Cuando el Comandante de hielo lloró en la Luna

Se cumple el 45 aniversario de la misión Apolo 14, una misión que personalmente considero especial por varias razones, pero principalmente creo que lo es a causa de la persona que la comandó: Alan Shepard.

El vuelo del Apolo 14 estuvo salpicado de incidentes de relevancia cuya resolución demandó una enorme entrega por parte tanto de los grupos de apoyo en tierra como de la tripulación, compuesta por Alan Shepard, comandante; Stuart Roosa, piloto del módulo de mando; y Edgar Mitchell, piloto del módulo lunar.

Tripulación del Apolo 14. De izquierda a derecha: Stuart Roosa, Alan Shepard, Edgar Mitchell. Fuente: NASA.

El primero de los incidentes surgió justo después de ser impulsados hacia la Luna; Sturat Roosa debía entonces atracar el módulo de mando y servicio con el módulo lunar, alojado entre ellos y la tercera etapa del cohete Saturno V que los acababa de inyectar en la trayectoria translunar. Aquella maniobra nunca había sido problemática antes; sin embargo, en esta ocasión se precisaron hasta siete intentos para acoplar ambas naves.

Durante aquel episodio, Shepard llegó incluso a proponer que él mismo podría salir de la nave, situarse entre ambos módulos y acoplar manualmente el mecanismo de atraque. La idea fue descartada por arriesgada y porque nada semejante había sido considerado ni entrenado nunca. Pero aquello fue una muestra del imparable deseo de Shepard por pisar la Luna; después de los años de inactividad forzosa y de frustración personal que había vivido, todos sabían que haría cualquier cosa para conseguirlo.

Finalmente, el atraque fue posible; pero, mientras se dirigían a la Luna, la duda rondó las mentes de los expertos en Houston: el mecanismo podría volver a fallar cuando la tripulación tuviera que acoplarse de nuevo al módulo de mando después de su ascenso desde la Luna. Mientras en tierra se revisaba todo lo concerniente al sistema de atraque, un cada vez más tenso Alan Shepard veía que su sueño podía verse ahora frustrado por aquel mecanismo si Houston no daba su visto bueno para alunizar.

Habían transcurrido diez años desde su primer y único vuelo espacial. Alan Shepard había sido seleccionado entre los siete astronautas del primer programa espacial tripulado americano: el programa Mercury. Cuando fueron elegidos, todos supieron que él era el hombre a batir para conseguir el primer vuelo. De temperamento altamente competitivo, nada podía parar a aquel ambicioso oficial de la Marina con una carrera estelar, piloto en portaaviones y graduado por la Escuela de Pilotos de Prueba de la Marina en Patuxent River.

Como casi nadie dudaba, Alan Shepard fue seleccionado para volar la primera misión del programa Mercury, gozando de grandes posibilidades de convertirse en el primer ser humano en el espacio, pero Yuri Gagarin se le adelantó por 23 días. Con quince minutos de vuelo suborbital, Shepard hubo de contentarse con ser el primer americano en el espacio. Habría querido mucho más, ser el primer ser humano ahí arriba y realizar un vuelo orbital completo, pero confiaba en ser el primero en comandar una nave Gemini, en volar la primera misión Apolo como comandante y, claro que sí, sería el primer ser humano en pisar la Luna.

Alan Shepard dentro de la cápsula Freedom 7 del programa Mercury antes de volar al espacio en 1961. Fuente: NASA.

Shepard fue, efectivamente, designado para comandar la primera nave del programa Gemini; todo parecía presagiarse a su favor, pero fue precisamente en ese tiempo cuando todo se torció de repente para él. Sin razón alguna, comenzó a sentir mareos esporádicos, cada vez con mayor frecuencia, hasta que fue imposible ocultarlos. A principios de 1964, Shepard fue diagnosticado con el síndrome de Ménière, una enfermedad del oído interno que venía acompañada de episodios de vértigo y desorientación, síntomas que significarían su muerte en el aire o en el espacio. Fue privado de volar, y aquello era lo peor que podía sucederle. Ahora, desde su posición como Jefe de la Oficina de Astronautas, tuvo que ver cómo otros eran enviados al espacio y a la Luna en lugar de él.

Su carácter variaba entre afable y extremadamente duro, decantándose más hacia lo segundo después del accidente del Apolo 1 en 1967, donde sus compañeros y amigos Grissom, White y Chaffee perdieron la vida durante un ensayo en tierra. Fue en ese tiempo de decepción personal y profesional, de impotencia y de frustraciones acumuladas, cuando Alan Shepard comenzó a ser fácilmente irritable e intransigente ante el más mínimo error, un cambio de carácter que le valió el sobrenombre de ‘comandante de hielo’.

