Somos el problema y también la solución

Hasta la saciedad, como le sucede a todos los insaciables, han repetido que ellos son la solución.

Los candidatos entran en tan común condición – me refiero a lo de querer el poder claro – propulsados por campañas de publicidad, ya mayoritariamente gratuitas. El peaje pasa por convertirse en parte del menú del espectáculo televisivo. Entran así, de tapadillo, como uno más de los entretenimientos del morboso cotilleo en que se ha convertido buena parte de la “información” a través de las pequeñas pantallas y que por tanto ha dejado de serlo. Lo aparentemente más serio se transforma así en algo muy cercano a lo trivial. Cuando todo es espectáculo el de la política resulta, demasiadas veces, indistinguible del telón de fondo.

De momento y de acuerdo con la rutina del discurso político – tan igual a sí mismo desde hace tanto – parece que los candidatos solo necesitan que les concedamos un sueldo público para arreglarlo todo. Todo menos la base de todo, claro. Luego si lo estropean, igual que sucede con los profesionales del deporte, casi siempre y casi todos, siguen cobrando lo mismo, lo hagan bien o mal. De ahí la importancia de que no tengamos mayorías absolutas y de la decencia de las raras dimisiones que en este país han sido.

Varias cosas van cambiar. Pero no lo que realmente importa y debería importarles a los poderosos. Me refiero a que apenas han alcanzado, una mediana relevancia en los programas y nula presencia en los debates, las cuestiones realmente esenciales. Estoy haciendo referencia, por supuesto, a la vida en general, a los paisajes, a los elementos básicos, a la multiplicidad vital. A la totalidad del sector primario. A lo que, por mucho que se les quiera olvidar, consiente en que estemos vivos y hoy está grave y ampliamente dañado por el modelo económico único.

En fin, desde la indignación y la irrenunciable complicidad con la vivacidad y sus escenarios, ciclos y procesos, solo quiero recordar que seguimos en un mundo en el que tenemos que respirar, beber y comer. No menos necesitamos a lo que a nuestro lado vive sin ser humano. Todo eso que no nos necesita en absoluto es imprescindible . En fin que lo sustentador   resulta lo políticamente más olvidado, casi despreciado.

Por eso y por desgracia, la solución de momento no está en los que están por llegar al parlamento sino en nosotros mismos. Recordemos que todos podemos elegir a diario la opción más vivaz, inocente y solidaria. Que no lo hagan ellos no impide que lo hagamos nosotros. La mejor política que uno conoce es la de no esperar a nadie y menos aún a los que quieren poder político. Que es, por cierto, lo más dudoso, lento y torpe que hemos inventado los humanos. Con todo vayamos a votar… uno, desde luego, no faltará.

Fuente: Joaquín Aráujo. Naturalista y escritor, Joaquín Araújo reflexiona sobre la belleza amenazada de nuestro pequeño hogar planetario.

C. Marco

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