La sociedad perfecta de Hugo Chávez

La sociedad perfecta de Hugo Chávez

Si uno está verdaderamente convencido de que existe una solución para todos los problemas humanos, de que uno es capaz de concebir una sociedad ideal a la cual el hombre puede acceder si tan solo hace lo necesario para alcanzarla, entonces mis seguidores y yo debemos creer que ningún precio es demasiado alto para abrir las puertas de semejante paraíso.” Isaiah Berlin, “Mensaje al Siglo XXI”.

Quizá esta cita resuma bien la idea central que hemos intentado transmitir en los últimos artículos dedicados a revolucionarios. Porque en última instancia es el nexo común a todos: la justificación de cualquier medio para alcanzar el fin supremo de la sociedad “perfecta”, que curiosamente siempre pasa por la necesidad de que unos pocos hagan un uso arbitrario y excluyente del poder.

Pero hay otros dos puntos más o menos comunes: el despertar a una injusticia patente y el deterioro psicológico del propio personaje, que se hace palpable en unas distorsiones cognitivas que le hacen vivir fuera de la realidad.

En 1989, un joven Mayor del Ejército Venezolano presenciaba con indignación creciente la represión violenta que el Presidente Carlos Andrés Pérez infligía, a través del Ejército, a los manifestantes del famoso Caracazo. Veía esa represión como lo que en verdad era: una injusticia, que costaba la vida a decenas de manifestantes pacíficos y posiblemente bienintencionados. Todo por el afán de conservar el poder de un presidente y de una casta social bastante corrupta.

Siete años antes, en 1982, había fundado el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, a un año de celebrarse el segundo centenario del nacimiento de Simón Bolívar. Su sueño era refundar la República de Venezuela, alejándola de la senda de corrupción en la que parecían inmersos los partidos tradicionales.

Finalmente, en 1992 lideraría un golpe de Estado militar contra ese mismo gobierno. Sin embargo, no obtuvo los apoyos suficientes y decidió rendirse. Aunque lo hizo de una forma que a más de uno llamaría la atención: mediante un comunicado en la televisión nacional, que había sido uno de los primeros emplazamientos “ocupados” por los golpistas. Y es que Hugo Chávez, en paralelo a su fulgurante ascenso en el escalafón militar, había ido cursando grados y másters en comunicación desde sus primeros años de carrera en el Ejército. Por afición quizá al principio, pero desde luego con una visión clara de su utilidad política desde que fundara el MBV200.

Su mensaje televisado tuvo tal impacto que, pese a pasar dos años en la cárcel, su popularidad alcanzó cotas a las que nunca consiguió aspirar Rafael Caldera, el mandatario que sucedió a Carlos Andrés Pérez cuando éste fue removido de la presidencia el 20 de mayo de 1993. El mito se ponía en marcha…

Caldera cometió una serie de errores que le impidieron llevarse el crédito de la caída de Pérez. Empezando por la corrupción. No sólo no ofreció al pueblo venezolano algo mejor que Pérez, sino que llegó a parecer una copia mala del anterior presidente. Con casi toda la población en contra, y tras la liberación de Chávez en 1994, era cuestión de tiempo que las cosas cambiaran.

En la campaña presidencial de 1999 Chávez capitalizó en votos el hartazgo de la sociedad con una clase política instalada en un sistema corrupto, y alcanzó por fin la Presidencia.

Imbuido por la gran misión de refundar la República, lo primero que hizo fue reformar la Constitución y convocar a unas nuevas elecciones para “relegitimar todos los poderes”. En esas nuevas elecciones, el Centro Carter monitoreaba los resultados; y fueron las primeras elecciones venezolanas en las que no pudo legitimar el resultado: falta de transparencia, presiones a organismos legislativos y posible amaño de votos. Eran las primeras elecciones con Chávez de presidente, y ya había una firme voluntad de no dejar que la realidad expresada en los votos de sus conciudadanos frenase el proyecto personal que su imaginación había concebido: la consecución del Estado perfecto.

La historia desde entonces es bien conocida: la polarización social más rápida vista en un país civilizado en los últimos años. Las manifestaciones más violentas que ha sufrido Venezuela desde el Caracazo. Huelgas indefinidas y generales durante más de 60 días. La mayor inseguridad ciudadana del mundo. Crisis energéticas que provocan caídas del PIB de casi dos dígitos. Además de continuos escándalos de la nueva casta bolivariana: cuentas opacas en España, detención de generales del ejército traficando drogas, encarcelación arbitraria de oponentes políticos, etc. Y, sobre todo, una escasez de alimentos básicos y de medicinas flagrante en un país con tanta riqueza natural.

