Jean Piaget: La obsesión por la Creatividad

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El profesor Jean Piaget, psicólogo y pedagogo suizo de renombre mundial, murió anteayer en Ginebra a la edad de 84 años. Autor de trabajos sobre el desarrollo del pensamiento y del lenguaje en los niños y sobre epistemología genética, el profesor Piaget era miembro de numerosas sociedades científicas y doctor honoris causa de una treintena de universidades. El eminente psicólogo adquirió celebridad a partir de la publicación de cuatro obras fundamentales, entre las que destacan El nacimiento de la inteligencia y La construcción de lo real en el niño.

El ideal que personalmente trato de alcanzar es seguir siendo niño hasta el fin», le había dicho Piaget a Jean-Claude Bringuier, y lo justificaba señalando que la infancia es la fase creadora por excelencia. Puede decirse que lo ha conseguido, pues hasta hace poco tiempo y a pesar de su edad (había nacido el 9 de agosto de 1896), ha continuado iniciando nuevos estudios y produciendo nuevos escritos. Desde su primera publicación, cuando tenía once años, ha dado a luz más de cincuenta libros y varios centenares de artículos. A lo largo de esa montaña de publicaciones, que le convierte en el segundo psicólogo más productivo de la historia, después de Wundt, ha perseguido un objetivo principal: descubrir cómo se adquiere el conocimiento, cómo funciona la inteligencia y cómo se produce el conocimiento científico.

El origen de sus preocupaciones era filosófico, pero su formación era de biólogo y trataba de aplicar métodos científicos a problemas epistemológicos, Como no es posible estudiar directamente la formación de los conocimientos en la especie humana decidió estudiarla en el niño a lo largo de la infancia, e inició, hacia 1920, una serie de estudios sobre el pensamiento infantil, que ha continuado hasta su muerte, volviendo regularmente a los problemas epistemológicos que inspiran todo su trabajo y ocupándose igualmente de problemas biológicos, lógicos o educativos.

La idea que inspira todos sus escritos es que la vida es una creación continua de formas, que procede mediante un equilibrio entre la asimilación y la acomodación, y que las estructuras de la inteligencia son un producto de la organización vital, como pueda serlo el sistema digestivo de un conejo o los órganos visuales de una mosca. El funcionamiento en todos los niveles biológicos es el mismo, pero las estructuras cambian y éstas son producto de la actividad de los sujetos. El conocimiento es una actividad constructiva, en la que los individuos nunca están sometidos pasivamente a las influencias del ambiente, sino que actúan sobre ellas y modifican el medio.

Ver también:“El mayor psicólogo del siglo XX”

Este estructuralismo genético o constructivismo -para referirnos a dos aspectos complementarios de sus ideas- combinado con su método de investigación empírica, el «método clínico», ha resultado ser enormemente fecundo. La idea del «método clínico» es extremadamente simple: interrogar al niño, tratando de seguir el curso de su pensamiento sin someterlo a cuestionarios o pruebas construidas de antemano. Esta mirada «ingenua» sobre el pensamiento y la conducta de los niños le ha permitido descubrir a un niño muy distinto del que concebía la psicología de sus contemporáneos, un niño mucho más creador, constructivo y original, que posee teorías sobre la realidad, parecidas en algunos casos a teorías que los adultos han sostenido en otras épocas.

La originalidad de sus ideas es producto de su formación múltiple y de la amplitud de sus intereses. Donde otros no veían más que curiosidades de la conducta de los niños, Piaget era capaz de descubrir rasgos esenciales de la evolución de la inteligencia. Y su éxito se debe también a la tenacidad con que ha desarrollado sus ideas. Toda su vida ha girado en torno a su trabajo. «Soy un ansioso al que sólo el trabajo alivia», decía para explicar la velocidad con que escribía.

Llevaba una vida muy metódica, se levantaba muy temprano, antes de que amaneciera. Daba sus clases por la mañana, empezando a las ocho; pero antes de esa hora solía ir al café situado frente a la universidad y allí ordenaba sus notas o trabajaba en alguna otra cosa. Hasta casi jubilarse iba a dar clase en bicicleta desde la casita en que vivía, a las afueras de Ginebra. Trabajaba todos los días de la semana y más durante el período de vacaciones. Puede decirse que su único interés era el desarrollo de sus ideas. Le gustaban las novelas y la música, pero confesaba que sólo había ido cuatro veces en su vida al cine y que no le había interesado. Antes de ponerse a escribir las cuatro o cinco páginas de cada día paseaba o se ocupaba de sus plantas o de sus colecciones de insectos. En su jardín y en su propio despacho tenía gran cantidad de plantas; en los últimos años sedum recogidos en todo el mundo sobre los que escribió varios artículos, y sus actividades como naturalista eran su distracción principal.

Su capacidad de concentración en el trabajo era sorprendente. Durante largos años fue director de la Oficina Internacional de la Educación, representante de Suiza en la Unesco y director del Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Ginebra; pero durante las largas reuniones o la presidencia de congresos, cuando no le interesaba mucho lo que decía el orador, escribía sus trabajos.

Era un hombre alto, corpulento, con una tez un poco sonrosada y con el pelo blanco despeinado; siempre iba muy abrigado, con un traje, los bolsillos de cuya chaqueta contenían infinidad de objetos empleados para limpiar su inseparable pipa o para recoger plantas o animales. Mostraba un gran interés por todas las nuevas ideas y observaba a su alrededor todo lo que le pudiera sugerir algo para su trabajo, sin mostrar, en cambio, gran interés por el resto. Cuando vino a Barcelona en 1970 para recibir un doctorado honoris causa sólo se interesó por que se le llevara a los alrededores de la ciudad a recoger plantas, diciendo que ya había estado en Barcelona al comienzo de los años treinta. Pero mientras comía uno de aquellos días en un restaurante mostró un gran interés por el sistema de cierre de la puerta que daba a una cocina.

Su trabajo fue muy criticado, sobre todo por los psicólogos americanos, antes de ser aceptado y reconocido; pero él continuó trabajando con aparente indiferencia, y el tiempo le vino a dar la razón frente a sus críticos en casi todos los puntos. La única persona por la que frecuentemente manifestaba admiración era por Einstein, al que había conocido en Princeton y con el que había discutido algunos de sus trabajos.

Fuente: Juan Delval es director del Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad Autónoma de Madrid. Fue alumno de Piaget de 1965 a 1967.

C. Marco

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