Las raíces de la esperanza: Por María Zambrano

La esperanza se encuentra en ocasiones desasida, como flotando sobre todo acontecimiento, sobre todo ser concreto, visible, ella sola, la esperanza sin más.

Se produce raras veces, individualmente en personas que todo lo han perdido y que nada en concreto esperan.

En la vida histórica tal modo de esperanza pura, desasida, librada a sí misma o entregada a la inmensidad, se produce a veces por larguísimo tiempo en pueblos o razas oprimidas, y más que oprimidas desamparadas.

La felicidad no es fruto que se recoja por sí mismo, hay que hacerla, sostenerla, crearla y, aún más difícilmente, saberla recibir y recoger cuando llega.

La esperanza es la trascendencia misma de la vida, que incesantemente mana y mantiene el ser individual abierto.

Y en el fondo de esta esperanza genérica, absoluta, podemos discernir algo que la sostiene: la confianza. La esperanza sostiene todo acto de vida; la confianza sostiene a la esperanza.

Toda situación sin salida puede ser relativizada. Es lo que se descubre a la luz de la esperanza.

La esperanza como un puente marca el camino al señalar la otra orilla.

El puente es camino, y además une caminos que sin él no conducirían sino a un abismo o a un lugar intransitable. Por virtud y obra de la esperanza, el hombre puede realizar ese imposible que es caminar sobre su propio tumulto interior, sobre el tiempo que se le pasa y puede en cierto modo elevarse y sostenerse sobre su propia hondura.

Muchos son los pasos de la esperanza, y nos parece que sean la aceptación de la realidad que asciende a esperanza de verdad: la llamada que asciende a invocación del bien; la ofrenda que puede llegar al sacrificio de lo mejor de uno mismo en que se cumple la acción de transmitir, el trascender.

Hay una esperanza que nada espera, que se alimenta de su propia incertidumbre: la esperanza creadora; la que extrae del vacío. De la adversidad, de la oposición, su propia fuerza sin por eso oponerse a nada, sin embalarse en ninguna clase de guerra. Es la esperanza que crea suspendida sobre la realidad sin desconocerla, la que hace surgir la realidad aún no habida, la palabra no dicha: la esperanza reveladora; nace de la conjunción de todos los pasos señalados, afinados y concertados al extremo; nace del sacrificio que nada espera de inmediato más que sabe gozosamente de su cierto sobrepasado, cumplimiento. Es la esperanza que crece en el desierto que se libra de esperarnos por no esperar nada a tiempo fijo, la esperanza librada de la infinitud sin término que abarca y atraviesa toda la longitud de las edades.

Fuente: Las raíces de la esperanza. Los bienaventurados, 1988. María Zambrano

C. Marco

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