Historias de un Mito: La Destrucción de la Bahía de Portmán

Vista actual de la Bahía de Portman

Ayer decidimos dar una vuelta por la Bahía de Portmán en Murcia, pues hacía bastante tiempo que no la visitábamos y habíamos tenido oídas de que los trabajos para su regeneración se habían iniciado ya.

Pues nada más lejos de la realidad. Aunque sí es cierto que se han realizado algunas mejoras en la zona de la Playa del Lastre, donde incluso se ha instalado un pequeño chiringuito en la playa, el resto del entorno lo hemos encontrado igual o incluso peor de cómo lo recordábamos. Nada más hay que ver el lamentable estado en que se encuentran tanto la zona de acceso a la playa, como el desaliñado embarcadero que hay junto a ella.

Vista actual del Embarcadero de la Playa del Lastre, en Portman

Menos mal, que después de nuestra decepcionante visita a este entorno, decidimos continuar la ruta que hacíamos desde Cartagena, a través de Atamaría en dirección hacia La Manga del Mar Menor, con destino al La Manga Club de Golf, donde hicimos “Parada y Fonda” en uno de sus magníficos Lounge Bar.

Vista general de la Manga Club de Golf

Aprovechando nuestra visita de ayer a este controvertido entorno de la Bahía de Portman, deseo recordar a continuación la terrible historia ecológica y medioambiental que le ha tocado vivir al que antaño fue sin duda un lugar privilegiado en la Región de Murcia.

En realidad, la destrucción de la bahía y el puerto de Portmán, al sur del municipio de La Unión, ha sido uno de los mayores atentados ecológicos de la Región Murciana.

Esta es su fascinante historia.

Hace más de 2.000 años, bajo el poder romano, la bahía de Portmán era conocida como “Portus Magnus” –el “Gran Puerto”- y desde allí partían las galeras romanas hacia la metrópoli cargadas de plata que obtenían de Cartago Nova, próspera y conocida colonia romana.

La bahía de Portmán era hace tan solo sesenta años uno de los paisajes más bonitos del Mediterraneo. Un puerto natural que ya era utilizado por los Romanos, incluso durante la primera mitad del siglo XX permitía el atraque de grandes buques ya que disponía de un muelle para este fin.

Este pequeño pueblo nació rodeado al Norte, al Este y al Oeste por el extremo sur oriental de la Cordillera Bética y bañado por una preciosa bahía natural, siendo uno de los mejores puertos naturales de refugio del Mediterraneo español. Con estas características geográficas Portmán vivía aislado de las poblaciones más cercanas, sin embargo, con la explotación minera y pesquera, la sierra, la bahía y la población conservaban un frágil pero preciado equilibrio. 

La llegada de la minería moderna en 1957 con la creación del Lavadero Roberto, una de las mayores instalaciones minero-industriales, rompió este equilibrio. Durante los primeros años el vertido inicial era de unos 3.000 toneladas, pero debido a la gran producción de los años sucesivos los estériles se triplican y suman 8.000 toneladas, “en 1968 hay una gran labor intensivísima y los estériles coleccionados hasta ese momento en pantanos se tiran al mar, a la bahía de Portmán, pero siempre con concesión de la administración central”.

Peñarroya era la empresa concesionaria de la Sierra Minera de La Unión donde se extraía un mineral complejo de calcopirita, galena y piritas. Para su procesamiento necesitaban disponer de un lavadero de mineral, y por supuesto tenían el grave problema de los lodos, por lo que en los años cincuenta solicitaron hasta en tres ocasiones un vertido directo de estos al mar.

Antiguo lavadero Roberto

Fotografía protesta por Greenpeace. Año 1986

Desde los inicios de su explotación, en 1957, de las piritas de la Sierra Minera, la compañía Peñarroya-España produjo enormes cantidades de escombros minerales, resultado de los métodos de extracción a cielo abierto que utilizó como forma de abaratar costes. Se han calculado en unos 315 millones de toneladas de estériles minerales entre 1957 y 1987, fecha de cierre de las explotaciones.

En los primeros momentos, esos escombros eran depositados al pié de las canteras, formando grandes terreras, pantanos, etc, que han destruido el paisaje original de la Sierra. Sin embargo, el problema mayor provino de los residuos procedentes del lavado de los materiales para la obtención del mineral. Por su fluidez y volumen, era muy caro depositarlos en balsas o pantanos.

