La educación puede cambiar la estructura del cerebro: Entrevista a José Antonio Marina

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La educación sigue siendo uno de los principales temas de debate en la sociedad española.

Sí, afortunadamente.

¿Vamos por buen camino?

Lo más sabio que he oído sobre educación es un proverbio africano que dice que “para educar a un niño hace falta una tribu entera”; es decir, hace falta toda la sociedad. Tienen responsabilidades educativas los padres, los maestros, los políticos… Y tendrían que involucrarse más los municipios, que son el agente más eficaz para resolver los problemas educativos. En cuatro años un municipio puede solucionar el fracaso escolar, y pasar del 30 y pico por ciento actual -ésta es la media española- al 10 por ciento, que es el porcentaje que la Unión Europea da como aceptable. El municipio puede actuar para paliar la violencia, el abuso de alcohol, etc. y puede movilizar, además de los padres y los docentes, a muchísima  gente para que colabore en las tareas educativas. Las amas de casa, los abuelos, los jardineros del Ayuntamiento, etc. pueden ser también eficaces agentes educativos. Para llevar a cabo esta “movilización educativa” no son necesarios unos presupuestos extraordinarios. Basta con contar con personas que la dinamicen.

Escoger los estudios que nos permitirán acceder al mundo profesional es una de las decisiones importantes de nuestra vida. ¿Cree que en la actualidad existe suficiente información sobre formación académica?

Efectivamente, ésta es una decisión crucial, que no puede ser fruto de la improvisación. Hay dos momentos clave: el último curso de la ESO y al terminar el bachillerato. Debe mejorar la información sobre formación académica en estos dos momentos. Y hay que ayudar a los estudiantes a reflexionar sobre sus capacidades. Desgraciadamente, los centros educativos hacen poca cosa. Además, sería interesante prolongar la orientación académica en el primer curso de carrera, en el que hay alumnos decepcionados. Es importante que el alumno pueda hablar con alguien sobre si vale la pena estar aguantando una carrera que no le gusta. Por otra parte, hay que insistirles en que tengan presente el mundo que nos viene, un mundo con muchas oportunidades, pero muy competitivo y globalizado. Europa no se da cuenta de que hay gente en China muy bien formada, que busca la excelencia, con la que nosotros no tendremos posibilidad de competir si no nos ponemos manos a la obra. Los chinos se van a quedar con muchos de los trabajos más cualificados. Esto hay que explicárselo bien a los alumnos y a los padres. Y claro, darles los medios. Sin embargo, casi todos los problemas educativos tienen solución.

¿Cuál es la solución?

Destinar un porcentaje más alto del PIB a la educación, y gestionar bien el dinero, claro.

¿Y cuánto destina de PIB España?

Pues aproximadamente el 5%. Convendría destinar un poco más a la universidad. Uno de los problemas que tienen las universidades es que hay demasiados alumnos. Muchos van a la universidad para luego decir que han hecho una carrera. Habría que limitar el número de años que se puede repetir. No hay ninguna justificación para que haya seis convocatorias por asignatura. Ello devalúa la universidad. Una plaza en la universidad cuesta entre 8.000 y 16.000 euros por año. ¡Todos los alumnos deberían saber que cada año están recibiendo una beca sustanciosa! Por otra parte, la universidad es una institución docente, que tiene que tener un proyecto docente; me parece escandaloso que no se exija a los catedráticos y a los profesores universitarios ninguna acreditación de capacidad pedagógica.

¿Hemos mejorado en formación permanente?

La formación permanente debe formar parte de la propia trayectoria profesional, y tenemos que tener en cuenta que cada cuatro o cinco años vamos a cambiar de trabajo. La empresa tiene que ayudar a la formación permanente. Lo están haciendo algunas empresas, como Repsol, a través de su Fundación, intentando despertar en los jóvenes el interés por la ciencia y la tecnología como fundamento del progreso técnico y mostrándoles que la técnica resulta también imprescindible para resolver los problemas sociales. Mientras, las universidades da la impresión de que son autistas.

En su último libro, “El cerebro infantil: la gran oportunidad”, subraya que la idea muy arraigada de que todo lo que le pasa a una persona depende de su historia infantil no se sostiene científicamente.

