rehacer tu vida”, se ha convertido en uno de los lugares comunes del XXI. Hoy en día no eres nadie si no te has reinventado media docena de veces en los últimos diez años. Yo juego con ventaja. Me reinvento todo el rato porque no puedo evitarlo. Si el valor de los tiempos fuese la estabilidad, estaría destinado a convertirme en un personaje marginal. Gracias a mi pulsión huyo y, en el camino, me reinvento.

Las cuatro edades del hombre, Valentin de Boulogne

Aunque suena bien, el proceso es agotador. Cuando la vida se convierte en material de novela aparecen efectos secundarios no deseados. Por ejemplo, llega un momento en el que resulta difícil reconocerse. Me ocurrió en el blog. En los últimos posts, el protagonista ya no era yo. El modo glamour resultaba artificial, forzado. De ahí mi ausencia, y mi culpa.

Ser blogger, bloguero, bloguista, estaba muy bien en los años dorados. Pero llegó Instagram. El tráfico cayó y se disparó la mediocridad. Una inversión desafortunada hizo temblar mi asignación y, como le gusta decir a mi terapeuta, me dediqué a sublimar. Transformé la sombra en novelas que no son más que una justificación de mi frivolidad. Me divertí. Eso siempre queda. Aunque siempre hay que volver.

Y aquí sí que viene a cuento la sinceridad. Pretender ser el Cósimo que publicó Toscana con pecorino y Brunello de Montalcino sería disfrazarme de alguien que ya no soy. Estoy lejos.

Lo pensé una tarde mientras Kristofer, un francés de perfección sobrecogedora, me hablaba de las cuvées privadas de su bodega en Champagne. Cuando me preguntó qué me había parecido ARCO, contesté que no había ido porque que la saturación no me interesa. Mi lejanía quedó confirmada.

Las tres edades del hombre, Giorgione

¿De qué hablar, entonces? Más que inventar máscaras, lo que me apetece es desnudarme, dejar caer una prenda cada semana.  Aunque, claro, también está la chaqueta de smoking de Kristofer, que nadie más que él podía haber combinado con unos pantalones blancos; la retroperformance de mi amigo Tomás Baleztena, que pintaba mientras catábamos el champagne; la fiesta de Topacio Fresh en el Urban… Quizás podría hablar de todo eso.

O quizás no. Tropiezo con la dipsomanía. Aunque funciona admirablemente con la culpa, la inmadurez y la sinceridad, dispersa mucho. Topacio me dijo que si no hubiese ido me habría roto las pelotas. No recuerdo mucho más.

C. Marco
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