La Sociedad del Miedo

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¿Te asusta pensar en el futuro?

¿Eres de los que prefieres evadirte de la realidad que estamos viviendo?

¿Te preocupa pensar en el futuro que tendrán tus hijos?

Vivimos una época caracterizada por la inseguridad humana. La confianza y las certezas -buenas o malas- de otros tiempos, los de las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, dieron paso a un período de incertidumbre y de perplejidad, que ha acabado desembocando en abierta inseguridad. Y la inseguridad, ya se sabe, es incompatible con el bienestar.

 “El miedo es algo natural en el prudente, y el saberlo vencer es ser valiente”. Alonso de Ercilla y Zúñiga.

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Hace ya más de una década que el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) planteó que desarrollo y seguridad humana eran dos caras de la misma moneda, y que si uno de ambos componentes faltaba, difícilmente podría existir el otro. Como diría el clásico, “quien vive temeroso, nunca será libre“, y ya se sabe que no hay progreso sin libertad.

Hoy en día la inseguridad se ha tornado ya en temor, en miedo. Mucha gente teme perder su empleo en un entorno en el que las empresas pueden cerrar sus puertas de un día para otro y decidir trasladarse a otro lugar; otros tienen miedo a perder sus ahorros, como consecuencia de una operación fallida del fondo de pensiones en el que depositaron su confianza; muchos temen una subida de los tipos de interés que convierta el pago de su hipoteca en una misión imposible; tenemos miedo al sida, así como al cambio climático; y, por supuesto, a la violencia, a que entren en nuestra casa por la fuerza o nos atraquen en la calle.

Vivimos tiempos de globalización, de inestabilidad, en el que el riesgo asoma en cualquier esquina, mientras se debilitan las instituciones que deberían defender a las personas. Tememos por nosotros y por nuestros más próximos. Nos da miedo lo conocido, pero también lo inédito, pues, como escribió Alejandro Dumas, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor“.

Los miedos son, además, distintos según el lugar en donde a uno le haya tocado vivir. Mientras aquí tememos a los efectos de un alimento caducado o a los productos transgénicos, en muchos países de África la gente teme no tener algo que llevarse a la boca; mientras aquí recelamos de alguien que se nos acerca de noche, pensando que nos va a poner una navaja en el cuello para exigirnos la cartera, en otros lugares la gente teme a la violencia ciega de cualquier guerra sin sentido. El miedo es, sin duda, algo relativo, aunque tengo para mí que, en general, se trata de un fenómeno que se manifiesta de forma inversamente proporcional a la existencia de un peligro real. Es decir, que suelen ser más temerosos quienes menos conviven con el peligro.

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La gente se ha acabado acostumbrando, por si acaso, a no hablar de determinadas cosas salvo con los más íntimos; a no preguntar, por si acaso, si puede quitar de la barra del bar que regenta una hucha que le han puesto a favor de los presos sin su consentimiento; a no protestar, por si acaso, si en la fachada de su ayuntamiento aparece colgada la efigie de alguien condenado por asesinato; a no decir nada, por si acaso, si un grupo de descerebrados te obliga a bajar del autobús para quemarlo.

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El gran Eduardo Chillida dijo en una ocasión que “las personas tenían que tener siempre el nivel de la dignidad por encima del nivel del miedo, pero me temo que aquí se ha llegado a generar un tipo de miedo que, en muchos casos, se ha impuesto a la dignidad”.

Los miedos son distintos, sus causas también. En muchos lugares, gentes sometidas a peligros y amenazas terribles, conservan una dignidad muy superior a la que a veces mantenemos entre nosotros. No estaría mal que aprendiéramos de ellos. Y no sólo para poder afrontar mejor nuestros miedos particulares, los propios de nuestra historia más reciente y más negra, y encarar así nuestro futuro inmediato con mayores garantías. También, para hacer frente a aquellos otros miedos que compartimos con gentes de muy diversos lugares y que amenazan igualmente nuestra libertad y nuestro desarrollo como personas.

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Hay una frase de Mandela, que dice así:” No es valiente quien no tiene miedo, sino quien sabe conquistarlo¿vas a conquistar tu miedo?

El miedo paraliza. Eso no es nuevo, en absoluto. Todos lo sabemos inmemorialmente, y quienes ejercen alguna cuota de poder, además de saberlo, lo utilizan.

El miedo comporta algo de irracional, de primario; la lógica “bien pensante” pierde ahí la supremacía. Alguien asustado, no digamos ya aterrorizado, es presa de las reacciones más viscerales, mas impensadas, dejando totalmente a un lado las decisiones razonadas, frías y llevadas por la lógica. Hacer uso de esas circunstancias en función de un proyecto hegemónico, es algo por demás conocido en la historia: quien manda se aprovecha del miedo del otro para ejercer su poder. Eso es, a todas luces, un mecanismo perverso; pero ¿quién dijo que la perversión no hace parte consustancial de lo humano?

Hoy día, en nuestra sociedad hipertecnocratizada, el manejo de las emociones, en cuenta el miedo, es un elemento de importancia capital para el mantenimiento del sistema. Y obviamente, si alguien maneja y manipula ese miedo, no es el ciudadano de a pie. Él es quien lo sufre, el objeto de la manipulación; los hilos del títere nos los mueve él precisamente. Para eso está lo que la academia estadounidense llama “ingeniería humana“. “En la sociedad tecnotrónica el rumbo lo marcará la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caerán fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotarán de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón“, dijo uno de los principales exponentes de esa línea de pensamiento, el polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinski.

