La inteligencia y el cuerpo

Christophe Dejours es un psiquiatra y psicoanalista, especialista en cuestiones de trabajo. Es profesor del Conservatorio Nacional de Artes y Oficios y director del Laboratorio de Psicología del Trabajo en Francia. Los lectores de Topía han tenido un asiduo contacto con su obra a partir de la publicación de numerosos artículos y de libros como La banalización de la injusticia social (2da. Edición, 2012). Dejours ha profundizado en una particular concepción sobre lo corporal, a partir de sus investigaciones sobre psicosomática y trabajo. La misma puede apreciarse en toda su dimensión en su última obra, Trabajo Vivo, de cuyo segundo tomo Trabajo y emancipación, transcribimos sus ideas a continuación.

Desde el origen de la experiencia de la resistencia del mundo hasta la intuición de la solución práctico-técnica y la experimentación de las respuestas a lo real, siempre es el cuerpo lo que primero está implicado. Al revés de lo que supone el sentido común, el trabajo intelectual mismo no se reduce a una pura cognición. Por el contrario, trabajar implica primero la experiencia afectiva del sufrimiento, de lo pático. Y no hay sufrimiento sin un cuerpo que sufra. De hecho, la inteligencia en el trabajo nunca es reductible a una subjetividad suspendida sobre el sujeto. La subjetividad no se experimenta sino en la irreductible singularidad de una encarnación, de un cuerpo particular y una corporeidad absolutamente única.

Haría falta una larga discusión para explicitar las relaciones entre el cuerpo y la inteligencia en el trabajo. La habilidad, la destreza, el virtuosismo y la sensibilidad técnica pasan por el cuerpo, se capitalizan y se memorizan en el cuerpo y se despliegan a partir del cuerpo. El cuerpo entero, y no sólo el cerebro, es la sede de la inteligencia y de la habilidad laboral. El trabajo revela que la inteligencia del mundo reside en el cuerpo mismo y que el sujeto inviste al mundo para hacerlo suyo, para habitarlo, en primer lugar por medio de su cuerpo.

La formación de esa inteligencia pasa por una relación duradera y pertinaz del cuerpo con la tarea. Transcurre por una serie de sutiles procedimientos de familiarización con la materia, con las herramientas y con los objetos técnicos.

Por ejemplo, para adquirir el dominio de una máquina-herramienta, para volverse realmente hábil en su manejo, hay que sentir esa máquina, es decir desarrollar una sensibilidad que abarque todas sus características mecánicas. Hay que lograr -lo que no es sencillo- entrar en “simbiosis” con ella, como si fuera mi propio cuerpo el que, por medio de la broca, palpara y penetrara el metal para hacer agujeros en él o arrancarle virutas. Si yo no siento esa acción del metal contra el metal con mi cuerpo, corro el riesgo de hacer recalentar la máquina y romperla. El obrero hábil no se concentra sólo sobre el objeto a trabajar, piensa constantemente en la máquina, para que no se rompa. ¿Cómo se adquiere esa extraordinaria sensibilidad que los autores estadounidenses llaman “tacit skills” y que otros caracterizan con el término de “sentido técnico” o de “sexto sentido”? Hay que familiarizarse con la máquina para “convertirse” en la máquina. Es lo que se llama “formar cuerpo” con la máquina.

Para alcanzar ese resultado hay que establecer un diálogo con la máquina. Pero ese diálogo es desigual, porque la máquina no habla. Se puede, en ciertas condiciones, superar ese obstáculo. Intentando conocer sus reacciones: acelerando la rotación, sintiendo sus vibraciones, sus temblores, sus ruidos, los olores del aceite de corte, que cambian hasta que, brutalmente, la máquina se rompe. Entonces aprendo, por haberla llevado hasta sus límites, las pequeñas señales que preceden a la avería: una particular estridencia, una vibración anormal, un olor a aceite quemado, y así, en cuanto siento esa señal, paro la máquina para dejarla descansar, enfriarse.

Para dialogar de esta manera con la máquina, debo pasar por una fantasía: una fantasía extraña, una fantasía vitalista. Hay que prestarle vida a la máquina, manipularla como si fuera un animal para poder domesticarla. A fuerza de profundizar así la intimidad con la máquina, termino por quererla. Es por eso que los obreros a veces le ponen nombre a sus máquinas: “Titina”, y le hablan : “¡Dale, arrancá, vamos, adelante!”, etc. Y, en cuanto tienen tiempo, la desarman, la limpian, le hacen mantenimiento como si se tratara de un ser querido, de un niño, un animal doméstico, o un cuerpo.

Zola describe ésto en La bestia humana, con el mecánico (Lantier) y su máquina a vapor (la Lison) marchando sobre las vías.

Del trabajo al cuerpo:

La inteligencia del cuerpo es eso. Pero a medida que adquiero esa intimidad con la máquina, descubro en mí mismo nuevas habilidades, nuevas pericias, nuevos registros de sensibilidad; aprendo a sentir y a amar el contacto con el metal, con la madera, con la piedra. Puedo incluso sentir una verdadera emoción en palpar una piedra, en acariciar la madera. Mi sensibilidad y mi subjetividad se desarrollan entonces y crecen a medida que trabajo.