Por eso uno de los episodios que más cerca estuvo de echar por tierra la imagen de Chávez fue el escándalo de la empresa estatal PDVAL, encargada de importar y distribuir la mayor parte de alimentos básicos del país. En 2010 se descubrió un stock de alimentos caducados de más de 130.000 toneladas (asesorados por políticos cubanos, los responsables de la empresa habían comprado en 2008 más alimentos de los que fueron capaces de distribuir). El sangrante precio de la ineficiencia y de la incompetencia.

El paraíso bolivariano preconizado por Chávez nunca fue, y desde luego hoy, con su sucesor al frente, más se parece a un infierno que a otra cosa. Pero entonces, ¿por qué siguió Chávez al frente del país pese a empeorar la vida de sus conciudadanos?

Quizá porque tuvo claro desde el principio dónde residía realmente el poder en una sociedad moderna: en el control de la opinión pública; en la propaganda sectaria. Además de cambiar la Constitución, la otra medida cuasi inmediata a su toma de poder en 1999 fue la emisión del primer “Aló Presidente”, que mantuvo siempre en antena salvo los dos días en que fue depuesto por el fallido golpe de Estado de 2002.

Sus constantes apariciones televisivas cumplían la doble función de mantener altos sus niveles de popularidad (era un orador con enorme empatía) y contrarrestar las informaciones de las cadenas privadas, con sesgo a favor de la oposición. Al plantear siempre los enfrentamientos de forma bipolar, como en la huelga indefinida de 2002-2003, generaba un escenario propio de los populismos y de las sectas: o estás conmigo o estás contra mí. La oposición (y sus medios afines) siguieron, es inevitable, su juego, facilitándole usar un argumento clásico: las informaciones en su contra eran simples manipulaciones de intereses extranjeros o capitalistas. Lo público (el pueblo) contra lo privado (empresas, agentes sociales independientes, EEUU…).

Chávez conseguiría mantenerse en el poder hasta su muerte, que llegó a ser utilizada para realimentar el mito del “santón” del pueblo. Es muy dudoso que nuestro personaje aceptase, ni siquiera en su interior, la creciente brecha entre la realidad vivida por su pueblo y sus ideas de sociedad perfecta. Porque precisamente esa es la dinámica más peligrosa en la que puede caer un personaje con responsabilidades públicas: confundir un noble ideal con una utopía irrealizable, confundir el deseo de servicio al bien común con la justificación de su propio mesianismo, y confundir la sociedad perfecta con los privilegios de su círculo familiar y de sus colaboradores más cercanos.

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Si uno está verdaderamente convencido de que existe una solución para todos los problemas humanos, de que uno es capaz de concebir una sociedad ideal a la cual el hombre puede acceder si tan solo hace lo necesario para alcanzarla, entonces mis seguidores y yo debemos creer que ningún precio es demasiado alto para abrir las puertas de semejante paraíso.” Isaiah Berlin, “Mensaje al Siglo XXI”.

Quizá esta cita resuma bien la idea central que hemos intentado transmitir en los últimos artículos dedicados a revolucionarios. Porque en última instancia es el nexo común a todos: la justificación de cualquier medio para alcanzar el fin supremo de la sociedad “perfecta”, que curiosamente siempre pasa por la necesidad de que unos pocos hagan un uso arbitrario y excluyente del poder.

Pero hay otros dos puntos más o menos comunes: el despertar a una injusticia patente y el deterioro psicológico del propio personaje, que se hace palpable en unas distorsiones cognitivas que le hacen vivir fuera de la realidad.

En 1989, un joven Mayor del Ejército Venezolano presenciaba con indignación creciente la represión violenta que el Presidente Carlos Andrés Pérez infligía, a través del Ejército, a los manifestantes del famoso Caracazo. Veía esa represión como lo que en verdad era: una injusticia, que costaba la vida a decenas de manifestantes pacíficos y posiblemente bienintencionados. Todo por el afán de conservar el poder de un presidente y de una casta social bastante corrupta.

Siete años antes, en 1982, había fundado el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, a un año de celebrarse el segundo centenario del nacimiento de Simón Bolívar. Su sueño era refundar la República de Venezuela, alejándola de la senda de corrupción en la que parecían inmersos los partidos tradicionales.

Finalmente, en 1992 lideraría un golpe de Estado militar contra ese mismo gobierno. Sin embargo, no obtuvo los apoyos suficientes y decidió rendirse. Aunque lo hizo de una forma que a más de uno llamaría la atención: mediante un comunicado en la televisión nacional, que había sido uno de los primeros emplazamientos “ocupados” por los golpistas. Y es que Hugo Chávez, en paralelo a su fulgurante ascenso en el escalafón militar, había ido cursando grados y másters en comunicación desde sus primeros años de carrera en el Ejército. Por afición quizá al principio, pero desde luego con una visión clara de su utilidad política desde que fundara el MBV200.