Efectivamente. Nuestra capacidad de aprender la tenemos durante toda la existencia. Es verdad que en los dos primeros años es fundamental el establecimiento de las relaciones de apego con los padres, que configuran una base de seguridad. Y que en esta etapa aparece algo tan importante como el lenguaje. Pero la plasticidad del cerebro para aprender se prolonga a lo largo de los años. La educación también es muy importante durante la adolescencia. Se ha descubierto que de los 13 a los 16 ó 17 años el cerebro vuelve a pasar por una segunda etapa de gran aprendizaje, hay una nueva época dorada en cuanto al aprendizaje. Yo les digo a mis alumnos adolescentes: disponéis de un cerebro en plena ebullición, es vuestra gran oportunidad. Para mí, lo más importante de estos hallazgos de la neurociencia –disciplina que ha progresado enormemente en los últimos años, pero sus conocimientos se han aplicado en la clínica y no en la escuela- es que supone la fundamentación científica del optimismo, ya que la educación puede cambiar la propia estructura del cerebro.

A menudo usted recuerda un elemento que no se aprende, el talento, que es fundamental para el éxito profesional.

Sí, la persona que tiene talento es la que elige bien sus metas, que tiene la capacidad, los recursos intelectuales emocionales, para llegar a la meta que se ha propuesto. Por eso digo que el talento es la inteligencia triunfante.

¿Qué es la Universidad de los Padres, que usted creó?

Es una fundación sin ánimo de lucro que tiene por objetivo ayudar a los padres en sus tareas educativas. Proporciona información rigurosa sobre la educación de los hijos, asesora a los padres para que desempeñen bien sus responsabilidades educativas (los padres tienen que encontrar su propia manera de educar), informa a sus hijos sobre los recursos educativos que tienen a su disposición y crea una comunidad de padres interesados por mejorar la educación familiar, en la que pueden compartir sus inquietudes y experiencias. No pretendemos dar recetas de consultorio sino poner a disposición de los padres los conocimientos que la experiencia pedagógica y las ciencias del niño nos proporcionan. Aspiramos a recuperar un discurso educativo optimista y alegre, que en la actualidad se ha olvidado. Cada curso tiene una duración de nueve meses y cuenta con tutores personales, foros de aula, banco bibliográfico, etc. El alumno, en este caso el padre, la madre o ambos, deben matricularse en el curso correspondiente a la edad del niño.

¿Cómo valora la experiencia?

El éxito de la iniciativa me ha convencido del interés que la mayor parte de los padres tienen en las tareas educativas. Hubiera sido tal vez mejor intentar introducir mejoras en el sistema educativo, pero la administración es un terreno demasiado lento y pantanoso como para poder hacer nada a título particular. En cambio, puedo ponerme en contacto con los padres y conseguir que tomen en serio su tarea, que presionen socialmente en favor de la educación, y que colaboren con la escuela.

¿Cree que el papel de los padres ha perdido fuerza en la educación?

Sí, los padres -y también los docentes- creen que educan contra la sociedad y se sienten desbordados. Los padres están desbordados porque sus hijos van más rápido que ellos. La educación autoritaria funcionaba de cine… pero olvidaba la educación para la libertad y los derechos. Estamos con unos niños y niñas muy vulnerables, que soportan muy poco la frustración, tienen poca entereza para enfrentarse a los problemas. Están tan acostumbrados a ser el centro de todo que cuando llegan al mundo real, que implica esfuerzo, retrasar la recompensa y soportar la frustración, se revuelven contra sus padres -y a veces con razón- porque no les han preparado para la vida.

La educación no ha quedado al margen de los grandes cambios que se han producido en la sociedad en relativamente pocos años.

Sí. El problema irresoluble que se le plantea a la educación es que hasta hace muy poco ha sido el mecanismo de transmisión de la cultura de una sociedad. Ha sido una transmisora eficaz. Esto valía para sociedades estáticas y homogéneas, pero no para las nuestras, que son veloces y heterogéneas.

