La conquista histórica del amor y los Maestros Boleros de Fuente Álamo

Una pareja se besa bajo un puente de una ciudad.

Desde 1500 hasta 1789 la Iglesia y el Estado colaboran para imponer un estrecho orden moral, aunque queden fuera de control o se permitan a un Don Juan, Casanova o al marqués de Sade.

A mediados del XVII se estableció un índice de matrimonios que determinaba el partido correspondiente, según la cantidad de la dote se tenía derecho a un dependiente o a un marqués. Matrimonios por conveniencia que menospreciaban los sentimientos, aunque también había cónyuges enamorados ¡Desde luego!

En el teatro de Molière aparecen hijos que luchan contra sus padres porque quieren tener derecho a casarse libremente. Las clases más pobres pensaban más en el amor y en la atracción física, casándose más tarde porque trataban de mejorar con sacrificio su situación económica, obtener algo de tierra para que la pareja campesina alcanzase una cierta autonomía económica.

En la Italia del siglo XVI se castigaba con prisión el adulterio, cosa que no se hacía en la Edad Media. Se azotaba a las mujeres culpables y se las rapaba. Se condenaba a muerte a quienes besaban en público a una mujer casada en Nápoles, principios del XVII. No quedaban atrás en Inglaterra, que condenaban a muerte a las adúlteras, no a los hombres, claro.

Los campesinos se acariciaban en el heno. Si en Normandía los jóvenes esperaban al día de la boda para acostarse, en otras regiones como los Pirineos o en Champaña reinaba una gran libertad sexual, viviendo experiencias prematrimoniales. Para el historiador Jacques Solé existía más libertad en los matrimonios campesinos que entre los burgueses y aristócratas. El problema es que se guardan los libros de contabilidad y se destruyen las cartas de amor.

La sexualidad, tan reprimida, aparece en numerosos desnudos en el arte, una vía de escape, aunque en el caso del Bosco se trata de una forma de condena como apreciamos en El jardín de las delicias o El carro del heno, decenas de cuerpos desnudos en suplicios infernales. Toda una condena porque ve en el sexo las raíces del mal absoluto, la acechanza del diablo. El cuerpo está destinado a ser alimento de los gusanos, pero la Iglesia y el Estado, que consiguieron controlar al pueblo, no pudo con un sector libertino de la nobleza que en sus fiestas exaltan la libertad sexual y el adulterio.

Pintura histórica: El Jardín de las Delicias

Pintura histórica: El Carro del Heno

Hacía la igualdad:

Esto acabará con la Revolución Francesa. Rousseau escribe que una mujer no debe de obedecer el deseo de su marido, si hay consentimiento para casarse lo debe haber para separarse, adquiriendo legitimidad el divorcio por mediación de los filósofos de la Ilustración. En la legislación revolucionaria el matrimonio es laico y la mujer goza de los mismos derechos que el hombre, aunque esto se pierde con la radicalización de la propia Revolución Francesa. Pero la siembra estaba hecha porque el divorcio, instaurado en Francia en 1792, es suprimido en 1816, pero se restablece en 1884.

El siglo XIX es el triunfo del Romanticismo y de la generalización del uso del confesionario en los que se atacan los escotes, el pelo suelto, la masturbación, los bailes y las actitudes indecorosas de las romerías. Pero a finales de siglo se produce un gran avance en la sexualidad conyugal porque se comienza a tener en cuenta el placer femenino. Algunos médicos aconsejan a los maridos ternura y la pareja se erotiza. Ya en el siglo XX el amor se va convirtiendo en el cimiento de la pareja y el matrimonio por conveniencia parece vergonzoso. Entre 1900 y 1950 se envían infinidad de postales de amor, que suelen representar a una pareja en un decorado bucólico, mirándose a los ojos, embriagados. El cine y las novelas populares van a contribuir a fortalecer el género.

La gente se conoce en el trabajo, en las fiestas o en la boda de la prima. Ellas se exhiben con sus mejores galas o sus mejores bailes.

En nuestra comarca cartagenera, los padres pagaban a los maestros boleros, los más conocidos son los de Fuente Álamo, para que enseñaran a domicilio a sus hijas el bolero, las malagueñas y las sevillanas boleras. De esa manera se distinguían del resto, que solamente sabían las jotas y las malagueñas más sencillas. Una manera de cotizarse en el marcado amoroso y sacar mejor partido. Pero en los hogares escasea la educación sexual, a lo más se les dice a ellas que desconfíen de los hombres y a ellos que lleven cuidado con las mujeres de mala vida. La preocupación por esa dimensión educativa vendrá en Europa, en los años 60 y en España más tarde.

La libertad:

Ganan terreno las caricias preliminares, el sexo oral y las mujeres visten faldas cortas y enseñan las piernas. Todo avanza hacía la revolución sexual de los años 60 y 70, en las que, entre los jóvenes, se separa el sexo y el amor. La sexualidad se convierte en una experiencia obligatoria, el derecho de todos al deseo, teniendo como faro a Freud y sobre todo a Wilhem Reich con quien el orgasmo es una virtud hedonista y un acto político para la extrema izquierda universitaria y los hippies: ¡Erección, insurrección! La ilusión comunista del gran lecho comunitario, ideas cristianas radicales que enloquecieron, según Chesterton.

Las cosas se reposaron y lo que quedó fue la píldora y otros métodos anticonceptivos, el divorcio y que padre y madre comparten el estatus de jefes de la familia. Y sobre todo la libertad para amar que nuestros antepasados no tuvieron, pero eso exige un trabajo personal porque el amor no es fácil.

Fuente: JOSÉ SÁNCHEZ CONESA

C. Marco

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