El viaje de Unai: En busca del mundo salvaje

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Con apenas nueve años, Unai inició un viaje de 15 meses que le llevaría a algunos de los lugares más maravillosos del planeta. Como los grandes aventureros, lo hizo formando parte de una expedición. Le acompañaban su hermana pequeña Amaia, su madre Meritxell y su padre, el fotógrafo de naturaleza Andoni Canela. Juntos recorrieron todos los continentes, en busca de siete especies animales amenazadas que representasen la tensa convivencia del ser humano con la naturaleza.

El viaje de Unai narra la experiencia de ese viaje de más de 100.000 kilómetros a lo largo y ancho del mundo, a través de santuarios como la Patagonia, el delta del Okavango o la Gran Barrera de Coral australiana. La película es la pieza central del proyecto de Andoni Canela denominado Looking for the wild (“En busca de lo salvaje”), cuyo objetivo es retratar animales emblemáticos que están amenazados directa o indirectamente por el hombre, para llamar la atención sobre la necesidad de protegerlos.

A través de los ojos de Unai, el documental refleja ese proceso continuo de descubrimiento que experimentó toda la familia. Fueron 15 meses en los que las fuerzas también flaquearon, aunque consiguieron mantener un vínculo muy profundo con el hogar que habían dejado atrás en Gerona, y éste no fue otro que las croquetas que Meritxell siguió cocinando alguna que otra noche.

A veces resulta complicado vencer a la nostalgia, sobre todo si se trata de la que se forja en el estómago. Pero al fin y al cabo el hogar, más que un espacio físico, lo constituyen los seres queridos, y siempre que permanezcas junto a ellos estarás en casa, aunque viajes al fin del mundo. Esa fue una de las grandes enseñanzas que extrajeron de su aventura los miembros de la expedición, además de toda la belleza que fueron acumulando. Una belleza herida por la acción del hombre.

Unai y Amaia fotografían a un canguro en Australia.

 Unai y Amaia juegan en las dunas de Namibia.

Siete animales, seis continentes:

En Namibia, muy cerca de la Costa de los Esqueletos, buscaron a los elefantes de desierto, y descubrieron que las prolongadas sequías de los últimos años están causando estragos entre sus poblaciones. Con esa lúcida inocencia de los niños que después la vida se encarga de arrancar a golpe de decepciones, Unai fue incapaz de comprender por qué se está masacrando a estos grandullones por el simple hecho de obtener un puñado de dinero a cambio de sus colmillos.

En las grandes llanuras de Estados Unidos conocieron al bisonte, el animal sagrado de las tribus nativas de Norteamérica. Su triste pasado, como la mayor parte de las historias que encontraron, destilaba codicia y devastación.

En las selvas de Tailandia, cerca de la frontera con Laos, acudieron al encuentro del cálao bicorne, al que Unai calificó como “una de las aves más bonitas del mundo”. Y hallaron que su principal problema es el mismo al que se enfrentan la mayor parte de las especies que habitan en los bosques tropicales del sudeste asiático: una deforestación voraz.

En los manglares del norte de Australia, vigilaron los movimientos del temible cocodrilo de agua salada, el mayor reptil del planeta. Tuvieron que enfrentarse a ciclones tropicales, medusas y mosquitos; pero consiguieron retratar la violenta belleza de un animal que bajo su coraza monstruosa escondía esa misma fragilidad que era un denominador común en toda la naturaleza que estaban encontrando.

Una situación muy similar a la del lobo ibérico, al que hallaron en la Cordillera Cantábrica. Unai aprendió que la única manera de sorprenderlos es seguir una de las reglas fundamentales de la fotografía de naturaleza: “caminar mucho y esperar más”. También, algo que su padre ya le había inculcado: que no eran esos animales malvados que se comen a los niños de los cuentos, sino criaturas completamente libres cuyo aullido escuchado en la lejanía es capaz de transportarte hasta la naturaleza más primaria.

En la Tierra del Fuego, la antesala de la Antártida, visitaron las ruidosas colonias de pingüinos rey. Después su padre, sin el resto de la expedición, se aventuró más allá del Pasaje de Drake, ese infierno líquido que es el peaje que hay que pagar para acceder al paraíso antártico. Allí se encontró con los pingüinos papúa.

En ambos casos, pudieron comprobar que la amenaza era la misma, y se producía a miles de kilómetros de distancia. Su entorno congelado se estaba disolviendo lenta pero inexorablemente, al ritmo impuesto por grandes chimeneas y cientos de millones de tubos de escape. Tal vez aquel era el mayor problema a largo plazo no solo de los pingüinos, sino de todos y cada uno de los habitantes del planeta Tierra.

Finalmente, acudieron a la llamada del puma, el animal preferido de Unai. A la sombra de las moles graníticas del Paine, entre árboles derrotados por la fuerza del viento y lagos de un intenso color azul turquesa, rastrearon al gran depredador patagónico. Este felino se alimenta principalmente de guanacos, pero también incluye en su dieta ovejas y corderos, por lo que los estancieros le han declarado una guerra sucia a base de rifles y dogos argentinos.

La expedición de Unai no solo encontró al puma, sino que además obtuvo las primeras fotografías de un ejemplar cazando. Aquella imagen quizá fue la mejor síntesis de la esencia de lo salvaje que habían perseguido a lo largo de más de 100.000 kilómetros.

 

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Fotografiar siete emblemáticos animales en peligro de extinción en su entorno natural. Con ese propósito, el fotógrafo Andoni Canela y la periodista y escritora Meritxell Margarit salieron de su casa de Banyoles (en Gerona) junto a sus dos hijos, Unai -de diez años- y Amaia -de tres-. Los cuatro se embarcaron en un viaje que les llevaría a pisar todos los continentes. Siete animales, siete destinos.

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Dirigida por el propio Canela, la cinta bebe de las grabaciones que padre e hijo realizaron durante la travesía. Unai, que también se ha encargado del guión junto a su madre, es el encargado de poner voz a esta experiencia irrepetible. Un viaje que la familia comenzó costeando de sus ahorros y que, por ejemplo, obligó a matricular a Unai en periodos de tres meses en colegios locales.

La película se estrenó en Madrid el pasado 1 de septiembre y este miércoles lo hace en Barcelona.

C. Marco

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