El gran Casino del Capitalismo Especulativo

Las empresas, como los taburetes, requieren tres patas: capital, porque sin dinero no hay empresa, gestión, porque sin capitán y tripulación, no hay empresa, y trabajadores, porque sin personal, tampoco hay empresa.

Del buen equilibrio entre estas tres patas depende la estabilidad, y perennidad, de la organización. Cuando uno, o dos de estos tres pilares se hipertrofia en detrimento de los demás, la empresa está seriamente amenazada, y su primera preocupación debería consistir en recuperar el equilibrio.

Actualmente, estamos viviendo una crisis muy grave, porque uno de estos pilares ha tomado la hegemonía, el control sobre los demás: El Capital. Pero no el capital industrial, creador de riquezas que se redistribuyen en la sociedad a través del consumo, de las compras a proveedores y subcontratistas, de los salarios, sino el capitalismo especulativo, que sólo consiste en fabricar dinero con el dinero, sin contrapartida de riqueza material y tangible, y que no acaba en redistribución social puesto que el actor y destinatario de este dinero es el inversor.

No me refiero a las empresas familiares, ni a las Pymes, sino a las grandes corporaciones que han adquirido un poder tan considerable que mandan a veces sobre los gobiernos. Me refiero a las corporaciones que cotizan en la Bolsa – donde al fin y al cabo todo empieza – este gran casino legal del que depende toda la economía mundial. 

Las corporaciones multinacionales cotizan en Bolsa, y los inversores, ayudados por la desregulación consentida por los gobiernos que huyen de echarse un pulso contra la poderosa OMC, se han dado cuenta hace tiempo de que se podía ganar más dinero y de forma más rápida con productos financieros que con productos industriales, es decir, con la compra-venta de otras empresas y las fluctuaciones bursátiles que con la fabricación y venta de productos.

Entonces presionan a la dirección de las empresas exigiendo una rentabilidad industrial más alta, más a la par con el rendimiento puramente financiero, bajo la amenaza de llevar sus inversiones a otra parte en caso contrario.

Como consecuencia, la dirección de cada una de estas empresas ha tenido que cambiar su escala de tiempo, y priorizar el corto plazo sobre el largo, con el motivo de que no habrá futuro si no hay presente, el cual está supeditado al dinero de los accionistas. 

La gran mutación para nosotros, industriales, ocurrió en los cinco o seis últimos años. Es cuando basculó todo […].

Hoy, la Bolsa se ha convertido en la obsesión principal, y fue a mediados de los 90 que cambió. Hasta entonces, el grupo debía ganar dinero, debíamos ser ricos y buenos, pero éramos industriales antes que nada. A mitad de los 90, entramos de golpe en una lógica de Bolsa, de cotizaciones, de OPA, de fusiones y adquisiciones, y fue cuando apareció por primera vez una exigencia de rentabilidad del 15% al año sobre capital invertido, con una Dirección General que nos decía: ‘Si queremos que los accionistas pongan pelas en nuestro negocio, tenemos que rentarles tanto dinero como sus inversiones en el mercado financiero’. Y ahora, nuestros altos directivos tienen la mirada fija en la Bolsa a diario, y cuando conectas tu ordenador, lo primero que te aparece, ¡es nuestra cotización en la Bolsa!”. Cita de Nicole Aubert. Le culte de l’urgence.

Tal vez estas exigencias no hubieran tenido tanto efecto sobre los directivos sin un invento probablemente bien intencionado al principio, pero que tiene un pernicioso efecto boomerang: las stock options. Gracias al sistema de stock options, los altos directivos ven sus ingresos fluctuar al mismo ritmo que la Bolsa de valores. Además, los ingresos personales a través de las stock options pueden llegar a ser muchísimo más elevados que la remuneración de su trabajo.

Así, los directivos han aprendido a valorar también el corto plazo y la alta rentabilidad inmediata en detrimento de la perennidad del negocio, y de su evolución a largo plazo. Con las stock options, los inversores se han forjado aliados. O cómplices, según se mire.

Hoy en día, los directivos de las corporaciones multinacionales, en lugar del cuadro de mando industrial de su empresa, vigilan permanentemente las cotizaciones en Bolsa. El objetivo es subir el valor bursátil, y “después de mí: el diluvio”.

