El precio de la Libertad

Todo el mundo habla de ser libre en algún momento de su vida. De poder elegir y decidir qué hacer en cada uno de los pasos que debe dar para llegar a dónde quiere. Ser libre para escoger a qué dedicar tu vida sin estar sometido a cumplir los sueños ajenos o las oportunidades de mercado, a malgastar sus días haciendo algo que no le llena… Ser libre para abandonar un lugar donde no nos sentimos cómodos o dejar una compañía que nos intoxica. Ser libre para cerrar la puerta a envidias, rabias, rencillas, mentes retorcidas y personajes movidos por el odio y la intolerancia.

Muchas veces, decimos, en voz alta y de forma solemne, que no somos libres porque no podemos, porque no nos dejan…  Seguramente, en algunos casos sea bastante cierto, hay lugares del mundo donde uno no puede escoger, aunque en la mayoría de ocasiones, ser libre implica dejar cierta comodidad. Implica salir del decorado y dar un paso en falso que no sabes a dónde te conduce, aunque tenga el valor de ser “tu paso”, tu decisión, tu voluntad.

Duele al decirlo así porque, demasiado a menudo, nos pasamos los días soñando con salir de una situación que nos coarta o nos araña por dentro, que nos recorta las oportunidades y las ilusiones y nos deja tan asqueados que no tenemos fuerzas para disentir… Aunque estar en ella nos hace sentir cómodos. Es una comodidad dentro del hastío, una mezcla entre pereza y miedo que se nos impregna en el cuerpo y no nos deja ni siquiera sentir qué queremos. Todos generamos rutinas que nos hacen más fácil el día a día, incluso en el destierro, en el desconcierto, en el dolor. Creamos hábitos, algunos con sentido y otros no, y luego es difícil dejarlos… Recuerdo una persona, hace tiempo, que me contaba que tras tres largos años visitando a su madre en el hospital día tras día, cuando ésta falleció, tenía la necesidad de acercarse allí de vez en cuando porque aquel lugar formaba parte de su vida y se había metido tanto dentro de su esencia que la hacía sentir arropada y tranquila. Tejemos complicidad con lo que machaca, lo que nos lacera… Es una especie de síndrome de Estocolmo con nuestro propio asco e incapacidad para vencer esas rutinas, auspiciado por un miedo atroz a cortar el cordón umbilical con lo que ya conocemos, con lo que ya hemos aprendido a soportar… Una forma de conformarse con una vida mediocre para no correr el riesgo de caer y quedar al margen de esta sociedad donde la autenticidad es vista a veces como una distorsión y sometida a una monotonía asfixiante.

Cuando algo es rutina, aunque duela, se sobrelleva y aguanta porque encontramos los trucos para que no nos salpiquen demasiado sus consecuencias. Suplicamos que eso cambie, lo imaginamos, lo visualizamos mil veces pero tal vez no hacemos nada para conseguirlo. No hurgamos en la terca realidad para encontrar los resquicios ni buscamos alternativas… No nos aferramos a las oportunidades que surgen para abandonar esa situación, no nos las inventamos… Vivimos de la ilusión de ser distintos y afrontar ese momento, aunque en realidad, nunca llega porque no nos damos permiso. Y no llega porque no lo propiciamos, porque no hacemos nada hoy que no hiciéramos ayer y, en consecuencia, no cambia nada. Caminamos por los mismos lugares y pensamos las mismas cosas. Nos repetimos los mismos mensajes y tarareamos las mismas canciones… Miramos a los árboles del mismo parque… Crecen las hojas, verdean, amarillean, caen y son barridas del suelo… Incluso los pequeños cambios de nuestras vidas están calculados para contrarrestar esas fuerzas de la naturaleza que invitan a que todo mute… Para que todo dé la vuelta y nada cambie, nada perturbe ese devenir calculado de horas y días donde nada evita la rutina. Para vivir por inercia y sin substancia.

