Se nos va la vida

Hace dos semanas colgué un video en mi muro de una famosa red social, iba acompañado de la siguiente frase que me salió de una forma espontánea: “Me descubro ante padres como este”. En escasamente tres horas más de 800 likes tenía esa entrada. Las imágenes recogían el momento del regalo que un padre le hizo a su hijo de ocho años con parálisis cerebral que le imposibilita hacer la vida de los demás niños.

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Es la historia de Jared Edmunds y su hijo Atticus en una parque de skate en Sacramento (EE.UU.), su madre fue la encargada de tomar este video con su smartphone. Hoy me he enterado que este video es viral en todas las redes sociales y que las principales cadenas de TV del mundo se han hecho eco de esta vivencia familiar convertida en noticia.

Vivimos en una sociedad extremadamente exigente con lo ajeno y pasamos sin piedad a juzgar todo lo que nos rodea. Precisamente, muchas veces nos enmascaramos en estas puestas en común de las críticas, puestas a sometimiento del conjunto cuando vivimos tremendamente solos sin ver nada ni a nadie que nos circunda. Es precisamente esa soledad a la que aludo la que realmente acampa con demasiada frecuencia en nuestras familias.

En ese grito desesperado del abandono, confluyen las gargantas anudadas de tantos padres y madres deshechos no por haberlo dado todo por sus hijos…..que eso nunca les costó…..sino porque a cambio sólo han obtenido abandono, porque están hartos de callar ante excusas que más parecen un insulto que verdaderas razones. A este grito se acoge también la soledad que se apodera de tantas parejas cuando el amor se ha perdido, desgastado o lo ha destrozado la traición.

El grito de soledad del que anhela caricias y cariños que nunca volverán del pasado, y que empiezan a dudar de que algún día fuera cierto. El grito de soledad del que cómo se le va la vida y sus fuerzas cuidando de sus hijos con alguna discapacidad o de sus mayores sin la más mínima ayuda de otros muchos que también debieran.

Hay que apoderarse de ese grito en aquellas situaciones porque hay soledades invencibles. Es imposible acompañar la soledad del que ha sido visitado recientemente por la muerte, y más si es en forma trágica como los fallecidos en nuestras carreteras y ante la pregunta, no habrá nunca nada ni nadie que cubra el hueco que deja ese hijo muerto en la flor de la vida.

Es imposible calmar la frustración solitaria del que está postrado por la enfermedad durante años . Nadie es capaz de romper esa soledad del que tiene que enfrentarse a la más dura de las batallas, la de su propia muerte. Se nos va el tiempo y precisamente se nos pasa el tiempo en tonterías sin saber la trascendencia de lo que estamos haciendo en el día a día, sólo anhelamos y nunca estamos conforme con nada de lo que tenemos.

Sinceramente, me produce temblor, me estremezco ante tanto abandono y tanto relativismo. Me imagino este temblor en tantas mujeres víctimas de la violencia de sus parejas, en tantos y tantos inmigrantes que no sólo están lejos de sus patrias sino que se le ha negado durante mucho tiempo algo tan básico como ser reconocidos. Me abrazo a este grito desesperado en la soledad del aislamiento profundo del alcohólico, de ése con el que no quiere estar nadie y al que llamándole borracho calmamos nuestra conciencia. Me abrazo en la incomprensión para intentar comprender que detrás de aquel joven que se deja esclavizar por la droga no hay sino una tremenda soledad que nadie sabe acompañar.

Es esa misma soledad sembrada insensiblemente por toda la tierra, la misma que nos ha llevado a tantas guerras absurdas, ha sido la prepotencia de un puñado de poderosos la que está dejando abandonados y solos a tantos y tantos miles de habitantes de nuestro planeta. Pero también es nuestro estilo de vida insolidario el que está detrás de estas guerras que sólo saben dejar desolación. Una horrible enfermedad tiene que habernos entrado cuando valoramos más un barril de petróleo que una vida humana, cuando nuestro bienestar consumista tiene que ser defendido con armas y muerte. Ricos y rodeados de todo (pese a la crisis), sí ……Pero inmensamente solos.

A lo mejor el mundo empieza a cambiar cuando escuchemos unos de otros nuestros gritos de soledad. Sin duda llegaremos así al corazón del hombre. Como muchos, quizás tampoco encontremos respuesta y tengamos que callar.

Mientras tantos, personas entregadas al servicio a los que le rodean, siguen día a día, echando un cable construyendo una sociedad mejor.

 

Fuente: http://www.josemariaguijarro.com/

C. Marco

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