El sistema educativo actual es muy diferente del que usted conoció de pequeño, ¿verdad?
Sí, yo fui a la escuela justo después de la guerra y tuve una experiencia interesante en un pequeño colegio de una disciplina militar de arriba abajo. Había un sistema parecido al actual sistema de puntos del carné de conducir: ibas perdiendo puntos en caso de mala conducta pero también podías recuperarlos, no sólo sacando buenas notas sino también haciendo actividades como por ejemplo murales (daban mucha importancia al dibujo).

José Antonio Marina (Toledo, 1939), catedrático de Filosofía, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, Premio Nacional de Ensayo, Premio Giner de los Ríos de Innovación Educativa, ha dedicado su vida profesional a la investigación sobre la inteligencia y a la educación. El año 2005 puso en marcha la iniciativa “Movilización Educativa de la Sociedad” cuyo objetivo es fomentar la participación de toda la sociedad en la mejora de la educación. En el año 2010 fundó la Fundación Educativa Universidad de Padres. Uno de los proyectos de esta Fundación es la Universidad de Padres UP on-line, cuyo objetivo final es ayudar a los padres en el proceso educativo de sus hijos para que los niños adquieran los recursos intelectuales, afectivos y morales necesarios para que se conviertan en adultos felices y responsables. Ha expuesto su proyecto educativo en libros como “Aprender a vivir” (Ariel), “Aprender a convivir” (Ariel), “La magia de leer” (Plaza y Janés), “La magia de escribir” (Plaza y  Janés), “Teoría de la inteligencia creadora” (Anagrama), “Ética para náufragos” (Anagrama), y los libros de texto de “Educación para la ciudadanía”, “Educación cívica y Filosofía” para la editorial SM, “La educación del talento”, “El cerebro infantil: la gran oportunidad”  (Ariel)  y “Las culturas fracasadas” (Anagrama).

Entrevista realizada por Daniel Romaní. Periodista y escritor. Colaborador de Educaweb

Fuente: http://www.educaweb.com/noticia/2011/07/18/educacion-puede-cambiar-estructura-cerebro-jose-antonio-marina-4899/

C. Marco

La carta del profesor uruguayo que conmueve al mundo de la educación

Se trata del periodista y académico Leonardo Haberkorn, quien renunció a seguir dando clases en la universidad ORT de Montevideo. “Me cansé de pelearle a los celulares, el Whatsapp y el Facebook”. Fragmentos del texto publicado en su blog, El Informante.

El profesor Leonardo Haberkorn dictaba clases en la carrera de Comunicación en la universidad ORT de Montevideo, hasta que renunció en diciembre de 2015 (Gentileza Leo Carreño)

El profesor Leonardo Haberkorn dictaba clases en la carrera de Comunicación en la universidad ORT de Montevideo, hasta que renunció en diciembre de 2015 (Gentileza Leo Carreño)

Con mi música y la Falacci a otra parte

Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez.

No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún día a dictar clases en una licenciatura en periodismo.

Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook.  Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla.

Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa de recibir selfies.

Claro, es cierto, no todos son así.

Pero cada vez son más.

Hasta hace tres o cuatro años la exhortación a dejar el teléfono de lado durante 90 minutos –aunque más no fuera para no ser maleducados- todavía tenía algún efecto. Ya no. Puede ser que sea yo, que me haya desgastado demasiado en el combate. O que esté haciendo algo mal. Pero hay algo cierto: muchos de estos chicos no tienen conciencia de lo ofensivo e hiriente que es lo que hacen.

Además, cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo ante gente que no lo consume ni le ve sentido a estar informado.

Esta semana en clase salió el tema Venezuela. Solo una estudiante en 20 pudo decir lo básico del conflicto. Lo muy básico. El resto no tenía ni la más mínima idea. Les pregunté si sabían qué uruguayo estaba en medio de esa tormenta. Obviamente, ninguno sabía. Les pregunté si conocían quién es Almagro. Silencio. A las cansadas, desde el fondo del salón, una única chica balbuceó: ¿no era el canciller?

¿Saben quién es Vargas Llosa? ¡Sí!

¿Alguno leyó alguno de sus libros? No, ninguno.

