Wladislaw Szpilman: El Pianista del Gueto de Varsovia

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Wladislaw Szpilman nació en Sosnowiec, el 5 de de diciembre en 1911, en el seno de una familia judía. Fue un compositor, famoso pianista, y sobreviviente del holocausto durante la Segunda Guerra Mundial en 1939, con la invasión de Polonia. Murió en el 2000 poco antes de que su libro autobiográfico, “El Pianista del Gueto de Varsovia” (“Śmierć Miasta”, disponible en FantasyTienda) fuera adaptado al cine de la mano de Roman Polanski bajo el título “The pianist”. Fue conmemorado por el gobierno polaco a la medalla de The Order of Polonia Restituta.

Sus memorias fueron escritas después de la Segunda Guerra Mundial —cuando las fuerzas rusas tomaron Polonia en el 1945— y cuentan sus desgracias como prófugo de las leyes fascistas que dominaban Europa en el año 1940.

La familia de “Wladek” tiene la ilusa esperanza de que la guerra acabe con la unión de Gran Bretaña y Francia. Pero se equivocaron de una manera sobrecogedora. El régimen hitleriano comienza a desatarse lentamente, filtrando las calles de Polonia de ese veneno tan característico que viene antes de la tormenta.

Las masacres que esos ojos presenciaron, quedaron plasmadas en el papel, y sus terribles vivencias, fueron contadas desde la perspectiva más nostálgica que pueda existir. Le arrebataron todo lo que poseía, pero jamás pudieron quitarle la esperanza y las ganas de vivir.

Los alemanes toman la ciudad poco a poco, y tratan de tranquilizar a la gente con carteles, diciendo que a ninguna persona se le faltará el respeto, que a nadie, por ninguna condición, le negaran los derechos; y más específico todavía: que a ningún judío le faltará de nada. “No hay nada de qué temer”.

La gente confiada, creyó todas esas mentiras pérfidas, y de pronto, la bomba se desató, estalló con un horrible estruendo a putrefacto, a racismo, a fascismo. Las calles tan tranquilas antes, se llenaron de nuevas leyes. Cada día un nuevo dictamen para sus ciudadanos judíos.

Se les prohíbe tener ciertas cantidades de dinero. Sólo pueden tener algunos objetos de valor. No pueden ir por la calle sin la insignia que los identifica: una estrella de David colgada al brazo. El hermano de Wladek, amante de la rebeldía y de los libros, se niega rotundamente a dejarse humillar de aquella manera, pero tanto él como su familia, ingenuos confiados del alma humana, se dejan poco a poco gobernar por las fuerzas que cada vez toman más poder sobre sus vidas.

Hay una parte de este libro, en el que el padre de Szpilman va caminando por la calle, y unos nazis lo paran bruscamente, y le espetan:

“­Tú, judío. No nos has saludado. ¡Inclínate ante nosotros, judío!”

Y el pobre hombre se ve obligado a hacerles una reverencia, como si fueran grandes señores… pero no bastándoles, le informan de una nueva regla para los ciudadanos judíos: No pueden andar por la acera, y tienen que andar por el asfalto. La denigración llega a tales puntos álgidos que, cuando ya no se pueden contentar con tratarlos como bestias en sus propias casas, deciden trasladarlos a su nueva jaula: Un gueto. Un gueto para todos los judíos de Varsovia.

Aún hoy en día, existe este famoso gueto de Varsovia, famoso por sus pesares, por sus tristezas. El “Getto warszawskie” en polaco, fue el gueto más grande construido en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial. Tan sólo existió tres años en la humanidad, pero tanto el hambre, como las enfermedades, y por supuesto, la ayuda de los nazis y sus campos de concentración, ayudaron a reducir la población judía hasta unos insospechables 50.000, de unos 400.000 ciudadanos. En este gueto, tuvo lugar una de las primeras revueltas contra la invasión nazi, el levantamiento del Gueto de Varsovia en 1943, donde Wladyslaw Szpilman tuvo un protagonismo muy importante, ayudando a traficar con el armamento para preparar a los prisioneros para la revuelta.

Wladislaw Szpilman

Dentro de este gueto, no se puede uno hacer la idea de que todos se ayudaban y convivían con el mismo pesar. No, cada uno tenía su sufrimiento, y existían personas que aún creían que no pasaría absolutamente nada. También existían las distintas clases sociales, ya que el humano nunca deja de ser humano, al fin y al cabo.Había gente muriéndose de hambre mientras otros eran capaces de hacer parar el piano de Wladek para poder contar las monedas de oro.

El 20 de Enero de 1942, en la Conferencia de Wannsee, los líderes nacionalsocialistas tomaron la decisión de exterminar a todos los judíos de Europa. Esos fueron los últimos momentos del “Getto warszawskie”. La primera fase de la “Solución final” llamada “Operación Reinhard” fue llevada acabo en Polonia, construyendo el campo de exterminio de Treblinka en mayo de 1942, terminándolo en julio del mismo año, coincidiendo con el exterminio del gueto de Varsovia.

