Nietzsche y el arte de aprender a callarse

Nietzsche fue uno de esos filósofos que tenía que salir a caminar antes de sentarse a escribir. A diferencia de Kant que todos los días hacía una caminata de una hora por la misma ruta sin importar el clima, las de Nietzsche eran impredecibles. Algunas llegaban a durar cerca de ocho horas porque, como él mismo lo decía, hay pensamientos que sólo se pueden tener en soledad y a 6,000 pies de las montañas. Salir a caminar a solas, en silencio y por tiempo indefinido no era una mera distracción de las intensas horas de escritura, sino el momento en que la escritura misma nacía.

A lo largo de sus obras, uno de los temas recurrentes es la reflexión sobre el papel de lo acústico y su relación con el conocimiento. El análisis de Nietzsche sobre el lugar que ocupa el sonido en el pensamiento comienza como una crítica pues, como lo explica en El nacimiento de la tragedia, las interpretaciones tradicionales le conceden a las imágenes un lugar privilegiado que es acompañado por la música como un complemento. El sonido tiene una función meramente decorativa que sólo hace eco de lo que ya se ha escrito. En contra de esta concepción, el filósofo propone un camino en donde sea el sonido el que genere el conocimiento, en donde el poeta épico absorto en la pura contemplación de imágenes se fusiona con el poeta lírico que busca experimentar con lo sublime, las emociones, el caos y la música.

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Según Nietzsche, la poesía lírica emerge como un acto previo a la escritura en el cual prevalece un “ánimo musical”, una cierta atmósfera sonora anterior a las ideas poéticas que sólo vienen después de que se ha tomado conciencia del sonido. Esa melodía, dice, es la que da luz a la poesía. Ahora bien, si el sonido tiene este papel fundamental en la producción del lenguaje, lo lógico sería preguntar a qué tipo de resonancia audible se refiere. Su respuesta es bastante precisa y la encontramos también en El nacimiento de la tragedia cuando caracteriza esta musicalidad como una “extraña voz”. Una voz interna que, por debajo de la pesadez que suele caracterizar al alemán, lo invoca en un tono extranjero pero también místico. Una voz inaudible que a pesar de que entra a través del órgano más abierto, el oído, tiene una intención poco clara. Una voz silenciosa que sabe comunicar pero también ocultar si no se escucha correctamente.

Este sonido mudo al que se refiere el filósofo sólo puede ser escuchado por lo que él llama el tercer oído. En Más allá del bien y el mal, Nietzsche menciona que los libros escritos en alemán son una tortura para quien tiene el tercer oído pues se deja de contemplar lo que hace de la escritura un arte. En otras palabras, se deja de considerar su musicalidad. Para Nietzsche, estos autores colocan las palabras lentas y frías sin pensar en el ritmo, la armonía, la sucesión de vocales y diptongos, ni la ruptura de la simetría. Es ahí, en la interrupción del tiempo, en el juego entre el sonido y el silencio, donde el filósofo coloca la semilla de la poesía.

Los escritores alemanes desprecian el papel que juega el silencio, que no aparece ni como un ambiente afónico ni como la ausencia de voces, sino como un estado de creación. Según nuestro filósofo, el silencio es el espacio en donde aparece por primera vez esta voz a la que el poeta debe de escuchar con el tercer oído. La función del silencio entonces se vuelve fundamental pues éste termina por ser el encargado de conducir al poeta a un lugar de contemplación y quietismo previo a cualquier acto creativo pero también es el que le permite al artista crear poesía. El silencio es lo que hace visible al lenguaje.

Si seguimos el argumento de Nietzsche no nos tomará por sorpresa su idea acerca de que aprender a permanecer callado es una de las tareas más complejas que existen. Como lo explica en Así habló Zaratustra, saber cuándo debe uno guardar silencio es algo cercano a un arte. Un arte que, podríamos decir, no sólo hace perceptible ese diálogo interno que Nietzsche tanto buscó en sus largas caminatas solitarias, sino que también nos lleva a un estado de contemplación en donde puede surgir la poesía.

Fuente: .

C. Marco

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