Sin embargo, luego mentamos la libertad como algo  precioso. Como un logro que no todos pueden alcanzar ni tener a su alcance… Pero no luchamos por ella, no nos movemos un milímetro de la posición inicial por tocar uno de sus vértices ni acariciarla siquiera. Nos gusta nombrarla y pensar en ella, nos gusta imaginar que corremos hacia ella y nos llena la vida… Nos recreamos pensando que un día será nuestra, que estaremos preparados para alcanzarla y manejarla… Que tendremos el valor de aferrarnos a ella y vivir según sus normas…

¿Normas? Pocas… Siempre he pensado que la libertad igual que la felicidad es un estado mental, una actitud, una forma de tomarse la vida. Todos podemos ser libres ahora mismo, aunque no todos estamos dispuestos a pagar el peaje que supone serlo. No todos hemos llegado a ese punto en que nos importa más dictar nuestras propias normas que estar cómodos… No todos asumimos escoger hoy la salud y salir del lugar viciado o dejar una relación dañina a cambio de no saber qué pasará mañana y abandonar un rincón mullido o una rutina asfixiante pero extrañamente cómoda.

Ser libre es asumir las consecuencias de esa libertad. Escuchar tu estómago y tu intuición. Dejarse llevar un poco por el olfato y confiar en que el diálogo entre nuestros dos hemisferios cerebrales sean válido. Es acatar que tal vez la libertad te supone dejar las corazas, los privilegios, la prebendas y los impermeables imaginarios que nos permiten vivir sin mojarnos, ni mancharnos ni quejarse, ni opinar, ni disentir…

Ser libre es ser consecuente con tus palabras y tus actos y no esconderse tras nada, ni nadie cuando hace frío y amenaza tormenta. No salir corriendo para buscar todos esos lugares cotidianos donde estar a cubierto a esperar que amaine, donde estar calentito y callado sin rechistar para no perder privilegios.

Para ser libre hay que estar dispuesto a caminar por la cuerda floja sin más red que el propio entusiasmo y el ingenio para hacer equilibrios.

Ser libre es abrazar la incertidumbre y ser descaradamente vulnerable ante el mundo y descubrir que no te importa… Someterse al propio criterio y confiar en tu talento para encontrar las respuestas a las nuevas preguntas…

Los que deciden no ser libres siempre tienen esas respuestas preparadas porque sus preguntas raramente cambian.

Ser libre es asumir la aventura de que todo salga mal y tengas que arreglarlo sobre la marcha. Confiar en lo que vas a aprender en cada tramo del camino y en ti mismo…

Ser libre es confiar en ti y saber que pase lo que pase sabrás cómo solucionarlo y, si no sabes, encontrarás la manera de darle la vuelta.

La libertad es un regalo maravilloso sólo apto para aquellos que están dispuestos a tocar el cielo y el infierno para conseguirla y mantenerla. Los que no se someten al pánico, ni están dispuestos a vivir una vida que no les pertenezca. La libertad es cara, carísima… Tiene el precio de asumir la responsabilidad de existir sin depender, sin ocultarse, sin desistir, sin engañarse a uno mismo aunque la verdad sea demasiado cruda… De vivir con la premura de reinventarse para estar a la altura, para ser más tú mismo y conocerte sin miedo ni ataduras… El más libre es el más responsable, el más audaz, el que más arriesga. Las personas libres nunca alquilan su conciencia ni sus valores, no ponen a la venta sus lealtades ni se someten a chantajes a cambio de sillas cómodas ni silencios pactados.

La libertad requiere un esfuerzo continuo. Es decidir que cada día de tu vida vas a levantarte y encontrar donde sea un plus de energía e ilusión para seguir, para motivarte… Saber que cuando caigas, tal vez te rompas con el golpe, pero que habrás escogido tú el cómo, el dónde y el cuándo.

La libertad es escoger el camino y dibujar la meta, estar dispuesto a confiar en tu capacidad para caminar y resurgir. Crearse cada uno sus propias expectativas. Tragarse el vértigo de saber que en algunos momentos estarás solo, sin paraguas ni cobijo, y asumir esa parcela de pánico. Sacrificar lo fácil por lo auténtico, por lo escogido, por lo extraordinario.

Escoger ser libre es una de las más grandes muestras de autoestima que puedes llegar a concederte. La libertad tiene un precio alto, altísimo, pero compensa dejar la rutina para crear magia.

Fuente: Merce Roura.

C. Marco

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