Haberkorn lamenta que los jóvenes no pueden dejar el celular, ni aun en clase (Shutterstock)

Haberkorn lamenta que los jóvenes no pueden dejar el celular, ni aun en clase (Shutterstock)

Conectar a gente tan desinformada con el periodismo es complicado. Es como enseñar botánica a alguien que viene de un planeta donde no existen los vegetales.

Que la incultura, el desinterés y la ajenidad no les nacieron solos.

Que les fueron matando la curiosidad y que, con cada maestra que dejó de corregirles las faltas de ortografía, les enseñaron que todo da más o menos lo mismo.

No quiero ser parte de ese círculo perverso. Nunca fui así y no lo seré.

Lo que hago, siempre me gustó hacerlo bien. Lo mejor posible.

Justamente, porque creo en la excelencia, todos los años llevo a clase grandes ejemplos del periodismo, esos que le encienden el alma incluso a un témpano.

Este año, proyectando la película ‘El Informante’, sobre dos héroes del periodismo y de la vida, vi a gente dormirse en el salón y a otros chateando en WhatsApp o Facebook.

¡Yo la vi más de 200 veces y todavía hay escenas donde tengo que guantarme las lágrimas!

También les llevé la entrevista de Oriana Fallaci a Galtieri. Toda la vida resultó. Ahora se te va una clase entera en preparar el ambiente: primero tenés que contarles quién era Galtieri, qué fue la guerra de las Malvinas, en qué momento histórico la corajuda periodista italiana se sentó frente al dictador.

Les expliqué todo. Les pasé el video de la Plaza de Mayo repleta de una multitud enloquecida vivando a Galtieri, cuando dijo: “¡Si quieren venir, que vengan! ¡Les presentaremos batalla!“.

Normalmente, a esta altura, todos los años ya había conseguido que la mayor parte de la clase siguiera el asunto con fascinación.

Este año no. Caras absortas. Desinterés. Un pibe despatarrado mirando su Facebook. Todo el año estuvo igual.

Llegamos a la entrevista. Leímos los fragmentos más duros e inolvidables.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

Ellos querían que terminara la clase.

Yo también.

Fuente: http://www.infobae.com/s

C. Marco

Llámales mientras puedas

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Se convierte la muerte en cotidiana a partir de cierta edad.

Llevo varios funerales demasiado seguidos en el calendario y no me da tiempo a quitarme de encima esa tristeza que se ha pegado a la camisa. Amigos de mi edad que empiezan a quedarse solos. Así están siendo estos días hilvanados en hilo negro. Extraños, repetidos, duros, amargos.

El mensaje de móvil, el amigo destrozado, su madre muerta y el nudo que oprime el pecho hasta la espalda.

El escenario cambia y el dolor es idéntico, casi físico. Las miradas perdidas, la mandíbula prieta y el abrazo que dura más que nunca. Allí te quedas, diciendo lo que puedes entre titubeos, torpezas y un cariño inmenso, sabiendo que todo es jodídamente difícil. Que ya está. Que nada vale. Que todo sobra. Que nada puede ayudar. Que incluso estorbas queriendo hablar.

Ya no la voy a poder llamar”, me dice mi amigo entre lágrimas. Y la palabra mamá cobra una fuerza que, por repetida, no se gasta. El egoísta que habita en cada uno de nosotros quiere irse de allí, salir fuera del tanatorio y llamar a la suya.

-“Mamá, qué haces. Sólo quería oírte”.

No hay palabras que reduzcan el inmenso dolor que hunde los hombros y los ojos hasta la nuca de tu amigo, esa aflicción que vence, que aplasta. Todos dan consejos en la sala de espera (de espera, qué definición más punzante). Hay saludos involuntarios. Besos atropellados. Olor a flores. Esas que, aún siendo las mismas, huelen diferente en un bautizo, en una boda y en un entierro.

Tu amigo se hunde en tus brazos y al mismo tiempo lo haces con él. La vida tiene poquitas letras, dos menos que la muerte. Por eso se pasa rápida y la otra se intuye larga. Te llora, le lloras y le dices que no llore o que llore lo que quiera. Aparecen las anécdotas de niño, el jersey que se compró de color verde, los primeros juegos y las buenas noches. Y no quieres decir nada porque nada le calma. Nada.

