El Modelo evolutivo de Lamarck

En una carta dirigida a Thomas Henry Huxley, fechada en Down el 28 de diciembre de 1859, Charles Darwin, al final, escribe en una posdata: «La ciencia es terreno tan angosto que solo un gallo puede reinar en el gallinero». Hacía apenas un mes, el 24 de noviembre, había visto por fin la luz El origen de las especies, y Darwin ya anticipaba su inminente coronación como nuevo rey del gallinero. El gallo destronado era Richard Owen (1804-1892).

Acaso la ciencia sea un lugar angosto, pero lo que es seguro es que a menudo es una pelea de gallos, y pocos ejemplos de ello son tan claros como el de la biología de finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX. Richard Owen, el predecesor de Darwin en el particular olimpo de la biología, tuvo también sus adversarios intelectuales, encarnados sobre todo en las figuras de Étienne Geoffroy Saint-Hilaire (1772-1844) y Robert Edmond Grant (1793-1874), los principales defensores de las ideas de Jean-Baptiste Lamarck en Francia y Gran Bretaña, respectivamente. Owen se batió con Lamarck solo indirectamente, ya que inició su carrera allá por 1830, un año después de la muerte del francés, y en la Francia de la Restauración la biología estaba en manos de Georges Cuvier (1769-1832) y de su antagonista Geoffroy. Las ideas de Lamarck, sin embargo, seguían bien vivas, y Owen puso gran empeño en combatir algunas de ellas.

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El modelo evolutivo lamarckiano se basaba en la idea de transmutación de las especies: un proceso según el cual los animales de una determinada clase (por ejemplo, los peces) eventualmente se transmutarían en organismos de la clase inmediatamente superior (en este caso, los reptiles), en una concepción meramente lineal de las relaciones históricas entre las diferentes clases de animales, entendidas como una serie, esta sí, inmutable, que siempre respetaba un orden fijo. La vida en la Tierra se iría constantemente renovando gracias a repetidos eventos de generación espontánea, los cuales serían el punto de partida de nuevos procesos de transmutación que seguirían escrupulosamente el orden que llevaría a los mamíferos terrestres.

Este modelo comportaba algunas predicciones muy claras en dos ámbitos centrales para la biología de aquellos tiempos, como eran la paleontología y la embriología. Dichas predicciones estaban estrechamente relacionadas entre sí, y sugerían que el registro fósil sería una fiel muestra de esa evolución serial en la que, en sentido estricto, no cabía la idea de extinción, ya que las especies solo desaparecían para dar lugar a nuevas especies, sin vías muertas. Análogamente, la ontogénesis mostraría también esa relación serial, de tal modo que el organismo en desarrollo pasaría por diferentes estadios que se corresponderían con los de su historia como especie, lo que más tarde se conocería con el nombre de recapitulación.

Owen demostró que esa visión del orden natural era errónea, que nada en el registro fósil permitía «leer» una relación histórica serial entre las especies, que hubo vías muertas que no han dejado descendencia en las especies actuales y, sobre todo, que el desarrollo nunca es una recapitulación de la historia evolutiva del organismo. Lamarck estaba equivocado, sí, pero ni Owen ni Darwin hallaron o expusieron argumento alguno en contra de una de las ideas de Lamarck más ferozmente caricaturizada aun en nuestros días: la herencia de los caracteres adquiridos. De hecho, en más de una ocasión no dudaron en abrazarla de forma más o menos explícita como la única teoría de la herencia mínimamente plausible en aquellos tiempos. De hecho, fue la única disponible hasta que August Weismann (1834-1914) propusiera su teoría del plasma germinal en 1892, presentándola como la muerte definitiva de la herencia de los caracteres adquiridos.

La historia que sigue es bien conocida. En 1900, Hugo de Vries redescubre los trabajos de Mendel y se inicia así el proceso que dará lugar a lo que se conoce como Nueva Síntesis, el nuevo darwinismo articulado alrededor de dos ejes centrales formados por la selección natural y la genética mendeliana, reconstruida esta última sobre la base del modelo de herencia weismanniano, que rechaza tajantemente la transmisión de un carácter por otra vía que no sea la de la célula reproductiva. Diríase que Lamarck había muerto definitivamente. Pero no, porque desde mediados de la década de los noventa venimos ampliando nuestros conocimientos con nuevas pruebas de que la herencia de los caracteres adquiridos o, si se prefiere, la herencia epigenética, ya no es la fantasía de un sabio francés de la Ilustración, sino un hecho [véase «Un nuevo tipo de herencia», por Michael K. Skinner; Investigación y Ciencia, octubre de 2014]. Un hecho que, sin duda, alterará sustancialmente nuestra manera de entender los procesos biológicos.

Es, por tanto, necesario volver a leer a Lamarck. ¿Y qué mejor manera de empezar a hacerlo que acudiendo a esta cuidada edición de una de sus obras más representativas? KRK Ediciones vuelve a regalarnos un nuevo volumen de su imprescindible colección Pensamiento: el número 38 ya, esta vez de la mano de Francisco Iribarnegaray Fuentes como responsable tanto de la traducción como de la edición. Una excelente propuesta, pues la obra condensa los elementos principales del pensamiento lamarckiano en un texto aún hoy accesible, más si cabe gracias al trabajo de su traductor, que salva con pericia los obstáculos terminológicos que suelen plantear los textos de los primeros tiempos de la biología científica.

KRK ha comprendido que la biología no es territorio tan angosto como pensaba Darwin y que habrá que habilitar nuevos espacios que Darwin deberá compartir con otros. Lamarck, sin duda, será uno de ellos.

Fuente: Balari, Sergio. http://www.investigacionyciencia.es/

C. Marco

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