Vista desde satélite de la Bahía de Portman
Bahía de Portman en su estado original
Vista antigua de la Bahía de Portman
Vista antigua de la Bahía de Portman
Zona de vertidos de Peñarroya
Vista de la Bahía de Portman original, frente a la actual
Vista actual de la Bahía de Portman

Ante esto, y ya antes de iniciar la explotación, la empresa francesa Peñarroya, se planteó la opción de reducir costes arrojando los estériles de sus lavaderos directamente a mar Mediterráneo. Desde 1950 solicitó a las autoridades de costas el permiso para esos vertidos, lo que le fue denegado en dos ocasiones, en 1954 y 1957. Las autoridades tuvieron en cuenta la toxicidad de los vertidos y la turbidez que se provocaría en el agua, con la consiguiente pérdida de recursos pesqueros.

Sin embargo, en enero de 1958 las autoridades cambiaron de opinión, tras reuniones con los representantes de la empresa. Se permitirían los vertidos con ciertas condiciones: Que los vertidos se harían por tubería submarina, al menos a 400 metros de la costa; que sería una solución temporal (5 años), que se indemnizaría a los pescadores; que no se aumentaría el número de lavaderos ni su capacidad a no ser que se construyeran balsas de almacenamiento de estériles en tierra; y que si se demostraran los daños al medioambiente los vertidos serían paralizados.

Evidentemente estas medidas no fueron cumplidas. En 1961, por orden ministerial de 8 de noviembre de 1961, se redujo a 250 la distancia de los vertidos a la costa y se redujeron las limitaciones, bajo la teoría de que las corrientes los empujarían hacia mar abierto, cosa manifiestamente falsa.

En 1965 comenzaron a notarse los efectos de los vertidos. La propia empresa admitió internamente que la bahía de Portmán sería colmatada en poco tiempo, y que sería necesaria una nueva estrategia para continuar deshaciéndose de los estériles en el mar. La solución que encontraron fue la de plantear la irrelevancia de Portmán como puerto.

En efecto, desde 1966 la Dirección General de Puertos se planteó el cierre, o al menos la reducción de los vertidos, ante la progresiva inutilización del puerto de Portmán, considerado puerto de refugio, y se exige el dragado del puerto a la empresa responsable. En 1967 se repiten las quejas desde la Jefatura de Minas de Murcia. Ante esto, Peñarroya hace tímidos intentos de dragado de la bahía.

Sin embargo, los objetivos de la empresa son totalmente opuestos. Estudia ampliar la producción de mineral abriendo nuevas canteras en la Sierra, y necesita ampliar la capacidad de sus lavaderos. En una decisión clave, desarrollaron una estrategia clara. Solicitan la anulación de la declaración de puerto de refugio de Portmán y el permiso de ampliar el volumen de vertidos. A cambio se ofrecen a ceder terrenos para construir un nuevo puerto en Cabo de Palos. En junio de 1967, tras reuniones con el ayuntamiento de Cartagena (que no tiene jurisdicción sobre Portmán pero sí sobre Cabo de Palos), y con la Dirección de Puertos de Murcia, se hace la oferta definitiva: los terrenos para la construcción de la dársena de Cabo de Palos más 4.000.000 de ptas. de la época de “indemnización”. El oferta se presenta como promovida por los vecinos de cabo de Palos, a los que la empresa ayudará “graciosamente”. A cambio se pide el abandono de Portmán. Es el momento en el que la urbanización turística de La Manga está a punto de comenzar, apoyada desde el Ministerio de Información y Turismo.

Entonces aparece la primera reacción pública contraria a los vertidos. El entonces alcalde de La Unión manda un escrito al gobernador provincial, en el plantea la oferta de la multinacional francesa como la total desaparición de ese pueblo minero y pesquero, y privaría al Municipio de una fuente de explotación, cara al turismo, único recurso que habría de quedar cuando, al cabo de no muchos años, se agoten los yacimientos. Unas protestas proféticas.

Obviamente, esa protesta no tiene efectos. El 15 de diciembre de 1967 se publica una orden que anulan los tímidos trabajos de dragado con los que se obligaba a Peñarroya a reducir el impacto de los vertidos. Poco después, el 21 de julio de 1969, una orden del Ministerio de Obras Públicas eliminaba todos los límites a los vertidos de estériles minerales al mar.

Nada de esto puede extrañarnos. En julio de 1968 se constituye la empresa Peñarroya-España, en cuyo consejo de administración aparecen con un 2% de participación personajes con fuertes lazos con los núcleos de poder del franquismo. Además, la empresa francesa tuvo la habilidad de mezclar sus intereses con los del ayuntamiento de Cartagena, los de los promotores que estaban iniciando su expansión en La Manga y con la política expansiva del Ministerio de Información y Turismo. Precisamente en el momento de publicación de la orden ministerial, se aportan por parte de la empresa los terrenos donde se construirá el puerto de Cabo de Palos, más 25.000.000 de ptas. para su construcción. Obviamente, los beneficios esperados serían inmensamente superiores. De hecho, ese acuerdo permitió la salida de un estrangulamiento de los beneficios y el inicio de un proceso de gran crecimiento de la producción. Se puede ver esto en el valor de la producción de plomo de la fundición de Peñarroya en Santa Lucía.

