¿Rehabilitar a la normalidad?

Al vulgum pecus, un cierto Romanticismo le oponía la figura del poeta maldito. Y exaltaba la melancolía, considerada la forma electiva de la lucidez y el recurso final de la potencia creadora. Con el Surrealismo, es la locura la que suplanta a la melancolía, por la proliferación de formas de pensamiento que hace surgir y por su imprescriptible impertinencia respecto del conformismo y de la razón. Muchos psiquiatras (como Bonnafé) y psicoanalistas (como Guattari), y no solamente filósofos (como Foucault), han seguido los pasos de esta crítica más o menos sistematizada de la normalidad e intentaron revelar la genialidad de la locura -ya para unos remita a la psicosis, para otros a la perversión- mientras que la neurosis, sospechosa de tener demasiados compromisos con la normalidad, provocaba más bien la condescendencia.

Aún hoy la normalidad es considerada una figura chata, identificada con el conformismo, e incluso como forma emblemática del cretinismo social o, en forma más sabia, como sinónimo de alienación.

Crítica de la interiorización:

Esa mirada sobre la normalidad parece difícil de disociar de una concepción etiológica que le acuerda a la normalización una cuasi omnipotencia. Detrás de la normalidad está el determinismo social de las conductas, y entre ambos la interiorización, invocada por la mayoría de los sociólogos como siendo obvia. ¡En verdad la interiorización de la dominación tiene anchas espaldas! Porque a partir de la clínica nada parece más difícil que la interiorización de una coacción que llega del exterior. La subjetividad se presenta primero al terapeuta como una reserva inagotable de resistencias a lo real, tanto voluntarias como inconscientes. La simplicidad, o incluso el simplismo de la noción de interiorización, está quizá unida a un error metodológico y teórico que consiste en querer dar cuenta de un cara a cara directo entre el sujeto -débil por su soledad- y la sociedad –fuerte por su número y sus instituciones. Cara a cara al que se presenta como esencialmente desigual. Más valdría, para investigar esa relación de fuerzas, estudiarla en las situaciones concretas donde se juega la puesta a prueba de la subjetividad por parte de la dominación. Muchas situaciones pueden ser invocadas por el investigador en ciencias sociales, pero no todas tienen el mismo poder de revelación. Por razones que no pueden ser explicitadas aquí, la relación con el trabajo es considerada por algunos investigadores como la situación clave. La relación con el trabajo es un operador de inteligibilidad único para comprender como se forman y se transforman las relaciones sociales de dominación por una parte, las relaciones entre hombres y mujeres por otra, y las relaciones entre salud y enfermedad finalmente. El trabajo, en efecto, genera cada vez más patologías, en particular mentales, en el período reciente. Pero también es un mediador irremplazable de la salud: muchos de nuestros semejantes le deben su salud mental a su relación con el trabajo. Basta fijarse en la morbilidad psicopatológica de los que son privados de él para convencerse. Si el trabajo es considerado como una desgracia socialmente generada, hay algo aún peor: el desempleo. He allí el interés del trabajo para nuestra discusión. Patología, alienación, normalidad, interiorización o reapropiación, todos esos conceptos pueden, gracias a la prueba del trabajo, ser testeados clínicamente.

Se nos dice que “el hombre que sufre está quizá más sano que el hombre en buena salud”. No hay lugar aquí para un “quizá”, simplemente porque la salud no existe. La mayoría de los hombres y de las mujeres son portadores de varias patologías crónicas: dientes podridos, bizquera, eczema o urticaria, hipertensión arterial o artrosis, migrañas o insomnios, dependencias alcohol-nicotínicas y otras, u obesidad con hiperlipidemia, etc. Hasta los campeones deportivos están transformados en retortas para medicamentos.

La salud no es un regalo de la naturaleza sino un ideal. Indica, a lo sumo, una meta, sirve de orientación para las conductas higiénico-dietéticas. Desde esta perspectiva, la normalidad aparece como un compromiso entre las enfermedades físicas y mentales, cuando, a pesar de estas últimas y entre sus ataques evolutivos, un individuo logra mantener un equilibrio más o menos bien compensado.

Una vez convertida la problemática de la interiorización en su contrario, la normalidad aparece como esencialmente enigmática. Sin duda no es nada menos que una conquista: un compromiso, ciertamente menos decorativo que la salud, pero un compromiso aceptable y a pesar de todo vivible. Aunque, conviene insistir en ello, se trata siempre de un resultado precario que constantemente hay que volver a conquistar hasta que al final se pierda la partida: ¿acaso no debemos todos morir?

