Visité lugares maravillosos pero mi destino es volar

Cuando volteé ya era muy tarde, se vislumbraban distintas figuras en una lejanía que se prolongaba cada vez más larga y ancha, sombras de seres especiales, estaban al extremo del camino que había recorrido, la brecha estaba llena de flores que mis compañeros habían soltado al verme, para acuñar el abrazo de despedida; estaban ahí expectantes, mientras recordaba los días irradiantes en calor en que el mundo se abalanzaba nuestro, y entre carcajadas nos supimos suyos, calcábamos bonitas canciones y comprendimos que el cuerpo no es más que un instrumento y que los lugares no son más que personas; por eso a su lado iba por doquier, y podía ser real; aquellos seres especiales habían estado conmigo en distintos momentos, traslapándose; fueron amores fugaces, amigos entrañables, compañeros incondicionales.

Seguí mi rumbo evocando las promesas y los planes inconclusos que nos han de esperar para otra vida, porque el tiempo y su eterno viaje nos enseñaron a vernos desnudos de prejuicios para poder amar sin condiciones.

Uno de mis seres amados, -valiente-, se llevó las manos al borde de su boca con afán de que su voz hiciera eco, y que así sus palabras no se perdieran en el camino; gritó con toda su fuerza: ¿A qué le tienes miedo?

Me quedé helada, me sentí extranjera, me reconocía ajena, lejana de todos, de mí. Me detuve y supe que el viaje apenas comenzaba. Sabía que a todos ellos me los llevaba en forma de amuleto, en forma de canción y mariposa; que les iba a recordar cuando el sol me ofuscara la vista, en perfumes ajenos y en el helado de melón, sabía que aunque me fuera y ellos se quedaran, estaríamos juntos un par de eternidades más.

Sin embargo, no pude. Estuve unos segundos inmóvil como quien sabe que no ha de regresar, empalmé mis manos sobre mis labios, una sobre otra, para que así las palabras no me se fueran a escapar.

“A quedarme, al olvido, a caminar sobre sus expectativas. Tengo miedo de ustedes que, fugaces y eternos, han dejado los lugares vacíos. Miedo de este amor que me invita a regresar, a irme y a olvidarles, a que se olviden de mí”, pensé, mientras tomaba una vez más mi rumbo.

A veces alejarse es una manera de volver, de buscarse y de encontrarse a uno mismo.

Fuente: http://culturacolectiva.com/

C. Marco

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