El tren de la vida

 

Mirando a través de aquella ventanilla, se transportó a algún año atrás.

Cuando cogió un tren, tenía muy claro que probablemente sería la última vez que haría  ese trayecto.

Las despedidas de estación siempre dibujan sentidos con aire de ternura, le recordaban a aquellas películas de aviadores americanos, pero ella tuvo inviernos menos fríos.

Nunca existió una ruptura, quizá porque había desdibujado hasta el odio.

Una palmada en la espalda, media maleta, una vida resumida, intensa, condenada, congelada.

Dejó una carta, contando esa despedida que no fue capaz, que no fueron capaces de llevar a cabo, y mientras el tren avanzaba, desaparecían sus canas y sus arrugas, se alejaba de su vida, para reunirse con su destino, y la repasaba mentalmente punto a punto, coma a coma.

Irracionalmente cuando monta en un tren revive escenas y los viajes suelen hacerse largos, pero gratos.

Viajo más que el tren.

Más deprisa, más intensamente.

A su paso se quedaban calientes las vías.

La maleta fue lo único que nunca deshizo.

Deshizo la rabia, el dolor, rehízo su vida, pero no deshizo heridas y se enredó.

Al final de sus días enredó su forma de sentir la vida, para caminar siempre con una maleta encima de sus hombros.

Quizá haya personas que nos marquen, aunque no lo queramos.

Quizá el viaje de la vida empezó un poco tarde para ella.

Y cuando bajó , nada de esto había ocurrido para ella. El sueño reparador le había evocado a todos estos recuerdos, el subconsciente le había llevado hasta aquí, aunque en realidad había sido la vida quien la había viajado de un lado para otro. Ahora era su mente la que viajaba. Poca gente la conocía. No la conocerías si la vieras. Sus arrugas, su cuerpo enjuto maltratado por una vida dura , una familia difícil;  el pelo vestía canas como todas las vetas que durante la vida habían marcado su cuerpo.

Y ahora que tenía que despedirse de sí misma en la estación, le echó valor. Fue su primera y última despedida: no se arrepintió de nada. Caminó y, a lo lejos, su cuerpo se desdibujó entre el humo del tren, entre la gente que caminaba y corría a saludar a sus madres, padres, hijos, maridos, mientras el reloj, grande, de hierro, marcaba las horas rápidamente.

Fuente: Marta Hernando.

C. Marco

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