Tropezando con la felicidad

Nuestra imaginación se deja muchos detalles fuera. Por eso, es muy difícil ponerse en los pies del otro (o en sus ruedas), y a veces podemos pensar que su vida no es feliz, cuando de hecho sí lo es.

Dan Gilbert hablando sobre felicidad -- foto de www.dustinkirk.com

Dan Gilbert hablando sobre felicidad

Hace algún tiempo, en otro blog, cuando yo aún era inocente y el precio de los pisos siempre subía, comenté que muchas preguntas y apreciaciones tontas que me han hecho mil veces respecto de mi cascadez se reducen a una que siempre repite con sarcasmo mi amigo Osvaldo:

Eres un canto a la vida.

Explicaba también que, en su formato más largo, la gente quiere decir algo más o menos como:

Tu cascadez es una desgracia tan terrible y espeluznante que no cabe en mi limitada mente humana cómo has conseguido no deprimirte en el pozo más negro de llanto y destrucción para acabar cortándote las venas en tu horrible silla de ruedas de la muerte y de Satán.

Bueno, pues nada… si no te imaginas cómo, no sólo no me he suicidado entre sollozos, sino que además me va bastante bien en la vida, puede deberse a tres posibles motivos ( razonaba yo impecablemente):

  • No has pensado ni dos minutos en el tema.
  • Eres idiota.
  • Los dos anteriores.

Conoces a un montón de personas que son ejemplos vivientes de que los problemas los humanos los superamos con bastante facilidad (somos todos supervivientes); ejemplos de personas que, a pesar de la pobreza, la muerte de un ser querido, la incultura, la enfermedad, han hecho una vida plena y feliz y ¿aún te sorprende ver otro ejemplo más? ¿Cuántos ejemplos necesitas para dejar de sorprendente? ¿Siete mil millones?

Siguendo con las preguntas retóricas, proseguía yo:

¿O quizás lo que ocurre es que sabes, como sabemos todos, que la mayor parte de las cosas que consideras “problemas” en tu vida son en realidad tonterías, y entonces cuando ves un problema de verdad te das un toque de atención a ti mismo? Quizás tu sorpresa es un apunte mental: “No preocuparme todo el día como un imbécil porque no me llega para irme de vacaciones este año a Tailandia“.

Si es eso, te voy a contar ‘un secreto‘: yo, en mi espeluznante estado retronil, también me preocupo por tonterías, todo el mundo lo hace, es inevitable. Aunque no te lo creas, no estoy preocupándome todo el día por mi cascadez, y ¿sabes por qué? Va venga, otro secreto: porque se me olvida que soy cascao.

Hasta que tú me lo recuerdas diciendo que soy un “canto a la vida“.

Los humanos nos acostumbramos a todo, y si aún no te has dado cuenta, puede deberse a tres posibles motivos (quizás te suenen [ decía yo con retintín]):

  • No has pensado ni dos minutos en el tema.
  • Eres idiota.
  • Los dos anteriores.

Así que la próxima vez que vayas a decir a un cascao (al que incluso es posible que le vaya mejor que a ti) que es “un canto a la vida“, que “lo admiras“, que es un “luchador“, un “campeón“, o que “no te imaginas cómo ha salido adelante“, para un momento, piensa dos minutos, y no dejes abierta la posibilidad de que imagine que te mueve el segundo o el tercer motivo en la lista anterior.

Concluía yo contundentemente.

Más recientemente, he empezado a a leer el libro “Stumbling on happiness” (algo así como “Tropezando con la felicidad“) del psicólogo Daniel Gilbert. Un libro que recomiendo vehementemente y cuyo tema principal pivota en torno a lo muchísimo que nos equivocamos cuando intentamos imaginar nuestros sentimientos ante posibles situaciones vitales en el futuro.

En el capítulo 5 hay dos párrafos muy claros y muy bien escritos en los que Gilbert demuestra que él puede decir cosas inteligentes y relevantes, con datos y sin faltar.

A diferencia de otras personas.

Compare el lector y regocíjese no sólo en la diferencia de estilos, sino también en la coincidencia de contenidos:

Es difícil escapar del foco de nuestra propia atención —difícil considerar lo que quizás no estemos considerando— y ésta es una de las razones por las cuales tan a menudo predecimos erróneamente nuestras respuestas emocionales a eventos futuros. Por ejemplo, la mayoría de los estadounidenses puede ser clasificados en una de dos categorías: la de aquellos que viven en California y están felices por ello, y la de los que no viven en California pero creen que serían felices si viviesen allí. Sin embargo, los estudios demuestran que los californianos no son de hecho más felices que los demás estadounidenses —¿entonces por qué todo el mundo (incluidos los californianos) piensa que sí lo son? California tiene algunos de los más bellos paisajes y parte del mejor clima de todo Estados Unidos continental y, cuando los no californianos oyen la palabra mágica, su imaginación instantáneamente produce imágenes de playas soleadas y coníferas gigantes. Pero, aunque Los Angeles tiene mejor clima que Columbus (Ohio), el clima es sólo una entre las muchas cosas que determinan la felicidad de una persona —y sin embargo todas esas otras cosas están ausentes de la imagen mental. Si añadiésemos algunos de estos detalles omitidos a nuestra imagen mental de playas y palmeras —digamos, tráfico, supermercados, aeropuertos, equipos deportivos, el precio de la televisión por cable, el coste de la vivienda, los terremotos, los corrimientos de tierra, etc.—, entonces podríamos reconocer que L.A. le gana a Columbus en algunos aspectos (mejor clima) y Columbus le gana a L.A. en otros (menos tráfico). Pensamos que los californianos son más felices que los ohioanos porque imaginamos California con poquísimos detalles —y no barajamos la posibilidad de que los detalles que nos dejamos fuera puedan alterar drásticamente las conclusiones de nuestra predicción.

La tendencia que nos lleva a sobrestimar la felicidad de los californianos también provoca que subestimemos la felicidad de personas con enfermedades crónicas o discapacidades. Por ejemplo, cuando las personas que pueden ver imaginan cómo sería ser ciego, parecen olvidar que la ceguera no es un trabajo a tiempo completo. Las personas ciegas no pueden ver, pero llevan a cabo la mayoría de las actividades que llevan a cabo aquellos que sí pueden ver —van a picnics, pagan sus impuestos, escuchan música, pierden tiempo en atascos— y son por lo tanto igual de felices. No pueden hacer todo lo que hace la gente que puede ver, los cuales tampoco pueden hacer todo lo que un ciego puede hacer, y por ello las vidas de unos y de otros no son idénticas. Pero sea como sea la vida de una persona ciega, va de mucho más que de su ceguera. Y sin embargo, cuando las personas que pueden ver imaginan cómo sería ser ciego, no imaginan todas las otras cosas que puede haber en dicha vida, prediciendo así erróneamente cuan satisfactoria dicha vida puede ser.

Todo esto tiene mucho que ver también con el último otras voces de Manuel Calvillo, claro.

C. Marco

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s