Todos los borregos necesitan su pastor

“Quien vive con miedo termina encadenándose a una vida marcada por el malestar, inventando todo tipo de excusas para no atreverse a cambiar” (Anthony de Mello).

Nuestra manera de comprender y de relacionarnos con la realidad está en constante evolución. De ahí que no sirva de nada resistirse al cambio. Tan sólo hace falta echar un vistazo a lo que ha sucedido a lo largo de la historia de la humanidad. Todos los sistemas sociales, filosóficos, políticos y económicos han tenido su origen, un punto de máxima expansión, un proceso de decadencia y su consiguiente finalización. No es que hayan desaparecido ni se hayan destruido, sino que se han ido transformando a través de las “crisis sistémicas”.

Las normas que pasan de generación a generación obstaculizan nuestro descubrimiento de la vida.

Esto es lo que le está sucediendo al sistema capitalista. No puede seguir desarrollándose como lo ha venido haciendo desde el crash de 1929. Y no por argumentos morales ni éticos, sino por cuestiones de ineficiencia e insostenibilidad. Mientras no sepamos hacia dónde vamos, crecer por crecer no va a llevarnos a ninguna parte. Es hora de madurar. Sin embargo, a pesar de todas las señales de alarma que estamos recibiendo, parece que no vamos a asumir las riendas de este necesario cambio hasta que nuestras circunstancias personales y laborales devengan insoportables. Y esto pasará cuando nuestra insatisfacción y nuestro sufrimiento superen nuestro profundo miedo al cambio.

Algunos sociólogos afirman que, hoy, la mayoría de seres humanos seguimos pensando y actuando, a grandes rasgos, como en 1990. Y existe una minoría cada vez más numerosa que lo está haciendo tal y como se hará probablemente en 2030. De ahí que, aunque la realidad sea la misma para todos, cada uno la está interpretando según su manera subjetiva de ver el mundo. Y esta visión sesgada está estrechamente relacionada con nuestro “paradigma psicológico”, con el sistema de creencias con el que nos identificamos.

El paradigma económico actual -el “viejo paradigma económico”- parte de la premisa de que tanto la naturaleza de la realidad como nuestra propia naturaleza humana están compuestas solo por una dimensión tangible y material. El materialismo es la filosofía imperante, y el consumismo, la conducta predominante. Desde que nacemos se nos programa para que pensemos que lo más importante es lo que tenemos, una creencia que determina nuestra manera de ganar y de gastar dinero. Al valorar solamente lo que podemos ver con los ojos y tocar con las manos, dejamos en un segundo plano lo que experimentamos en nuestro corazón. Por eso el triunfo económico y material suele ser una máscara que esconde el verdadero fracaso: la infelicidad, el sinsentido vital y el vacío interior.

Muchas de estas creencias, normas e ideas no las hemos escogido. Nos han sido impuestas por la sociedad. Son un legado que va pasando de generación en generación -de forma mecánica e inconsciente- y que obstaculiza y limita nuestro propio descubrimiento de la vida. De ahí que, a menos que nos atrevamos a revisar y cuestionar nuestro sistema de creencias, nos conformemos con llevar una vida de segunda mano, obedeciendo con resignación los dogmas marcados por el statu quo.

Paradójicamente, la conservación de estas estructuras tan tradicionales es posible, en gran parte, debido a nuestra tendencia de apegarnos ciegamente a las creencias con las que hemos sido condicionados. A este fenómeno se le conoce como “materialismo intelectual”, que podría definirse por medio del refrán “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Por temor al cambio no queremos salir de nuestra zona de comodidad ni siquiera cuando esta nos provoca malestar. Odiamos cambiar porque siempre lo hemos hecho cuando no nos ha quedado más remedio.

Este miedo al cambio nos convierte en cómplices guardianes del orden establecido, actuando como ovejas que no necesitan pastor. Al ridiculizar a quienes se salen de la norma, proponiendo una nueva manera de organizarnos como sociedad, nos encerramos a nuevas formas de crecimiento y aprendizaje. De hecho, los psicólogos definen esta actitud tan arrogante como “la autoestima del sabelotodo”, que nos lleva a ponernos a la defensiva cada vez que escuchamos información diferente y desconocida. Así es como intentamos preservar nuestra identidad rígida y estática.

Por el contrario, podemos optar por “la autoestima del aprendiz“, que se basa en la humildad de no saber y de estar dispuesto a escuchar nuevos puntos de vista que nos permitan cuestionarnos a nosotros mismos y poder evolucionar como seres humanos. Para lograrlo es necesario abandonar la postura victimista y asumir nuestra responsabilidad personal.

Y es que, si de verdad queremos que cambien las estructuras y organizaciones sociales y económicas, no nos queda más remedio que empezar por nosotros mismos. Al adentrarnos en esta zona de riesgo empezamos a entrenar nuestra confianza y valentía, dándonos cuenta de que nuestro mayor enemigo es el autoengaño, pues para dejar de ser infelices el cambio es sin duda nuestro mejor aliado.

Fuente: .

C. Marco

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