Su mensaje televisado tuvo tal impacto que, pese a pasar dos años en la cárcel, su popularidad alcanzó cotas a las que nunca consiguió aspirar Rafael Caldera, el mandatario que sucedió a Carlos Andrés Pérez cuando éste fue removido de la presidencia el 20 de mayo de 1993. El mito se ponía en marcha…

Caldera cometió una serie de errores que le impidieron llevarse el crédito de la caída de Pérez. Empezando por la corrupción. No sólo no ofreció al pueblo venezolano algo mejor que Pérez, sino que llegó a parecer una copia mala del anterior presidente. Con casi toda la población en contra, y tras la liberación de Chávez en 1994, era cuestión de tiempo que las cosas cambiaran.

En la campaña presidencial de 1999 Chávez capitalizó en votos el hartazgo de la sociedad con una clase política instalada en un sistema corrupto, y alcanzó por fin la Presidencia.

Imbuido por la gran misión de refundar la República, lo primero que hizo fue reformar la Constitución y convocar a unas nuevas elecciones para “relegitimar todos los poderes”. En esas nuevas elecciones, el Centro Carter monitoreaba los resultados; y fueron las primeras elecciones venezolanas en las que no pudo legitimar el resultado: falta de transparencia, presiones a organismos legislativos y posible amaño de votos. Eran las primeras elecciones con Chávez de presidente, y ya había una firme voluntad de no dejar que la realidad expresada en los votos de sus conciudadanos frenase el proyecto personal que su imaginación había concebido: la consecución del Estado perfecto.

La historia desde entonces es bien conocida: la polarización social más rápida vista en un país civilizado en los últimos años. Las manifestaciones más violentas que ha sufrido Venezuela desde el Caracazo. Huelgas indefinidas y generales durante más de 60 días. La mayor inseguridad ciudadana del mundo. Crisis energéticas que provocan caídas del PIB de casi dos dígitos. Además de continuos escándalos de la nueva casta bolivariana: cuentas opacas en España, detención de generales del ejército traficando drogas, encarcelación arbitraria de oponentes políticos, etc. Y, sobre todo, una escasez de alimentos básicos y de medicinas flagrante en un país con tanta riqueza natural.

Por eso uno de los episodios que más cerca estuvo de echar por tierra la imagen de Chávez fue el escándalo de la empresa estatal PDVAL, encargada de importar y distribuir la mayor parte de alimentos básicos del país. En 2010 se descubrió un stock de alimentos caducados de más de 130.000 toneladas (asesorados por políticos cubanos, los responsables de la empresa habían comprado en 2008 más alimentos de los que fueron capaces de distribuir). El sangrante precio de la ineficiencia y de la incompetencia.

El paraíso bolivariano preconizado por Chávez nunca fue, y desde luego hoy, con su sucesor al frente, más se parece a un infierno que a otra cosa. Pero entonces, ¿por qué siguió Chávez al frente del país pese a empeorar la vida de sus conciudadanos?

Quizá porque tuvo claro desde el principio dónde residía realmente el poder en una sociedad moderna: en el control de la opinión pública; en la propaganda sectaria. Además de cambiar la Constitución, la otra medida cuasi inmediata a su toma de poder en 1999 fue la emisión del primer “Aló Presidente”, que mantuvo siempre en antena salvo los dos días en que fue depuesto por el fallido golpe de Estado de 2002.

Sus constantes apariciones televisivas cumplían la doble función de mantener altos sus niveles de popularidad (era un orador con enorme empatía) y contrarrestar las informaciones de las cadenas privadas, con sesgo a favor de la oposición. Al plantear siempre los enfrentamientos de forma bipolar, como en la huelga indefinida de 2002-2003, generaba un escenario propio de los populismos y de las sectas: o estás conmigo o estás contra mí. La oposición (y sus medios afines) siguieron, es inevitable, su juego, facilitándole usar un argumento clásico: las informaciones en su contra eran simples manipulaciones de intereses extranjeros o capitalistas. Lo público (el pueblo) contra lo privado (empresas, agentes sociales independientes, EEUU…).

Chávez conseguiría mantenerse en el poder hasta su muerte, que llegó a ser utilizada para realimentar el mito del “santón” del pueblo. Es muy dudoso que nuestro personaje aceptase, ni siquiera en su interior, la creciente brecha entre la realidad vivida por su pueblo y sus ideas de sociedad perfecta. Porque precisamente esa es la dinámica más peligrosa en la que puede caer un personaje con responsabilidades públicas: confundir un noble ideal con una utopía irrealizable, confundir el deseo de servicio al bien común con la justificación de su propio mesianismo, y confundir la sociedad perfecta con los privilegios de su círculo familiar y de sus colaboradores más cercanos.

Autor:

C. Marco

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