La cuestión se desplaza: ¿cómo hace la mayoría de nuestros semejantes para no caer en la enfermedad mental, o incluso somática, a pesar de las presiones que se ejercen sobre la subjetividad y amenazan con hacerla estallar en pedazos?

Determinismo, infancia y subjetividad:

Volver a poner en cuestión a la interiorización no consiste en recusar el determinismo social de las conductas, sino en poner en duda que su poder proceda de un paso directo del exterior hacia el interior. Tomemos como ejemplo los mandatos unidos al género. El género comienza con una asignación, si  admitimos esta noción, propuesta por los que han inventado el concepto de género (Money, retomado luego por Stoller). Asignación hecha al niño por los adultos con la declaración del nombre y del estado civil. Ahora bien, no obstante esa asignación, ciertos sujetos no se reconocen en el género que les ha sido asignado: los transexuales. Es que entre la asignación de género y la identidad de género se intercala todo el trabajo psíquico propio del niño, que consiste en interpretar -o en traducir, si retomamos la concepción de Laplanche- ese mensaje dirigido al niño por los adultos. Sea. Me han asignado el género masculino. ¿Pero qué quiere decir ser un hombre? Entre las maniobras ejercidas sobre el niño por el socius (los allegados), por la escuela desde los primeros grados, y por las relaciones sociales de trabajo, por un lado, y lo que haga de ellas cada sujeto, por el otro, está todo el espesor de los esfuerzos desplegados para pensar esa asignación y encontrarle su versión personal. Y se sabe que esos esfuerzos pueden dejar tras ellos un sufrimiento que se prolongará todo a lo largo de la vida como una dificultad en forjarse una identidad sexual estable. A la interiorización pasiva e insoslayable de los mandatos objetivos más vale sustituirle el análisis de las vicisitudes del pensamiento que busca el camino de la apropiación.

Está también, además del determinismo social, el determinismo biológico de las conductas. Aún en el caso de que el ser humano fuera un animal desnaturalizado -y con seguridad lo es- esa desnaturalización es también una fuente ininterrumpida de dificultades. Porque la desnaturalización no es el resultado de un proceso sufrido pasivamente. ¿Cómo liberarse de los apremios de la autoconservación, de los instintos y de la dictadura de las funciones fisiológicas sobre la conducta? Es en esos términos que se plantea la cuestión de la desnaturalización: como una conquista, una vez más. Y esta última pasa por operaciones complejas, cuyas principales etapas se juegan una vez más en la primera infancia. Cada niño las atraviesa a su manera, en función por un lado del manejo de su cuerpo por los adultos, y por el otro de su propio talento para reapropiárselo. En el mejor de los casos, el niño logra a lo largo de ese proceso construirse un segundo cuerpo, obtenido por derivación o subversión del primer cuerpo (el cuerpo fisiológico): a ese segundo cuerpo, el que habitamos, el que experimenta los afectos y los sentimientos -empezando por el sufrimiento- el que está comprometido en la relación con el otro para poner en escena lo que se siente en sí y hacerlo inteligible a los demás, a ese segundo cuerpo que estará al fin de cuentas en el encuentro cuerpo a cuerpo del amor, se le da el nombre de cuerpo erógeno. Pero, como ya se habrá comprendido, no todo el mundo sale de esa aventura de igual manera y algunos de nosotros no pueden experimentar placer, porque ese cuerpo ha salido amputado, atrófico, de la infancia. Serán ya sea torpes crónicos, en los gestos de la vida cotidiana tanto como en el trabajo, ya sea sujetos que sufren de una dificultad iterativa para experimentar afectivamente y sentir la vida en sí, o incluso sujetos afectados de impotencia o frigidez sexual.

Finalmente, además del determinismo social y el determinismo biológico de las conductas, está el determinismo “familiar”, es decir lo que está más directamente en relación con el inconsciente sexual de los adultos: lo del mundo sexual de los adultos que da a luz al inconsciente sexual reprimido del niño, es decir su sexualidad infantil por un lado, su fidelidad a las expectativas de sus padres a su respecto por el otro, lo que a menudo linda con una captura que altera duraderamente la autonomía subjetiva del niño. Ese inconsciente está a su vez en el origen de un determinismo con el cual no siempre es fácil llegar a un compromiso en todos los actos de la vida cotidiana. Atestiguan de ello los acto-fallidos y los síntomas psicopatológicos.