En 1969, sin embargo, el cielo y el espacio se abrieron de nuevo para él. Tras cinco años de derrota personal, una innovadora cirugía resolvió su enfermedad y le hizo recuperar su condición de piloto y astronauta. El comandante de hielo era ahora candidato para volar a la Luna y no estaba dispuesto a esperar su turno, quería el siguiente vuelo disponible: el Apolo 13; pero no le fue condedido.

Habían sido muchos años sin volar. Se había perdido muchas cosas; ni siquiera había estado en una tripulación suplente como todos, y debía ponerse al día de nuevos procedimientos y de las complejas naves del programa Apolo. A pesar de todo, su antigüedad y estatus como primer americano en el espacio le otorgaban un puesto privilegiado en el orden jerárquico en el cuerpo de astronautas, un orden que era entendido por todos. Su misión sería, afortunadamente para él, la del Apolo 14.

Alan Shepard antes del lanzamiento del Apolo 14. Fuente: NASA.

Houston les había dado luz verde. Después de revisar todo lo concerniente al mecanismo de atraque, se consideró que no había indicios para pensar que fuera a fallar de nuevo. Pero ahora otro problema se presentaba ante ellos. Poco después de activar el módulo lunar Antares, ya en órbita alrededor de la Luna, pudieron comprobar que el botón de abortar estaba encendido.

Golpear en el panel al lado del botón hacía que su luz se apagara, pero solo para volver a encenderse poco después. El módulo lunar Antares, tripulado por Alan Shepard y Edgar Mitchell, estaba próximo a iniciar el descenso hacia la Luna. Cuando se encontrara más tarde a unos 450 km del objetivo y a unos 15 km de altitud, comenzarían el descenso propulsado hasta posarse en la superficie. Si aquella luz estaba encendida entonces o se encendía durante esa fase, la computadora abortaría el descenso. En tierra debían diseñar y probar un procedimiento para sortear aquella lógica y prevenir abortar un alunizaje a causa de un contacto eléctrico defectuoso.

Don Eyles.

Aquella genialidad la llevó a cabo Don Eyles desde el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Un oficial de las Fuerzas Aéreas golpeó la puerta de su apartamento cerca de Boston; eran las 2:00 a.m., y el joven programador de la computadora del módulo lunar tenía una hora y media para realizar aquella proeza; se puso un abrigo sobre el pijama y fue llevado al laboratorio. Al cabo de una hora, Don Eyles había dado con la solución. El procedimiento fue transmitido a Houston, donde fue probado con éxito en un simulador antes de ser comunicado a Edgar Mitchell, quien habría de introducir a mano todas aquellas instrucciones en la computadora de a bordo.

Antares reaparecía en el horizonte lunar, momento en el que las comunicaciones con la Tierra volvían a restablecerse. El descenso propulsado se iniciaría en esa revolución y Ed Mitchell no podía cometer ningún error implementando la solución de Don Eyles; tenían poco tiempo. Afortunadamente, Ed Mitchell era un profundo conocedor de los entresijos de la computadora, y entendía perfectamente la lógica del procedimiento, cuya introducción logró completar cuando faltaban tan solo 17 minutos para alcanzar ese límite a partir del que todo podía echarse a perder.

El motor de descenso se encendía de nuevo, esta vez para no apagarse hasta que Antares se posara sobre la Luna doce minutos y medio después. Se iniciaba así el descenso propulsado, y la computadora tomaba el control de la nave para guiarla hasta un punto cerca de la superficie en el que Alan Shepard asumiría su control manual para alunizar en el lugar que juzgara adecuado sobre el terreno; hasta entonces, el margen de error posible era tan extremadamente pequeño que solo la lógica de guiado de la computadora podía volar aquella fase con garantía de éxito.

El descenso propulsado se estaba desarrollando satisfactoriamente y ahora Ed Mitchell se disponía a activar el radar de alunizaje para que este midiera de forma directa la altitud y la velocidad del módulo lunar respecto del terreno que sobrevolaban. Estas medidas debían ser procesadas por la computadora, y sin ellas el alunizaje sería imposible ya que el error con el que operaría la lógica de guiado sería demasiado grande. Se encontraban a 12 km de altitud estimada, pero el radar aún no mostraba medidas. En otros vuelos lo había hecho por encima de los 12 km, lo podía hacer a los 15 km, y debería mostrarlas por encima de los 9 km según estaba diseñado; pero la altitud descendió hasta los 10 km…, los 9 km…, y el radar seguía sin responder.

