Los insaciables seres humanos

Nos gobierna la insaciabilidad que, por cierto, nada tiene de democrática. A nadie consulta ni pide permiso pero entra en casi todos los cuerpos, mentes, casas, escaparates, municipios y parlamentos.

Ni siquiera necesita dictar leyes porque cuenta con la codicia para propagarse de acuerdo con las destrezas de los virus. Por si eso fuera poco casi todos le rinden un culto a la personalidad que ya lo hubieran querido para sí los dictadores más totalitarios de la historia.

Por eso mismo poco, o nada, resulta menos progresista que este imperio de las acumulaciones. Tan a favor él de las hambres artificialmente alimentadas.

De ahí que este hogaño tener menos, aunque sea durante cortos periodos de tiempo, se convierta en enfermedad total. Epidemia que contagia desde al estado anímico individual hasta al sobrepeso de los opulentos. Cuando algo se basa en querer, siempre y sin pausa, tener más, mucho más de todo sucede lo que sucede: una incomprensión absoluta de casi todas las reales necesidades. Especialmente las relacionadas con todos los procesos de equilibrio que la vida viene escanciando para que todos los vivos seamos posibles. Incluso se ha instalado por doquier la opacidad a la hora de hacer unas cuentas mínimamente razonables.

Casi nadie es capaz de discernir qué ha ganado y qué perdió. Sobre todo en todo lo relacionado con la vivacidad y la renovación. Devorado casi del todo ha quedado el respeto y la prudencia, la honestidad y el sentido de la convivencia, es decir de la vida buena.

Por si todo esto fuera poco también resultan insaciables los pretendidos remedios. Se nos escapa, por ejemplo, que las prestaciones de las tecnologías, tan burbujeantes, son préstamos que pronto descubriremos que nadie puede puede pagar pero que nos engañan con otra insaciabilidad más, la de que los aparentes servicios seguirán incrementándose indefinidamente. Cuando una las pocas realidades es que nada, ni nadie, puede crecer ilimitadamente. Lo real es demasiado pequeño para las ansias acumulativas que poseen a las mayorías.

Por eso urge una imposibilidad, la de declararnos saciados al menos en algo. Con suficiente bagaje como para alguna puesta en práctica de austeridades voluntarias. Renunciar libremente a cualquier cosa puede ser considerado como lo más satisfactorio, liberador y bello que puede hacer la voluntad sensible, la inteligencia creadora.

Lo que nos pasa es que ahora, para general desconrcierto, solo prospera una austeridad impuesta por los más insaciables, que es lo más triste, injusto y feo que puede sucederle tanto a un insaciable como a un austero.

Fuente: Joaquín Aráujo. Naturalista y escritor, Joaquín Araújo reflexiona sobre la belleza amenazada de nuestro pequeño hogar planetario.

C. Marco

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