Esta exigencia de rentabilidad inmediata se traduce en una presión cada vez más importante sobre el instrumento de producción. Concretamente, la parte más exprimible la constituyen los trabajadores. Es digno de interés el hecho que cuando una corporación anuncia despidos masivos de trabajadores, su cotización sube y que cuando otra, como fue el caso de Mark & Spencer o de Renault, cierra sucursales rentables, su cotización también sube.

Pero para exprimir al máximo la parte humana de la industria, hizo falta modificar los sistemas de gestión de los Recursos Humanos – que nunca antes merecieron tanto su nombre – y se desarrollaron nuevos sistemas de Gestión Científica del Trabajo, herederas directas del taylorismo. Se han elaborado metodologías pseudocientíficas de carácter reduccionista, que presentan todas ellas tres características fundamentales: una gran coherencia interna, un planteamiento totalmente irrealista, y pésimas consecuencias sobre la sociedad humana. Lo primero porque constituyen un conjunto muy elaborado, con reglas y relaciones reflexivas muy consistentes y de formulación rigurosa; un planteamiento irrealista porque está basado en falacias y premisas equivocadas (que serán desarrolladas más adelante); y con pésimas consecuencias porque están produciendo un gran deterioro en la sociedad humana, con un aumento vertiginoso de las afecciones psicosociales, una desimplicación creciente de los trabajadores, y una pérdida de confianza generalizada en el sistema económico. 

Hemos pensado que es podemos salir de la crisis actual sin remediar los factores que la han creado.

Bastaba, por así decirlo, con apretar el cinturón, compensar las deficiencias de liquidez con astucias financieras e inyecciones de dinero público, y dejar la “mano invisible” de los ciclos actuar. Sin embargo, si no eliminamos las causas, la recuperación será seguida, en un plazo más corto de lo que creemos, de otro tobogán económico, y con una sociedad más fragilizada y más afectada por los males psicosociales.

Es cierto que otros factores han contribuido a la situación actual, o mejor dicho, la han precipitado, como las hipotecas basura o la desenfrenada carrera a los beneficios inmobiliarios. Pero la globalización de los sistemas financieros, la desregulación de algunos mecanismos para permitir acelerar el dinero rápido, y una gestión empresarial que no contempla la reciprocidad sino que está basada en el lema: “yo gano si tú pierdes”, figuran entre los principales responsables.

He hablado de las corporaciones multinacionales, porque el problema se origina en ellas, por ser las empresas más sujetas a la especulación, pero también puede afectar a las PYMES de dos maneras. Por una parte porque los elaborados modelos de gestión (pseudo) científica han hecho escuela, y que si las grandes empresas los utilizan, ellas que ganan tanto dinero, los gerentes de pequeñas y medianas empresas piensan que tienen que ponerse al día y adoptarlos también. Por otra parte, porque muchas de estas empresas son proveedores directos o indirectos de una multinacional, las cuales ejercen un gran poder sobre sus proveedores a los que obligan a adoptar sus propios sistemas de gestión. No obstante, es indudable que muchos directivos e inversores no se reconocerán en la descripción, afortunadamente, y que hay corporaciones que se esfuerzan en mantener un enfoque más sensato y más humano, como BP, Pfizer o Google para citar algunas. Pero el movimiento está en marcha, y el contagio será cosa de tiempo si no reconocemos el problema y empezamos a ponerle remedio. 

A nivel empresarial, salir de la crisis sin que se esté preparando la siguiente, implica que los accionistas deben comprender que dar prioridad absoluta al rendimiento financiero inmediato terminará matando la gallina de los huevos de oro; los políticos deben esforzarse en una mayor independencia del poder del dinero; los sistemas de gestión del personal deben ser replanteados con visión de reciprocidad, y ser abandonados los métodos seudo científicos actuales en provecho de sistemas más realistas, lo cual implica un replanteamiento a la vez filosófico y estructural de las organizaciones.

Filosófico porque tenemos que preguntarnos seriamente qué clase de sociedad humana queremos construir, en la que vivirán nuestros hijos y nietos, y cuál es la finalidad de la misma, si es favorecer el control de la mayoría por una minoría de privilegiados, o tender, sin prisa pero sin pausa, hacia una sociedad más equitativa, más facilitadora de la evolución personal, al fin y al cabo más humanista.

Y estructural porque para recuperar la confianza de los trabajadores, su motivación e implicación, hará falta más que nuevos discursos sobre que son el principal activo de la empresa, cuando han podido comprobar que son el primero del que se prescinde.

Hay que replantear el sistema organizativo de arriba a abajo, y no parchear los niveles inferiores.

Fuente: Fractal Teams.

C. Marco

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