De esta descripción sumaria pueden sacarse dos consecuencias:

  • La subjetividad, para advenir y perdurar, debe llegar a un compromiso con esos tres tipos de determinación que constantemente tienden a descuartizarla y dividirla, con, al final, el riesgo de la enfermedad mental. Construirse una identidad para no volverse loco y permanecer dentro de la normalidad no es una sinecura. Y eso pasa, nolens volens, por la obligación de pensar, experimentar y elegir. El resultado no es la consecuencia de una simple interiorización. Cada cual debe buscar y encontrar su camino hacia la normalidad.
  • Todos esos determinismos convergen primero sobre un niño, es decir que antes de ser adulto ha sido necesario ser niño, lo que ignoran regiamente tanto la teoría social como la teoría de la acción. Y ese niño, a través de sus múltiples transformaciones, sigue aún vivo en el adulto, y es con él que debe contar cualquier determinismo social o político. Ese niño no es siempre ni constantemente imaginativo e impertinente. A veces es propenso a la sumisión, también puede ser frágil, de suerte que las relaciones sociales de dominación lo devuelven rápidamente a sus propios callejones sin salida y lo empujan hacia la descompensación psicopatológica. La normalidad del adulto se compone a partir del carácter, pero también de la debilidad del niño que perdura en él. Es decir de una combinación compleja de reacción y consentimiento a la “interiorización”.

Subjetividad y dominación en el mundo de los adultos:

Identidad de género, cuerpo erógeno e inconsciente, toda esa construcción de la infancia deberá un día ser sometida a la prueba del encuentro con la dominación. En el mundo de los adultos ese encuentro pasa siempre, en uno u otro momento, por el trabajo. Primero con la búsqueda de un empleo, luego en el enfrentamiento con las relaciones sociales en el trabajo mismo. Pensar solo es indiscutiblemente lo más difícil que hay, quizá imposible. Es lo propio de los héroes. Para los seres ordinarios, hay que prestarse a la confrontación de su pensamiento con el pensamiento de los otros. El trabajo, suponiendo que se haya resuelto el problema del empleo -si no, es muy difícil disputar la partida- es una ocasión única de poner a prueba su propia capacidad de pensar: no solamente a prueba de lo real del mundo -lograr producir algo a pesar de las resistencias que opone por un lado la materialidad del mundo objetivo, la dominación social por otro, y finalmente las trampas tendidas por el propio inconsciente- pero también a prueba del pensamiento, de la opinión e incluso del enjuiciamiento de los otros.

Si el trabajo puede generar lo peor -la alienación de la capacidad de pensar, como en el trabajo repetitivo bajo apremio de tiempo- también puede ser una magnífica suerte: la de confrontarse a sí mismo, primero, y luego la de encontrarse con otro que también lucha con lo real.

La lucha por la normalidad accede aquí a un grado superior. Porque trabajar no es una actividad estrictamente solipsista como Dios manda. Se trabaja para alguien: para un jefe, para los subordinados, para clientes o usuarios. Por añadidura, trabajar exige ponerse de acuerdo con los otros. La prescripción del “trabajar juntos” es la coordinación. Pero si uno se limita a ejecutar estrictamente las consignas ésta no funciona. Hace falta volver a ajustarlas colectivamente; se pasa así de la coordinación a la cooperación. Dicha cooperación no es evidente. Transita por la negociación colectiva de las maneras de trabajar. Inevitablemente surgen litigios y conflictos. La cooperación descansa sobre la resolución de estos últimos, lo cual supone expresar y defender el punto de vista propio, pero también escuchar y entender el de los demás. En el mejor de los casos, se llega así a forjar acuerdos, acuerdos normativos luego, y finalmente reglas de trabajo o incluso reglas de oficio. Trabajar implica pues una actividad deóntica. La normalidad, ya que es ella lo que buscamos delimitar, en el trabajo supone aportar su contribución a la actividad normativa. Se puede demostrar fácilmente que esos acuerdos nunca están fundados únicamente sobre argumentos técnicos y que comprometen la dimensión del vivir juntos. Aportar mi contribución a la actividad deóntica, no es solamente buscar que se acepten las normas que me convienen a mí para negociar mi relación subjetiva con el trabajo, con todo lo que contiene de mi historia, de mi vida y de mi infancia. Es también participar de la formación de un medio propicio al ajuste de la relación de los otros con el trabajo. Si no, no hay que confiar en compromiso racional alguno. De manera que todo lo que es activado por esa actividad deóntica apunta a un tiempo a mi propia lucha por la normalidad y a la de los otros. Es también en ese crisol que se forjan el reconocimiento de parte de los pares y la solidaridad. Toda esa dimensión del trabajo exige un esfuerzo intenso. Las reglas no están dadas desde el exterior. Se construyen. Y si esos esfuerzos fracasan, la ausencia de reglas genera el cada cual por su cuenta, altamente deletéreo para la salud mental. Insistir sobre esos proceso complejos, es mostrar una vez más la gran dificultad de la lucha por la normalidad, que, al fin de cuentas, pasa por la búsqueda de un entendimiento entre lo singular y lo colectivo.

