¿Una vida llena o una vida de asco?

Cuando veo el frecuente desfile de convictos políticos o empresariales camino de prisión por chorizos me pregunto si su rapiña les compensa frente al oprobio de salir fotografiados con una chaqueta tapándoles la cabeza hacia el furgón policial, esposados. 

¿Merecen la pena su yate, sus coches de alta gama, su querida, su maromo musculoso, sus trajes y sus zapatos carísimos si la portada de su biografía la ilustrarán siempre esa imagen de ratero vergonzante y los adjetivos prevaricador, estafador, timador, tramposo y ladrón?

¿Mejor una vida llena de aventura y conocimiento o de puticlubs y sala VIP? ¿Qué modelo vital debemos transmitir en las escuelas: el héroe feliz o el mangante patriota con cuentas en Suiza?

Patrick Leigh Fermor

Hace dos años, el escritor Patrick Leigh Fermor (‘Paddy’ para sus innumerables amigos) vio llegada su hora. Abandonó su hogar entre los olivares de la griega Kardamyli para acudir a la cita con la muerte en su Inglaterra natal. Contaba 96 años, sus ojos apenas podían satisfacer su pasión lectora. Le habían invadido la sordera y un insalvable tumor.

Sin embargo, su ánimo seguía siendo excelente. Hijo de un geólogo, a ‘Paddy’ lo largaron del colegio de su infancia a una especie de correccional del que asimismo fue expulsado por hacer manitas con otra niña. Autodidacta, se hizo hombre leyendo en griego y latín, bebiendo en Shakespeare. En 1933, con 18 años, cuatro libras, unas mudas, una antología poética de literatura inglesa y las Odas de Horacio en la mochila, se largó a recorrer Europa, desde Holanda hasta Estambul. Pernoctó al raso o en palacios, según viniera la suerte. Vio, miró, oyó y escuchó a todos y de todo. Alcanzó Constantinopla, enriquecido por el viaje exterior y la transformación subsiguiente interior: lo cuenta en El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua. Se enamoró de Grecia y de una hermosísima noble rumana, Balasha Cantacuceno.

 

La II Guerra Mundial lo llevó al Servicio de Inteligencia y a Creta. En la isla, organizó el prodigioso secuestro y evacuación del general Kreipe, el jefe de los ocupantes nazis, un hito de la máxima heroicidad. Recorrió el Caribe (lo cuenta en El árbol del viajero), se casó cincuentón, enviudó, fue condecorado mil veces por sus vecinos griegos que no encontraban la manera de agasajar a conciencia a ese vecino encantador, divertidísimo, hospitalario (abiertas siempre las puertas y ventanas de su casa), excelente conversador, cultísimo, que se había jugado la vida cuando merecía la pena, que la vivía a tragos largos siempre. Le concedieron la Orden del Imperio Británico y la Orden del Servicio Distinguido.

Dolores Payás acaba de publicar Drink time!, un librito que dibuja los últimos meses de ‘Paddy’ con la atenta precisión de quien tuvo la fortuna de compartirlos con él. He aquí lo que concluye: «Su figura encarnaba unos atributos que ya no están en boga. Vivimos unos tiempos en los que el temple, el estoicismo y el coraje no significan nada. Y en una sociedad blanda y sobrecargada de sentimentalismo, que ha hecho del exhibicionismo personal su bandera de modernidad. Una sociedad en la que el menor contratiempo o frustración requieren la asistencia de un ejército de psicólogos, además de interminables y ridículas terapias centradas obsesivamente en lo que uno es, lo que uno siente, lo que uno ha sido o será o dejará de ser. En medio de este panorama de insensatez, egolatría y ensimismamiento, la contención humorística de ‘Paddy’, su consideración hacia el prójimo, su valentía y extremo pudor, eran un ejemplo de elegancia mental y de saber vivir emocional».

Temple, estoicismo, coraje, humorismo contenido, consideración al prójimo, valentía, extremo pudor, elegancia mental, saber vivir emocional.

¿Deberían transmitir ese modelo los padres y los profesores y los medios de comunicación o seguir aplaudiendo la astucia pícara de los infames bandidos, la necedad del analfabeto voluntario y la deyección mental del famoso?

¿Una vida llena o una vida de asco?

C. Marco

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