Historias de un Mito: La Filosofía de Thomas Hobbes

Thomas Hobbes
 
Entre los escritos políticos de Thomas Hobbes, el más importante y que recoge lo esencial de su pensamiento es el Leviatán (1651).

Para entender el pensamiento político de Hobbes, y su opción absolutista, es preciso identificar las tres claves que lo determinan; éstas son: su concepción filosófica nominalista, su concepción psicológica mecanicista y su fe en la validez universal de la ciencia positiva. Estas tres claves presuponen y desarrollan un materialismo radical.

 

Respecto de la filosofía nominalista, baste decir que niega los «universales». Lo bello, lo bueno, lo malo, lo justo, lo injusto, etc., serían, como lo rojo, lo grande, lo frío, etc., simples palabras; por lo tanto, símbolos sin otro contenido que el que convencionalmente quiera dárseles. Es, pues, una filosofía de un relativismo ético absoluto.

 

En relación con su concepción psicológica, mecanicista, Hobbes considera evidente que: 

 
1) Todo hombre, como cualquier otro cuerpo físico, no es más que materia en movimiento, es un mecanismo que no se mueve por finalidades, sino por la férrea ley de la causalidad; 
 
2) Esta ley, en el hombre, adopta la forma de un impulso irresistible hacia a felicidad, que para Hobbes se reduce a la maximización del placer y minimización del dolor. En último término, lo que el hombre busca es conservar y acrecentar su vitalidad (principio de conservación), respondiendo con el deseo o la aversión a los estímulos que la afectan positivamente (que producen placer) o negativamente (que producen dolor).

 

Hobbes distingue, en el hombre, dos tipos de movimientos: los que llama involuntarios (respirar, digerir, etc.) y los voluntarios (andar, hablar, etc.), siendo estos últimos el sustrato del comportamiento humano y, por tanto, de las relaciones sociales y políticas. 
 
No hay que pensar, sin embargo, que la voluntariedad sea, para Hobbes, algo relacionado con el concepto de libre albedrío, que sería pura ilusión, sino una forma de respuesta más compleja y elaborada que la de los movimientos involuntarios. 
 
Conocer y querer no serían más que movimientos puramente fisiológicos, inducidos en el cerebro por excitaciones externas. La voluntad sería «el último apetito, deliberante», es decir, un instinto cuyo objeto le vendría determinado por la razón; lo querido por la voluntad sería, siempre, el placer máximo, una vez ponderados por la razón los placeres alternativos.
 
C. Marco
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