A pesar de todos los esfuerzos del Concejo judío, el 22 de julio, comenzó la llamada Große Umsiedlungsaktion (Gran acción de realojamiento) deportando al Este a más de 6.000 personas diarias. El líder del Concejo judío, al ver que sus esfuerzos por detenerlos serían totalmente en vano, terminó por quitarse la vida, dejando una nota de suicidio que rezaba: “No puedo soportar más todo esto. Mi acto mostrará a todos qué es lo correcto a hacer”. Como era de esperarse, los suicidios aumentaron en número.

La fase final de la primera deportación masiva sucedió entre el 6 y el 11 de septiembre de 1942. Entre estas fechas, 35.886 judíos fueron deportados, 2.648 ejecutados en el lugar y 60 se suicidaron. Luego de esta primera etapa, aproximadamente 55.000 personas permanecieron en el gueto, ya fuese trabajando en las industrias alemanas o viviendo a escondidas. En ese espeluznante desalojo, Szpilman vivió uno de los peores momentos de su triste vida.

Por supuesto, él estaba entre todas esas personas para ser deportadas a los famosos “campos de trabajos forzados”. Junto a su familia, esperó a la muerte sin saberlo realmente, pero teniendo una certeza en su corazón. Tal vez, un golpe de suerte, una jugada del destino, lo hizo desligarse de aquel fatídico final.

Cuando se disponían a entrar al vagón que los llevaría directamente al campo de extermino de Treblinka, un hombre de la policía judía del gueto, antiguo amigo de la familia, lo agarró del traje, y lo sacó de la multitud, colándolo por la hilera de policías que flanqueaban el camino a las personas que subían y subían como ganado al matadero. Vio como su padre, con ojos desvaíos, le decía adiós, sabiendo que su final estaba cerca. Tal vez se alegraba de que al menos, uno de sus hijos, pudiera sobrevivir a aquella masacre.

Fue uno de los momentos más tristes en la historia de Wladek, porque, no importa dónde se esté, la familia siempre está en nuestros corazones. A este golpe de suerte, le vino otro, pudiendo pasar una y otra vez por las deshumanizadas “limpiezas” de obreros que de vez en cuando los nazis efectuaban entre sus hombres polacos y judíos que trabajaban en el gueto.

Estuvieron a punto de pillarlo en mitad de una maniobra para la resistencia que comenzaba a formarse en el gueto, estuvieron casi a punto de pillarlo con las armas escondidas en el trigo, muy apunto de volarle la cabeza, como había visto hacer millares de veces, tanto a ancianos, como a niños. La crueldad alemana no conocía límites.

Tuvo otro golpe de suerte, al conocer a tantas personas no judías, que aún se acordaban de él y que se ofrecieron a ayudarlo cuando las cosas se pusieron tan mal. Tuvo suerte de tener esa clase de amigos que pertenecían a las organizaciones ŻOB y ŻZW, en contra de la represión judía. Y cuando le ayudaron a esconderse por primera vez, lo metieron en un pequeño apartamento, justo enfrente del gueto, donde pudo presenciar el Levantamiento del Gueto de Varsovia, donde él mismo pudo haber estado, y vio como centenares de hombres, a los que él había ayudado, perecían luchando por sus derechos. Y él, huyendo, salvándose el pescuezo. ¿Pero qué iba a hacer? La fuerza de supervivencia siempre empuja más.

Muchas veces pensó que estaba perdido, ya que la policía alemana buscaba a fugitivos como él en el mismo edificio donde se escondía, y tuvo la suerte de que nunca llamaran a su puerta. Igualmente, tenía preparada una silla en la ventana, para saltar cuanto antes abrieran la puerta. Con la certeza de que no le quedaban más cartas que le favorecieran, se escapó de allí, en busca de unos antiguos amigos para que le dieran un nuevo cobijo.

Nuevamente, la suerte no le falló: Le consiguieron un apartamento delante de la misma cede alemana, y delante del hospital. Pero esta vez, no sería tan fácil salir de allí. La puerta estaría cerrada por fuera, y un intermediario vendría a visitarlo varias veces a la semana, para llevarle comida y suculentas noticias de las fuerzas rusas.

El individuo en cuestión, lógicamente, con aquella sonrisa desleal, sólo apareció pocas veces, ya que realmente se encargaba de recolectar una fortuna para poder ayudarlo, y un día, se marchó para no volver. La pareja que le había ofrecido la ayuda tan amablemente, guiados por algún Ángel que protegía a Szpilman, se dejaron caer en aquel solitario y silencioso apartamento. Cuando llegaron, la vida de Wladek pendía de un hilo.

Enfermo de difteria, Wladek vuelve a tener otro golpe de suerte que le salva la vida de la enfermedad y el hambre. Más tarde, el último golpe contra el estado alemán en Polonia, guió a los soldados a derribar el edificio donde Wladek se refugiaba. Tuvo otro gran palo de suerte, como siempre, acompañándole, ya que la gran bola que derribó los fuertes muros, pasó exactamente en el apartamento de al lado. Pudo haber sido en el suyo, pero no fue así.

