Cuaderno de Bitácora de la Crisis: Días de furia


Son las siete menos cuarto de la tarde. Me asomo al balcón . Un río de gente se dirige a Mestalla a ver el Valencia-Swansea, muchos de ellos ataviados con las habituales camisetas-senyera. No recurriré al manido panem et circenses. Es un fenómeno -la pasión por el fútbol- cuasi universal y yo un outsider. Cedo con gusto el tema a sociólogos de pro. El caso es que yo ya había decidido esta mañana dedicar un rato a la autoterapia de frecuencia mensual y ejercer de perro verde. Suena la sirena de los bomberos. Estoy algo disperso y no sé si me saldrá algo legible. Voy a intentarlo.

Llevo -como es habitual- un par de días dándole vueltas a algunos temas de “actualidad” que me producen la crónica subida de bilirrubina que me conduce a la autoterapia.

Elegidos los temas -desgraciadamente siempre hay un exceso de candidatos- suelo decidir también de forma previa el título de las epístolas. Y para esta ocasión he elegido lo de Días de furia.
 

Como muchos aficionados al cine yo recordaba vagamente una película de 1993 protagonizada por Michael Douglas y que lleva este título (en inglés Falling Down). De hecho, me la encontré hace dos años leyendo un libro llamado The Cinematic City donde la ponían de caso de estudio puesto que mostraba la reacción más que airada del protagonista ante la agresión de la ciudad inhóspita. Un individuo que se desquicia por la confluencia de circunstancias adversas (un embotellamiento monumental, un vendedor coreano poco amable, unos macarras que le quieren hacer pagar peaje por
pisar su territorio…). Y él intentando infructuosamente llamar a su exmujer para decirle que no podría llegar a tiempo al aniversario de su hija. Demasiadas contrariedades que se saldan con el recurso a un bate de béisbol y, creo recordar, a algún otro artilugio más eficaz en forma de arma de fuego con el que inicia las hostilidades contra tirios y troyanos. Más o menos.

La imagen de Michael Douglas en trance no me ha hecho pensar en la “agresividad del medio urbano” -quizá otro díasino en los más que plausibles motivos que nos ofrecen todos los días para iniciar -metafóricamente hablando- la guerra del béisbol. Son muchas y obscenas las provocaciones diarias y a veces dan ganas de chillar hasta la extenuación o de descargar el exceso de adrenalina que provoca tanta alegría continuada en alguna humilde papelera o farola que actúa de objeto interpuesto porque lo que de verdad dan ganas es de partir la cara a alguien.

Ya, ya sé que estoy pasando cinco pueblos, que lo de los justicieros es cosa de Hollywood vía Clint Eastwood o Charles Bronson y que lo de galopar hasta enterrarlos en el mar hay que hacerlo a golpe de votos no sé si de una gran mayoría de votos blancos). Pido por tanto, perdón por el exabrupto antes de que alguien se rasgue las vestiduras y me cuelgue el sambenito de violento. Pero es que uno va cargado no solo de adrenalina inducida sino de muchos kilos de razonable cabreo.

Y éste ¿de qué se cabrea?, se preguntará alguno. Pues de cosas tan sencillas como escuchar a Montoro decir de en poco tiempo “volveremos a asombrar al mundo“. O al inefable Wert acusando poco menos que de secuestro de menores a los profesores de Baleares (todos son de izquierdas, claro) por haberse atrevido a realizar un huelga “política” sin motivo alguno dos días después de que su propio ministerio publicara cifras vergonzosas sobre el recorte educativo.

Claro que quizá la palma (o el bunyol d´or) se la lleva esta vez la muy devota de la Virgen del Rocío, Fátima Báñez, que se ha descolgado con una reforma de las pensiones que, así de entrada, supone una reducción del poder adquisitivo de las pensiones justificada con el grosero y engañoso señuelo de que se “garantiza” el aumento de las mismas en al menos un 0,25 anual. La verdad es que el Gobierno decidirá -según le vayan las cuentas- si el aumento es del 0,25% o de cualquier otra cifra que no supere la tasa de inflación más el 0,25%. En román paladino: se desligan las pensiones de la inflación y el gobierno decidirá discrecionalmente en cuanto reduce el poder adquisitivo de los pensionistas.

Pero lo más grave -siguiendo con Fátima- es que a partir de 2019 habrá un “segundo criterio” basado en la esperanza de vida que ya es el colmo de la desfachatez. El principio “filosófico” es que cuanto mayor sea la esperanza de vida (y, por tanto, las necesidades derivadas de la dependencia) menor será la pensión. Total: hay que morirse pronto y no estorbar o proponer que directamente gaseen a los que se atrevan a superan los 80 años. Así, la esperanza de vida bajará y los que queden tendrán pensiones dignas. ¡¡¡Que bochorno!!!

Días de furia. O de plante. O de lo que ustedes quieran. A mí se me ha quedado alterada la bilirrubina y me temo que esta vez, me va a tacar al hígado. Si me ven amarillo, no es por simpatías orientales. Son Montoro, Wert y Fátima. Si hace falta más dinero para las pensiones, las escuelas, los hospitales o los investigadores (que también andan en pie de guerra) no lo busquen en la Atlántida. Lo tienen más cerca: los paraísos fiscales; el fraude masivo de las grandes empresas; las SICAV; los 40.000 millones de euros del rescate bancario sin culpable aún declarado, juzgado y condenado; el patrimonio de los que han tirado el dinero a ex-puertas. Suma y sigue.

Vamos, justicia y solidaridad. No, no tengo fiebre ni me ha sentado mal la comida. Solo estoy muy, muy harto de tanto engaño y tanto paripé. Para terminar un ruego al poder mediático: el que el porrito del Rey de Holanda haya leído el discurso de su primer ministro diciendo la estupidez de que se ha acabado el Estado del bienestar no debería ser noticia nacional. La manipulación tiene un límite. Felices días de furia.

Fuente: Josep Sorribes. Diario el País.

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