Esas técnicas -cada vez más refinadas y eficaces, por cierto- responden, por su parte, a un proyecto de dominación global. Lo que antes pueden haber hecho el chamán o la Iglesia católica (“La religión existe desde que el primer hipócrita encontró al primer imbécil, dijo Voltaire. Las religiones no son más que un conjunto de supersticiones útiles para mantener bajo control a los pueblos ignorantes“, comentó por su parte el teólogo Giordano Bruno), hoy lo realiza la industria mediática (nuestra “religión” moderna).

Pero hoy -y eso es lo que queremos resaltar- el manejo de ese miedo ha cobrado dimensiones tremendas. Los seres humanos no solo vivimos asustados por los avatares naturales que no manejamos, tal como siempre ha sido (catástrofes, muerte, la incertidumbre ante el destino), sino que padecemos, en forma creciente, ante las “catástrofes” humanas. Pero más aún, cosa que torna más patética la situación, ese miedo está racionalmente inducido desde un determinado proyecto de dominación.

En la actualidad ya no nos atemorizan los espíritus ni los demonios que andan sueltos (las religiones, que lidian con todos ellos, están en retirada en un mundo cada vez más tecnocrático). Hoy día tememos… al terrorismo (en los países del Norte) o a la delincuencia (en el Sur empobrecido).

Aunque los motivos de nuestros terrores, si los analizamos con exhaustividad, no son precisamente esos difusos nuevos espantos, sino la percepción que tenemos de ellos.

Ahora bien: la percepción que tenemos de ellos es la que nos construyen los medios masivos de comunicación. La casi totalidad de las percepciones del mundo que vamos teniendo, nos las dan -nos las imponen- esos medios.

Pregúntese el lector cómo es por dentro, por ejemplo, un submarino. En general todo el mundo dará aproximadamente la misma respuesta: un panel de control, palancas, tableros con luces, marineros que reciben órdenes, un capitán al mando de un periscopio, etc. ¿De dónde sale ese “conocimiento”? De los cientos o miles de veces que hemos sido bombardeados con esas imágenes.

¿De dónde salen nuestros paralizantes miedos ante el terrorismo o ante la delincuencia desbocada? De las matrices mediáticas que ya se nos han impuesto. ¿Acaso todos los musulmanes son unos sanguinarios terroristas listos a sacar una bomba de entre sus ropas? ¿Acaso todos los jóvenes de barriadas pobres son unos delincuentes listos a amenazarnos con un cuchillo? Obviamente no. Pero eso son los imaginarios que se nos han impuesto.

Sin dudas el mundo no es un lecho de rosas: hay muertos por doquier debido a acciones violentas. Por supuesto que explotan bombas y hay asaltos a mano armada; por supuesto que existen actos suicidas, en general llamados “terroristas”, y por supuesto también que hay delincuencia callejera, robos a mano armada y “áreas rojas” donde ni la policía entra. ¡Vaya novedad! Por minuto mueren dos personas en el planeta debido a la detonación de un arma de fuego. Obviamente no estamos ante un paraíso. Pero según estudios consistentes, diariamente fallecen en el mundo no menos de 2.000 personas por falta de alimentos, y más de 1.000 por falta de agua potable, en tanto que el siempre mal definido e impreciso “terrorismo” produce en promedio… 11 muertes diarias.

Tenemos miedo a las cosas que se nos dice que debemos tenerle miedo. Y curiosamente, esos temores parecen manipulados: en el Norte del mundo la gente vive paranoica con el próximo acto terrorista, que seguramente será de algún denominado “grupo fundamentalista islámico”. La muerte de una persona a manos de, por ejemplo, un marido celoso o un paranoico delirante, es ya presentada como ataque terrorista, dando pie a una hipermilitarización de la vida cotidiana… y a las guerras preventivas (que, curiosamente, se hacen siempre contra países que tienen petróleo en su subsuelo. ¿Qué casualidad, no?).

En el Sur, en los países empobrecidos y donde la vida es violada a diario por las balas, el hambre y la falta de agua potable, se vive paranoico con la delincuencia que puede aparecer en cada esquina. En un punto u otro del planeta para que la consigna es esa: de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Los espantos malos que andan por ahí (musulmanes terroristas o delincuentes) nos acechan, nos hacen la vida imposible, nos van a devorar. Lamentablemente, la ingeniería humana sabe lo que hace… ¡y consigue tenernos quietecitos!

Es vedad: estamos asustados por el futuro. Y lo estamos porque en ningún caso pensamos que vamos a poder influir sobre él.

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Tenemos miedo a que continúe la misma regresión en muchos sentidos que hemos vivido en los últimos años.

Tenemos miedo al sufrimiento y al sufrimiento de nuestros seres queridos. Pero todo esto, nos inmoviliza y nos retrae casa día más a nuestros rincones de confort. Aquellos donde no sentimos. Aquellos donde no pensamos. Y esto es lo que nos mantiene vivos; como zombis semiconscientes, pero vivos en definitiva.

Vemos a mucha gente a nuestro alrededor que lo esta pasando realmente mal y eso en cierto modo nos alivia, pues pensamos aquello de: podría estar peor. Pero tenemos miedo de que la corriente nos arrastre hacia el lado oscuro de la vida, hacia el sufrimiento, hacia el dolor, hacia la pena, hacia la miseria.

C. Marco

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