Se escapó, hasta simulando estar muerto en la calle junto a otros cadáveres de la resistencia y escapó hasta el hospital de enfrente, donde nuevamente salió ileso cuando los alemanes prendieron fuego al edificio. Sin más opción, corrió hasta la ciudad en ruinas que se erguía al lado, torciéndose un tobillo, tal vez hasta rompiéndoselo. Corrió hasta esconderse en un desván, donde nuevamente la suerte le acompañó cuando, obrando como el hombre iluso que aún era, confió en un grupo de obreros polacos que dieron el chivatazo a unos soldados. Nuevamente, escapó de la muerte cuando fue sorprendido por otro soldado, y gracias a una botella de vino que había encontrado pudo huir.

Pero nada de esto pudo comprarse con el gran golpe de suerte que tuvo cuando se refugió en el futuro cuartel general de la minoría alemana. Wilm Hosenfeld, así se llamaba este Ángel caído del cielo y por obra del cruel destino, disfrazado con las ropas del demonio.

Este hombre, nacido el 2 de mayo de 1895, fue en su juventud profesor, y se convirtió en un oficial alemán de la Wehrmacht en la Segunda Guerra Mundial, donde alcanzó el rango de capitán al final de la guerra.

Su encuentro con Wladislaw Szpilman lo sacó del anonimato, ya que Wladek lo menciona en sus memorias. Este hombre, salvó a muchos polacos y judíos de un destino mortal, ayudándolos a esconderse o rescatándolos incluso.

Por obra del destino, después de terminar la enseñanza participó en la Primera Guerra Mundial donde fue herido de gravedad. Se casó con la hija de unos pintores, Annemarie Krummacher, con quien tuvo cinco hijos. Intentó siempre salvar a toda buena persona que se encontraba en su camino. Iba a confesarse a iglesias polacas, cuando estaba prohibido mientras estuvo en Varsovia, en el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, justo en el 1939. No importaba quién fuera el que pidiera su ayuda, porque hasta tuvo que ayudar a un alemán que huía. Arregló papeles a muchas personas para que trabajaran con él en el centro de deportes que dirigía; hasta puso a sus ordenes a polacos con nombres falsos, dio de comer y de su propia vida para salvar a otros. Hosenfeld era un hombre honrado, que murió de forma que no merecía.

En Błonie, las fuerzas soviéticas lo apresaron. En un campo de concentración ruso, fue condenado por 25 años de trabajos forzados por crímenes contra la humanidad. A pesar de todo lo que se hizo para demostrar la verdad de los hechos de su buen corazón, los rusos no quisieron creer ni una sola palabra, y el 13 de agosto de 1952, murió por mal estado de salud.

Su encuentro con Szpilman fue en 1944, en Varsovia, cuando Wladek se refugió en una casona abandonada que serviría como cuartel general para las fuerzas alemanas. Hosenfeld se encontró con él, de improvisto, y Wladek pensó que esta vez sí moriría. Pero no fue así. Nuevamente, el destino, su suerte, le había entregado un Ángel, que lo único que quería de él, era que le tocara “Nocturno en cis moll” de Chopin, en el viejo y desafinado piano que poseían.

Le suministró alimento durante un mes, hasta que pudo darle la noticia de la caída de Alemania, y que se dirigirían al oeste de Varsovia. Le entregó su abrigo de oficial, y con un par de miradas, se despidieron para siempre. Le salvó la vida, pero Szpilman no pudo salvársela a él. Salvó la vida de mucha gente, pero a él nadie lo salvó.

Szpilman dejó claro en sus memorias, que hizo todo lo posible por conseguir sacar a Hosenfeld del campo de concentración ruso, pero que le fue imposible lograrlo por la política que en ese tiempo se estaba llevando.

Aún hoy, los hijos de Hosenfeld y todas las personas que apoyan sus causas, no han conseguido que se le reconozca como “Justo entre las Naciones”, un título que se les asigna a los no-judíos por haber arriesgado su vida para salvar a otros judíos.

Y aún estando apunto de perder la vida hasta el final, cuando abrazó a una joven al enterarse de la victoria de Rusia contra Alemania, Wladyslaw Szpilman consiguió sobrevivir al peor holocausto de toda la historia de la humanidad.

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Falleció en el 2000, ya anciano, y teniendo una brillante carrera detrás. Tanto compositor como pianista, fue dueño de la radio de Varsovia, y participó en grandes conciertos. A pesar de haberse quedado solo, sin su familia, de la cual ningún miembro sobrevivió, él consiguió salir adelante, porque siempre tuvo esa llama de esperanza en su corazón, ardiendo con fuerza. Soplaban fuertes vientos, pero jamás lograron apagarla.

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Su libro es un relato conmovedor de cómo la crueldad de la humanidad puede ser aún mayor que sus propios corazones. Las masacres que esos ojos presenciaron, quedaron plasmadas en el papel, y sus terribles vivencias, fueron contadas desde la perspectiva más nostálgica que pueda existir. Le arrebataron todo lo que poseía, pero jamás pudieron quitarle la esperanza y las ganas de vivir.

Fuente: http://www.fantasymundo.com/

C. Marco

 

 

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