Redes sociales: Adicción, servidumbre y censura

 

Es un problema de salud pública que vuela como un bombardero bajo el radar de nuestra debilitada capacidad para permanecer concentrados, críticos y atentos. Sisea, silba en la oscuridad, pero no lo vemos. Nos envuelve, nos libera, nos somete y nos deforma… pero no queremos verlo. La noche es nuestra mirada porque hemos elegido estar ciegos. Nos comportamos como un rebaño de animales que sonríen estúpidamente a las estrellas… de un cielo sin estrellas, iluminado solamente por las pantallas de nuestros teléfonos móviles. Da miedo. Damos miedo.

Son hechos como patadas. Sabemos con certeza que las redes sociales y las aplicaciones de mensajería instantánea nos permiten una conexión especial con los íntimos o acceder a artistas e informaciones interesantes, pero no queremos ver la adicción, parecida en intensidad a la de las drogas duras, que provocan en millones de personas y en esos adolescentes a los que no se les permite engancharse al tabaco pero sí a Facebook.

Sabemos también que la profesión médica lleva años debatiendo en Estados Unidos la posibilidad de incluir el consumo compulsivo de internet —al que las redes sociales y esas apps contribuyen inmensamente— como patología psiquiátrica. Sabemos que hay miles de millones de dólares en juego para que eso no sea así (los lobbies a su servicio no hacen prisioneros) y que uno de cada tres accidentes de tráfico en España, algunos con muertos y heridos graves como consecuencia, se debe a la necesidad irreprimible de los conductores por enviar un mensaje mediante el teléfono móvil.  Es triste y ridículo morir por un emoji.

Este campo científico dedicado a la manipulación y la adicción tiene un nombre, Captology, y un padre, el prestigioso psicólogo de la Universidad de Stanford B.P. Fogg

Pero entonces, ¿qué hace falta exactamente para que nos tomemos esta adicción en serio? Lo primero, seguramente, es hablar claro y huir de argumentos planos a favor o en contra de esas plataformas. Es obvio que nos proporcionan bienestar y lo es, igualmente, que están diseñadas para ser adictivas casi hasta la crueldad. Se crearon utilizando los últimos conocimientos sobre el funcionamiento del cerebro humano, que servían en bandeja la psicología experimental y la neurociencia, con el fin de atrapar a sus usuarios moldeando y transformando al mismo tiempo los pensamientos y las conductas de los más vulnerables.

No es una teoría de la conspiración para idiotas y tarados del ciberespacio, para los profetas de un apocalipsis zombi o para los que han encontrado la cura del cáncer en las verduritas frescas de California. Este campo científico dedicado a la manipulación y la adicción tiene un nombre, Captology, y un padre, el prestigioso psicólogo de la Universidad de Stanford B.P. Fogg. Todos los diseños de grandes aplicaciones de Silicon Valley beben como ávidos rumiantes en el arroyo de sus ideas. Ese arroyo de aguas oscuras, desde 1998, es una institución llamada Persuasive Technology Lab.

Psicología para vender:

En Estados Unidos existe una larga tradición de colaboración entre los profesionales de la mente y las empresas que ansían vender masivamente sus productos. El punto de arranque definitivo fue un libro del psicólogo Walter Dill Scott en 1903 (The Psychology of Advertising in Theory and Practice) y el caso más espectacular hasta la fecha ha sido el del padre del conductismo, John B. Watson, y uno de los genios que hizo posible la época dorada de los Mad Men. Tanto Watson como Scott asumían que los seres humanos son, en gran medida, obedientes y que se podían controlar y provocar sus reacciones si se encontraban los estímulos emocionales adecuados.

Watson puso toda su fe en el miedo, el amor y la rabia, empujó la ruleta y ganó e hizo ganar millones con ello a las firmas de ese gigantesco casino que era Madison Avenue. La venerable alianza entre las batas blancas de los psicólogos y las de los vendedores de detergentes ha seguido vigente hasta hoy. Niur Eyal, que además de discípulo de Fogg es profesor de Psicología del Consumidor en Stanford, ha tenido la delicadeza de escribir un libro (Hooked: How to build habit-forming products) donde explica cómo se arrastra irremediablemente a un cliente a creer que puede combatir la soledad, el aburrimiento, la frustración, la confusión o la indecisión leyendo un simple timeline o actualizando su estado en las redes sociales.

adicción a redes sociales

Para él, Instagram es el ejemplo supremo que se debe seguir, porque, además del temor a no estar presente en las vidas de los demás que inspiran las otras redes sociales, planta en el pecho de sus usuarios la semilla de una pasión mucho más poderosa: la angustia. Igual que con los anuncios de la publicidad convencional, estas plataformas y los juegos electrónicos prometen aliviar una ansiedad que ellos mismos contribuyen a crear (te muestran que eres un fracasado si no tienes un smartphone para vendértelo luego) y que crece y se eleva en una especie de espiral infinita que el miedo y la adicción apenas permiten contener. Cada vez necesitamos más las actualizaciones y reacciones propias y ajenas para sentir que seguimos viviendo en sociedad, que existimos, que le importamos a alguien.