Módulo lunar Antares del Apolo 14 con Alan Shepard y Edagr Mitchell a bordo antes de iniciar su descenso a la Luna. Fuente: NASA.

El control de la misión bullía tratando de saber qué estaba sucediendo. Tal era la relevancia de este instrumento que una de las normas de la misión, la 5-89, dictaba que el descenso debería abortarse si el radar de alunizaje no funcionaba a los 3 km de altitud estimada. Ahora, los que conocían a Alan Shepard, los directores de vuelo y sus compañeros astronautas que seguían la misión desde la sala de control en Houston, temían que su amigo desobedeciera aquella norma.

Proseguían el descenso, 8 km, y aún sin radar. La situación era absolutamente anómala “Vamos, radar; vamos, radar” le hablaba Edgar Mitchell al panel donde las luces de altitud y velocidad seguían encendidas, lo que significaba que aún no se registraban medidas. Fue entonces cuando el mismo Edgar Mitchell se preguntó si Shepard desobedecería aquella norma. El comandante de hielo, en efecto, así lo estaba considerando. Pensaba que, en ocasiones, algunas normas se establecían con cierta arbitrariedad y comenzaba a pensar que tal vez más adelante en el descenso llegarían a un punto en el que la visibilidad podría permitir intentar alunizar manualmente…; 7 km, y aún sin noticias del radar.

En la sala de control en Houston nadie dudaba de que lo intentaría, pero el margen era muy ajustado; todos sabían que en algún momento se quedaría sin combustible y se vería obligado a abortar igualmente, todo si en su empeño no cometía un error que acabara con sus vidas ya que semejante escenario nunca había sido entrenado. En última instancia, Alan Shepard era el comandante, nadie podría impedirle que violara una norma de la misión, y Edgar Mitchell no desacataría la decisión de su comandante a pesar de poder no compartirla. Fue entonces cuando Houston les transmitió una acción que cambiaría sus suertes “Antares, Houston, nos gustaría que cerrarais y abrierais el interruptor del radar de alunizaje”.

El radar debería haber estado operando en su rango largo pero, por alguna razón, lo estaba haciendo en el rango corto, un modo en el que debería operar más adelante. Apagarlo y encenderlo fue todo lo necesario para que reciclara su funcionamiento en el modo correcto. La computadora comenzó a procesar señales válidas del radar a 5,5 km de altitud; “¡whew, ha estado cerca!”, exclamó Edgar Mitchell con alivio.

Efectivamente, habían estado muy cerca de tener que afrontar un momento crítico. A partir de ahí, el alunizaje se produjo al fin sin incidentes. Una vez el módulo lunar fue asegurado, en el primer momento de tranquilidad después de aquella odisea, un Edgar Mitchell intrigado preguntó a Shepard qué habría hecho si el radar de alunizaje no hubiera funcionado. El comandante de hielo lo miró “Ed, nunca lo sabrás”. Una vez acabada la misión, ya en Houston, Alan Shepard confirmó al director de vuelo Gerry Griffin lo que todos habían sospechado. Le reveló que habría desobedecido la norma y que su intención era continuar el descenso sin el radar “había llegado demasiado lejos como para abandonar la Luna”.

“Ha sido un largo camino, pero estamos aquí”, esas fueron las palabras de Shepard al poner su pie en aquel otro mundo que solo otros cuatro seres humanos habían pisado antes que él. Todos sabían lo que querían decir. Aquel fue un momento emotivo para él, un ansiado logro tras años de frustración después de haber alcanzado un profundo valle habiendo comenzado su camino desde la cima. Mientras se concedía unos instantes para saborear aquella victoria personal, Shepard dirigió su mirada a la Tierra, dos tercios iluminada por el Sol, ahí arriba, reflexionó, “frágil y finita”, “allí se encontraban todos mis seres queridos”; “hacía poco tiempo que lo había perdido todo, y ahora estaba en la Luna”… fue entonces cuando su tensión comenzó a disiparse, cuando su hielo comenzó a derretirse, fue entonces, allí, en la Luna, cuando el Comandante de Hielo lloró, y Alan Shepard sintió sus lágrimas correr por sus mejillas.

Alan Shepard en la Luna. Fuente: NASA.

 

Fuente: Eduardo García Llama. El físico e ingeniero en operaciones espaciales Eduardo García Llama nos cuenta los progresos del ser humano en el espacio y sus propias experiencias desde el Centro Espacial Johnson de la NASA en Houston, lugar en el que trabaja desde hace más de una década.

C. Marco

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s