La raza hispana de Franco

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Las dos grandes obsesiones del franquismo en los estudios sobre la naturaleza humana eran las mujeres y la igualdad. No entendía ni una cosa ni otra


La crisis económica y política ha provocado un auge del populismo en todo el mundo. No es la primera vez en la historia que sucede; cada periodo de incertidumbre es caldo de cultivo para un populismo que acaba derivando en totalitarismo. En sus delirios, los mayores populistas de la historia acaban dejando una impronta que, con el paso de los años, se convierte en tragicomedia que no oculta ni disimula la tragedia que provoca en la ciudadanía

El 23 de agosto de 1938, el mítico motorista de Francisco Franco, ese que llevaba en el zurrón la carta que el dictador le mandaba a sus ministros para cesarlos, tocó con los nudillos la puerta del despacho del doctor Antonio Vallejo-Nájera, en Burgos. Un sobre cerrado y un mensaje corto del Generalísimo: “En contestación a su escrito del 10 del actual proponiendo la creación de un Gabinete de Investigaciones Psicológicas cuya finalidad primordial será investigar las raíces psicofísicas del marxismo, manifiesto que de conformidad con su mencionada propuesta, autorizo la creación del mismo”. Vallejo- Nájera leyó el comunicado, cerró el sobre, miró al techo y suspiró de alegría. Comenzaban sus estudios sobre la inferioridad mental de los rojos con los que fortalecería su tesis sobre la necesidad de regenerar la raza hispana.

El médico Antonio Vallejo-Nájera. (Wikipedia)
El médico Antonio Vallejo-Nájera.

Antonio Vallejo- Nájera era por aquel entonces jefe de los Servicios Psiquiátricos Militares del régimen franquista y con el papel que le entregó el motorista, y que ha documentado el historiador Ricard Vinyes, profesor de la Universidad de Barcelona, le pudo dar rienda suelta a las atrocidades que había mamado años antes en la Alemania nazi. Fue nombrado director de Investigaciones Psicológicas de los Campos de Concentración y comenzó sus terribles experimentos con dos grupos de presos, brigadistas internacionales y presas políticas que estaban encerradas en la cárcel de Málaga.

No hace falta extenderse mucho sobre los delirios del comandante Vallejo-Nájera porque sus conclusiones, leídas hoy, parecen sacadas de la ficción o de la parodia; llamarían muchas veces a la carcajada si detrás no se intuyera la brutal represión y humillación a las que sometió a todos los que pasaron por su laboratorio. Las dos grandes obsesiones del franquismo en los estudios sobre la naturaleza humana eran las mujeres y la igualdad. No entendía ni una cosa ni otra. Sobre la lucha por la igualdad, el comandante Vallejo-Nájera concluyó, en el artículo que publicó en una revista médica, que existía “inferioridad mental de los partidarios de la igualdad social y política”, sobre todo de “los marxistas que aspiran al comunismo y a la igualdad de clases a causa de su inferioridad, de la que seguramente tienen conciencia”.

Más cruel aún lo fue con las mujeres que ‘analizó’ en la cárcel de Málaga. Si un marxista se explicaba por su inferioridad mental, una mujer marxista evidenciaba una inferioridad redoblada. “Recuérdese para comprender la activísima participación del sexo femenino en la revolución marxista su característica debilidad del equilibrio mental, la menor resistencia a las influencias ambientales, la inseguridad del control sobre la personalidad (…) Además, en las revueltas políticas tienen la ocasión de satisfacer sus apetencias sexuales latentes”.

Vallejo-Nájera publicó ‘Eugenesia de la Hispanidad y regeneración de la raza’ en la que abogaba por “una supercasta hispana, étnicamente mejorada”.

Como se entenderá, esa última frase, de quien hablaba bien era del autor, de sus obsesiones y complejos sexuales, y los de tantos capitostes del régimen con el dictador a la cabeza, más que de las pobres mujeres a las que humilló el franquismo, incluso arrebatándoles sus hijos porque “la segregación de estos sujetos desde la infancia, podría liberar a la sociedad de plaga tan terrible”. En la escala de desprecios, el franquismo, en su demencia, sólo colocaba por encima de las mujeres a los homosexuales, a los que consideraba “degenerados superiores”. Como exclamaron al expirar la contienda: “España, tras la Guerra, es finalmente viril”.

La cuestión es que Vallejo-Nájera, no sólo empeñó su labor científica a la demostración de que el marxismo y la lucha por la igualdad eran una clara muestra de debilidad mental; ya antes, siguiendo los pasos de la Alemania nazi, había publicado, en 1937, la obra ‘Eugenesia de la Hispanidad y regeneración de la raza’ en la que abogaba por “una supercasta hispana, étnicamente mejorada, robusta moralmente, vigorosa en su espíritu”. Y es ahí, en ese ensayo que tanto entusiasmó al dictador, donde la perversión alcanza su mayor cota, jaleada, renglón a renglón, por una verborrea fascista que, tantos años después, todavía asusta. Una breve demostración final utilizando párrafos de ese ensayo con la fórmula de aprendizaje de los colegios franquistas, cuando el profesor preguntaba a la clase por los valores de la patria y los niños cantaban de corrido los textos propagandísticos que habían memorizado.

Ahí van, preguntas y respuestas: ¿Qué es la raza española? “La esencia de la raza hispana radica en el patriotismo”. ¿Cómo se puede mejorar la raza hispana? “La raza que no quiere estar subyugada por los inferiores y débiles de cuerpo y de espíritu debe engrandecer los biotipos de buena calidad hasta lograr que predominen en la masa total de la población”. ¿Quiénes son los enemigos de la raza? “El hombre estúpido, holgazán, inconstante, inatento, voluble, caprichoso o amoral no tiene derecho a recibir una educación cultural superior, porque la desperdiciará. Ni los mediocres y los inferiores intelectuales. Nivelar la cultura general del pueblo constituye una quimérica ilusión: Los intelectuales han de ser siempre la aristocracia de la raza”.

Fuente: Javier Caraballo.

C. Marco

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