Es un prodigio del marketing —y de nuestra sumisión— que Silicon Valley haya conseguido asociar en nuestras mentes sus productos y servicios con la felicidad, la libertad de expresión absoluta, la plenitud y la rebeldía contra el sistema cuando las redes sociales no sólo nos proporcionan una revolucionaria forma de conocernos, de amarnos y de conectar, sino que también promueven la ansiedad, la angustia y el miedo a no ser aceptado —y ensalzado y recordado— continuamente por los demás… y por los defensores de los políticamente correcto, que son los guardianes del sistema. Es inquietante imaginar que, detrás de cada actualización, de cada ‘me gusta’ de Facebook o de cada corazón rojo intenso de Twitter o Instagram existe un botón invisible y siempre presente: ‘Tengo miedo a estar solo, a que no reconozcas mi capacidad y a no existir para ti: dime algo por favor… RECUÉRDAME QUE EXISTO’.

Cada vez necesitamos más las actualizaciones y reacciones propias y ajenas para sentir que seguimos viviendo en sociedad, que existimos, que le importamos a alguien

Esta devastadora adicción a ser recordado esconde tres adicciones interesantes de las que las redes sociales no son responsables aunque ayuden a multiplicar exponencialmente su impacto. La primera es la obsesión compulsiva por la valoración constante de los demás. Se nos puede valorar en el ataque o en el halago, pero es vital que los demás reaccionen ante nuestras manifestaciones del mismo modo que esos dioses con pies de barro del ciberespacio lo hacen con EUFORIA DIVINA ante los cientos de retuits que provocan y con SANTA IRA y DECEPCIÓN cuando ven que muy pocos de sus lectores, de sus amigos, han pinchado en el enlace que ellos les recomendaban. La osadía, la ignorancia y la falta de compromiso del rebaño —perdón, de los followers— no tienen límites. ¡Malditos desagradecidos!

Exijo que me entretengas:

La segunda adicción: vivimos enganchados a la obligación de entretener y ser entretenidos por los demás en una cháchara e intercambio sin fin y, a veces, sin otra meta que evitar el silencio en nuestras vidas. La obsesión por el entretenimiento inmediato, que lo está devorando todo, dificulta los compromisos y las relaciones personales profundas y a largo plazo con nosotros mismos, con las causas, los debates o las actividades que nos importan y con los demás. La política hoy es entretenimiento, igual que lo es buena parte del sexo, el deporte, el turismo, la música, el arte contemporáneo, la literatura o el periodismo. Hasta la crueldad ha de ser entretenida para ser tenida en cuenta: ahí están los vídeos profesionales de los terroristas del Daesh para demostrarlo.

La conversación digital perpetua tampoco deja mucho espacio y atención disponible para estar solo, para reflexionar sobre cuestiones no urgentes, para abrazar y escuchar con atención a un buen amigo, para resolver un conflicto con un padre o con un hijo mirándolo a los ojos —con gritos y lágrimas si es preciso— o para compartir un espacio ininterrumpido de complicidad con una pareja a la que se le quiere por encima de todo…, pero no por encima de los mensajes de WhatsApp.

Esa ausencia de soledad, según las conclusiones de psicólogas como Sherry Turkle, se traduce en que cada vez somos menos empáticos y tenemos más obstáculos para formarnos una personalidad independiente que no exija la aprobación y rechazo constantes de los demás. Sin conciencia de una personalidad independiente no hay empatía, porque es imposible ponerse en el lugar de las emociones del otro si ni tan siquiera conocemos las nuestras.

La política hoy es entretenimiento, igual que lo es buena parte del sexo, el deporte, el turismo, la música, el arte contemporáneo, la literatura o el periodismo. Hasta la crueldad ha de ser entretenida para ser tenida en cuenta

Y la tercera adicción es una extraña pasión por la versión de la realidad que proyectan los filtros de las redes sociales, que son los criterios humanos y los algoritmos, basados en la propia actividad de los usuarios, con los que seleccionan y criban la información que recibimos para que nos sintamos cómodos. Nadie les ha pedido que nos traten como ciudadanos y, por eso mismo, sólo nos tratan como clientes.

Los filtros nos ayudan a confirmar una y otra vez nuestros prejuicios, a silenciar las opiniones o imágenes minoritarias que nos resultan odiosas (a veces, como en el caso de la pornografía infantil, con razón) y a fomentar la creciente polarización política y religiosa mediante la configuración de comunidades cerradas que son pasto del fanatismo, las verdades absolutas, el odio al discrepante y las teorías de la conspiración. Hay integrantes de esas comunidades que a veces salen de caza: los trolls no son otra cosa que la expresión más obvia del ansia de notoriedad, del desprecio a quien piensa distinto y de la falta de empatía.

Acabar con estas tres grandes adicciones no depende de las redes sociales. Somos nosotros los que tenemos que pensar por qué millones de personas no pueden vivir sin la valoración y el reconocimiento constante del otro, por qué el silencio, la soledad y no entretener a los demás les provocan miedo e inseguridad y, por último, cuál es la causa de que la empatía y la tolerancia hayan perdido protagonismo a marchas forzadas en las vidas de todos. Cada vez es más difícil encontrar a dos amigos, dos vecinos o dos familiares que se opongan políticamente y se atrevan a compartirlo sin mostrarse desprecio. Sería demasiado fácil echarle la culpa a Facebook… y demasiado estúpido creer que se resuelve con una conversación de WhatsApp.

Fuente: Gonzalo Toca.

C. Marco

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