Un intento de dar a conocer la realidad en la prensa, en el diario madrileño Pueblo, fue ahogado de forma inmediata por las “presiones de arriba”.

El ayuntamiento de La Unión hizo entonces un último intento. Elevó un recurso de reposición ante el Ministerio de Obras Públicas, que fue rechazado, y a continuación un recurso a los tribunales. El 21 de diciembre de 1971 el Tribunal Supremo falló de forma definitiva. En una asombrosa sentencia, reconoció la validez de las razones del ayuntamiento de La Unión, pero falló a favor de la empresa Peñarroya. Fue el momento clave, la sentencia de muerte de la bahía de Portmán. A partir de ese momento, los vertidos fueron incontrolados.

Con la llegada de la democracia, la polémica volvió a encenderse en la prensa local en 1977. Pero nuevamente las “presiones” consiguieron silenciar el asunto. Ni siquiera la actuación de algunos políticos en 1977-78 consiguió nada, frente a la influencia y las presiones, y, porqué no decirlo, los sobornos de la empresa Peñarroya. Incluso en 1978 esta obtuvo los permisos para aumentar el volumen de vertidos. Y ello a pesar de que en este momento se conoce con precisión la elevada toxicidad de los estériles arrojados, tanto por la alta concentración de metales pesados (cadmio, plomo), como por la presencia de productos muy tóxicos usados
en el lavado del mineral (sulfato de cobre, cianuro sódico, sulfato de cinc, ácido sulfúrico, entre otros).

A partir de 1980 la presión social y periodística aumenta. Incluso en 1986 se produce una espectacular acción de la asociación ecologista internacional Greenpeace, encadenándose algunos de sus miembros a las tuberías de vertido. Sin embargo ya es tarde. No sólo la bahía se ha perdido sino que la propia Peñarroya está buscando la forma de salirse del foco de atención.

Desde principios de los años 80 la actividad minera produce pérdidas. Además, tanto a nivel político, sobre todo desde 1982, con planes de obligar a la regeneración de la bahía, como a nivel social, comienza a exigirse una solución definitiva. También se plantean problemas laborales, ante el temor de los trabajadores a perder sus puestos de trabajo. Los intentos de ampliar la explotación minera a nuevas canteras choca con la oposición radical de los vecinos del Llano del Beal, en 1987-88.

En ese contexto Peñarroya busca la salida, y en medio de las negociaciones abiertas en distintos frentes (paralización de vertidos, obligación de recuperar la bahía de Portmán, promesas de mantener la actividad, solicitudes de ampliar las explotaciones), el 20 de septiembre de 1988 da la espantada. Cede todos sus derechos mineros y propiedades a la empresa Portmán Golf, y desaparece de la escena. Se da la paradoja de que a partir de este momento, esta nueva empresa presionará para que la administración recupere con fondos públicos la bahía, y posteriormente, recalifique como urbanos los terrenos circundantes, en su gran mayoría propiedad suya.

Los vertidos se mantuvieron hasta 1990 donde se cerraron definitivamente. Al acto asistió el entonces presidente de la Comunidad de Murcia, D. Carlos Collado Mena, que por medio de un walkie-talkie dijo la famosa y esperada frase “Atención lavadero, cesen los vertidos”.

Después de más de treinta años de vertidos el resultado es que una bahía que era especialmente bella y refugio natural del mar hoy esté completamente colmatada por residuos del Lavadero Roberto con altos contenidos en metales pesados, cianuros y sulfatos.

Pasados veinte años la Bahía de Portman continua colmatada aunque ya se disponen de avances, será la Administración la encargada de la regeneración de la bahía. En 2011 se aprobó un presupuesto de cerca de 80 millones de euros a tal fin pero al subir al poder el Gobierno del PP el proyecto se paralizó.

Recientemente parece que ha habido algún avance parcial y se ha aprobado una fase de las obras por valor de 35 millones de euros.

En un documental llamado “Portmán, la sombra de Roberto” realizado en 2001, Miguel Martí, el director, afirmó: “Portmán es la historia de un desastre ecológico, social y económico difícilmente imaginable“, y hasta ahora ninguna administración pública española ha obligado nunca a nadie a reparar ese desastre. Si deseas ver este documental, te invito a que lo hagas haciendo click aquí. Espero que resulte de tu interés.
 

C. Marco
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