Haciéndome más hábil en mi trabajo, me transformo a mí mismo, me enriquezco, quizá incluso me realizo.

Todo lo que acabo de describir no vale sólo para el artesano. Es cierto para el piloto de caza: un avión se pilotea con las nalgas, no con rutinas; uno no se hace buen conductor, sino cuando siente a su automóvil con su piel, hasta la punta del guardabarros y del parachoques. Y cuando paso demasiado cerca un autobús, siento allí, al final de la espalda, un escalofrío. Es que he alcanzado la etapa de habitar la carrocería con mi propio cuerpo.

Pero lo mismo vale para el manejo de una central nuclear o para la atención al público. La cosa pasa por el cuerpo, la capacidad de sentir, la escucha o la pérdida de interés del auditorio. También la maestra de escuela mantiene bajo control a su clase sólo porque siente a los niños -y su atención o su cansancio- con su cuerpo.

La habilidad técnica, el sentido técnico suponen un proceso de “subjetivación” de la materia y de los objetos, previo a cualquier prestación, que se puede describir en detalle, como lo han propuesto Böhle y Milkau1 en la teoría de la “actividad subjetivante” –Subjektivierendes Handeln– que tiene sus fuentes en la fenomenología, en particular la de Merleau-Ponty.2 Los Griegos, por su lado, también tenían -en lo que designaban con el nombre de métis, la inteligencia astuta3- una idea respecto de esta inteligencia del cuerpo.

El segundo cuerpo:

Conviene insistir en ello: el cuerpo del que aquí hablamos, ese cuerpo que se apropia del mundo según un proceso que Michel Henry propone analizar bajo el concepto de “cuerpropiación” del mundo, no es el cuerpo de los biólogos: es un segundo cuerpo, el cuerpo que habitamos, el cuerpo que se experimenta afectivamente, el cuerpo también comprometido en la relación con el otro: gestualidad, mímica, sudores, temblores, sonrisas, etc., son todas teclas de un repertorio de técnicas del cuerpo -en el sentido que Marcel Mauss5 le da al término- puestas al servicio de la expresión del sentido y de la voluntad de actuar sobre la sensibilidad del otro.

Al segundo cuerpo, a ese cuerpo subjetivo que se constituye a partir del cuerpo biológico, se le da en psicoanálisis el nombre de cuerpo erógeno. Dado que tenemos dos cuerpos. Y ese segundo cuerpo, el que habitamos, el de la emoción afectiva, el del cuerpo a cuerpo en el amor, que puede sentir excitación a veces, pero que también puede ser frígido o impotente con total independencia del cuerpo biológico, que está por su parte en perfectas condiciones; ese segundo cuerpo, pues, no está dado al nacer. Se construye poco a poco, en la relación de cuerpo a cuerpo entre el niño y el adulto en torno de los cuidados del cuerpo. Esos cuidados, en efecto, nunca son puramente higiénico-dietéticos o instrumentales. El adulto que se ocupa del cuerpo del niño experimenta al hacerlo emociones eróticas, lo quiera o no. Esas manipulaciones despiertan fantasías eróticas en el adulto.

Así, los cuidados corporales están contaminados por lo sexual, y es esa contaminación sexual de la relación de cuidado lo que causa excitación y curiosidad en el niño, lo que a su vez dará origen a su cuerpo erótico y a su sexualidad.

Y es en efecto ese cuerpo, el de la experiencia más íntima de sí mismo y de la relación con los otros, el que es convocado en el trabajar. Lo cual representa, debemos admitirlo, un sorprendente descubrimiento de la clínica del trabajo.

Pero es necesario insistir sobre una particularidad de ese proceso de apropiación o de “cuerpropiación” del mundo y de los objetos técnicos. Ese proceso implica a la subjetividad toda, ya que la subjetividad es una e infrangible. En cuanto ésta se disocia, el espectro de la enfermedad mental (disociación psicótica, fragmentación de la despersonalización) se anuncia. La cuerpropiación supone mantener un comercio duradero y obstinado con la experiencia del fracaso, con los caminos sin salida, con las  tentativas vanas, con los intentos defraudados, con la impotencia.6 La cuerpropiación supone que el sujeto sea habitado por el sufrimiento del trabajar, de la resistencia y de los regates del mundo ante su poder y su maestría. Para que se forme esa intimidad con la materia y los objetos técnicos, hace falta que el sujeto acepte ser habitado por el trabajar hasta en sus insomnios, hasta en sus sueños. Ése es el precio para terminar de adquirir esa familiaridad con el objeto del trabajar que le confiere a la inteligencia su carácter genial, es decir su poder de ingeniosidad.

Queda claro que, por ello, el trabajo no está, como a menudo se cree, limitado al tiempo físico pasado efectivamente en el taller o en la oficina. El trabajo desborda todo límite fijado al tiempo de trabajo: moviliza a la personalidad entera.

Fuente: Christophe Dejours. https://www.topia.com.ar/

C. Marco

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