Mucho leer no es igual a mucho aprender

“El que ama leer tiene todo a su alcance” —William Godwin

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El conocimiento es importante. Creo que ninguno de nosotros tiene duda sobre ello.

Y más importante aún que el conocimiento (acumulación de datos) es adquirir sabiduría (la capacidad de actuar con sensatez y acierto).

Saber cosas (cuadrar las cuentas de un balance, curar caries, reparar coches) te ayuda a ganarte la vida.

Adquirir sabiduría (ser íntegro, alegre, bondadoso, sosegado, prudente…) te ayuda a vivir una buena vida; una vida donde abundan amor, alegría, tranquilidad y satisfacción con uno mismo.

Leer es mi manera preferida de aprender (no es la única que hay) y ha sido también la favorita de muchos de los grandes líderes e innovadores de la historia.

Es difícil encontrar a alguna persona que haya realizado grandes aportaciones a la humanidad que no haya sido un lector obstinado.

La creatividad tiene una relación directa con el conocimiento. Las innovaciones se producen cuando dos o más ideas que tenemos ya almacenadas en nuestra cabeza se combinan y dan a luz otra. Así que cuantas más ideas tengamos atesoradas, con más material contamos para innovar.

Leer mucho, aprender mucho, es, entonces, el camino para expandir el alcance de nuestras acciones. Cuanto más sabemos más podemos podemos producir, crear y aportar.

Sin embargo, a veces caemos en el error de confundir, aprender mucho con leer muchos libros. Reconozco que esa ha sido mi confusión también.

A menudo me encuentro, en prestigiosos medios, con artículos que ofrecen, como fórmula para alcanzar el éxito, consejos para leer 50, 100, ¡200! libros por año.

Muchos libros leídos no equivale a mucho conocimiento acumulado. Cantidad no es lo mismo que calidad.

En años anteriores mi meta en cuanto a lectura era leer un gran número de libros (entre 80 y 100), luego entendí que esto era un grosero un error.

Antes que leer muchos libros, es más importante leer buenos libros y leerlos bien.

Cuando el objetivo es amontonar títulos, uno termina escogiendo obras más cortas que demandan menos tiempo, dejando de lado libros extensos aunque sean obras imprescindibles.

Asimismo, los grandes libros, esos que atesoran gran sabiduría, hay que leerlos de nuevo justo después de terminar su primera lectura. Una sola visita no es suficiente para recibir todo lo que un gran anfitrión tiene para ofrecer. Incluso hay obras que, aun leyéndolas muchas veces durante toda la vida, no alcanzamos a abarcarlas en su totalidad.

Si terminar el mayor número de libros es la meta, releer no es una opción: cada libro leído de nuevo significaa un título menos en la lista al final del año. Muchas grandes obras se me han quedado a medio explorar. Es como tener un exquisito manjar en frente y contentarse con apenas probarlo. ¡Que desperdicio! Con las grandes obras hay que empacharse.

Por fortuna este es un error que aún estoy a tiempo de reparar.

El aprendizaje es una actividad que requiere concentración e implicación. Cuanto más activo sea el proceso, mejores son los resultados obtenidos.

Por ello, cuando nos ponemos en frente de una obra de grandes dimensiones, nuestra lectura debe ser industriosa y reposada al mismo tiempo. Es necesario que nos manchemos las manos de tinta tomando abundantes apuntes, pero también debemos hacer pausas para reflexionar y verificar que estamos entendiendo lo que el autor nos quiere transmitir.

Es importante tomarse tiempo para pensar en lo que estamos leyendo —afirma Shane Parrish, autor del magnífico blogFarnam Street—. Necesitamos digerir, sintetizar y organizar… Es así cómo adquirimos sabiduría.

Si andamos con prisas por terminar y empezar otro libro, no realizamos ninguno de estos importantes procesos. Haciendo entonces una lectura apenas superficial que no conduce a un verdadero entendimiento ni a la adquisición de sabiduría.

Porque lo que buscamos cuando leemos es entender mejor, no presumir de cuántos libros hemos (medio) leído. Un verdadero entendimiento es lo que nos permite evitar errores tontos y tomar mejores decisiones. Es decir, expandir nuestra inteligencia.

Por el contrario, la lectura con prisa deja poca huella. Lección que aprendí de primera mano. Son muchos los buenos libros de los cuales recuerdo solo una porción insignificante. Esto es algo de lo cual Arthur Schopenhauer ya nos había advertido:

Cuanto más se lee, menos huellas quedan de lo que se ha leído; la mente es entonces como una pizarra sobre la que se ha escrito una y otra vez. De esta manera es imposible reflexionar; y es sólo mediante la reflexión que uno puede asimilar lo que se ha leído. Si uno lee continuamente, sin parar a meditar, lo leído no echa raíces, sino que en su mayor parte se pierde.

Hoy mi objetivo de lectura no se mide en número de libro sino en tiempo de lectura. Cada día que leo al menos dos horas es un éxito; el objetivo está cumplido.

Dejar de preocuparme por la cantidad me ha liberado para abordar obras extensas que llevaba tiempo posponiendo. Y también, como no, pienso releer mucho de lo que leí con prisa.

Bueno, y a propósito de lectura, mejor me despido, se me hace tarde y he leído poco hoy. Hasta la próxima.

Fuente: Las Notas del Aprendiz.

C. Marco

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