Normalidad y política:

Difícil y arriesgada por cierto, esa conquista en el trabajo de las condiciones propicias a la construcción de la normalidad es sin embargo de una importancia capital respecto de la salud mental. La construcción de la identidad que constituye el armazón de la salud mental se despliega, en efecto, en dos mundos: el mundo íntimo y el mundo social. La auto realización en el campo erótico pasa principalmente por el amor. La auto realización en el mundo social pasa principalmente por el trabajo. Ahora bien, son muchos los que salen heridos de la infancia, con una identidad incierta. El trabajo es para ellos una segunda oportunidad: obtener, a cambio del aporte que le hacen a la comunidad, una retribución simbólica mayor: el reconocimiento[1], gracias al cual el sufrimiento puede ser transformado en placer; el del crecimiento de la identidad. Muchos hombres y mujeres sufren una vida amorosa poco satisfactoria. El trabajo es entonces, a menudo, el mediador insustituible de la lucha contra la depresión y la enfermedad mental. Podría ser que a fin de cuentas la relación con el trabajo sea más eficiente que el amor para construirse una salud. Y eso a pesar de los obstáculos que el trabajo le opone a la subjetividad, incluyendo la dominación. ¿No es acaso gracias al trabajo que las mujeres se emancipan de la dominación de los hombres?

La normalidad es una conquista. Pasa a la vez por la movilización de los talentos personales y por una contribución a la renovación del vivir juntos. Es por eso que es acertado considerar que los y las que logran permanecer en la normalidad pese a los obstáculos que encuentran tienen a pesar de todo mérito.

Por cierto, no por ello la normalidad puede ser erigida como un ideal o modelo. Eso no es razón suficiente para cultivar el desprecio respecto de la normalidad. Porque eso sería enviar a aquellos a los que hace vacilar el sufrimiento en el trabajo o lo que algunos -en particular Emmanuel Renault- describen bajo el nombre de “sufrimiento social”, a un callejón sin salida comunicacional, es decir a una soledad que los impulsa aún más por la vía de la alienación.

De hecho, las condiciones del vivir juntos en el trabajo están amenazadas por las nuevas formas de organización del trabajo, de gestión y de gerenciamiento. El miedo a la precarización y sus efectos deletéreos, tanto como las nuevas patologías que afectan a una parte de los beneficiarios de un empleo estable, son sus consecuencias.

Si se acepta tomar en serio lo que implica una reflexión sobre la normalidad, se deberá entonces admitir que pensar políticamente nuestro devenir en sociedades como la nuestra debiera tomar como uno de sus ejes esenciales la acción que apunta a dar nuevo encanto al trabajo. Y habría que desconfiar de todos esos profetas que nos prometen la felicidad cuando nos hayamos deshecho del valor asociado al trabajo cuando no nos anuncian el próximo fin del trabajo.

El trabajo, es cierto, puede generar alienación. Pero también puede ser el mediador insustituible de la emancipación. Eso depende de nuestra capacidad de pensar la relación entre subjetividad y trabajo y asumir sus implicancias políticas. La organización del trabajo es un problema capital porque de ella depende, en la vida corriente, la posibilidad de articular subjetividad y relaciones sociales de dominación y de emancipación. Al saltearse ese problema, el pensamiento político se despega de la vida corriente de los hombres, de las mujeres y de los niños, con  riesgo de perder su vínculo con lo real.

Fuente: Christophe Dejours.

C. Marco

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