No quería escribir nada de todo esto. Ni siquiera me sale lo que de verdad quiero decir. Por eso vuelo en círculos sin aterrizar en el verdadero dolor que supone. Entiendo que las madres no por serlo son perfectas, ni todos querremos igual a las nuestras. Tal vez algunos queréis más a los padres. Yo qué sé. Pero cada uno escribe de lo que le escuece, de aquello que le araña o que le espanta.

Las madres son poderosas y valientes, nos quitan los dolores con saliva, nos quitaron los miedos y dejaron la puerta de nuestra habitación abierta por si acaso llegaban las pesadillas o entornadas por si llegaban los Reyes, llamaban al médico y nos cogían en brazos el día de la operación de anginas, prepararon los cumpleaños y compraron ropa que no queríamos pero que tocaba tener, remendaron la mochila, aprendieron a soltar cuerda cuando quisimos crecer, crecimos, nos llamaron desde el balcón para la cena, crecimos más, fingieron que no sabían que nos enamorábamos, nos ayudaron con los deberes y con las excusas, con el primer contrato y el primer paro, dijeron “adelante, tú puedes”, nos esperaron por la noche, supieron de nuestras mentiras, dejaron la nevera llena, hicieron copia de llaves, repitieron la comida que más nos gustaba en domingo y nos contaron las mismas anécdotas de cuando fueron niñas en su vieja España. Y ahí, cuando todo se va, cuando tu amigo o tu amiga llora… vuelve el niño. Ese que decía “mamá”.

Qué jodido no poder consolar a tus amigos con palabras.

No pienso releer nada de lo escrito. Solo quería estar.

Fuente:

C. Marco

Eres absolutamente libre para crear en tu vida un cielo o un infierno

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“Deja ya de estar rezando y dándote golpes en el pecho! Lo que quiero que hagas es que salgas al mundo a disfrutar de tu vida.

Quiero que goces, que cantes, que te diviertas y que disfrutes de todo lo que he hecho para ti.

¡Deja ya de ir a esos templos lúgubres, obscuros y fríos que tú mismo construiste y que dices que son mi casa. Mi casa está en las montañas, en los bosques, los ríos, los lagos, las
playas. Ahí es en donde vivo y ahí expreso mi amor por ti.

Deja ya de culparme de tu vida miserable; yo nunca te dije que había nada mal en ti o que eras un pecador, o que tu sexualidad fuera algo malo.

El sexo es un regalo que te he dado y con el que puedes expresar tu amor, tu éxtasis, tu alegría. Así que no me culpes a mí por todo lo que te han hecho creer.

Deja ya de estar leyendo supuestas escrituras sagradas que nada tienen que ver conmigo. Si no puedes leerme en un amanecer, en un paisaje, en la mirada de tus amigos, en los ojos de tu hijito…

¡No me encontrarás en ningún libro!

Confía en mí y deja de pedirme. ¿Me vas a decir a mí como hacer mi trabajo?

Deja de tenerme tanto miedo. Yo no te juzgo, ni te crítico, ni me enojo, ni me molesto, ni castigo. Yo soy puro amor.

Deja de pedirme perdón, no hay nada que perdonar. Si yo te hice… yo te llené de pasiones, de limitaciones, de placeres, de sentimientos, de necesidades, de incoherencias… de libre albedrío ¿Cómo puedo culparte si respondes a algo que yo puse en ti? ¿Cómo puedo castigarte por ser como eres, si yo soy el que te hice? ¿Crees que podría yo crear un lugar para quemar a todos mis hijos que se porten mal, por el resto de la eternidad? ¿Qué clase de dios puede hacer eso?

Olvídate de cualquier tipo de mandamientos, de cualquier tipo de leyes; esas son artimañas para manipularte, para controlarte, que sólo crean culpa en ti.

Respeta a tus semejantes y no hagas lo que no quieras para ti. Lo único que te pido es que pongas atención en tu vida, que tu estado de alerta sea tu guía.

Amado mío, esta vida no es una prueba, ni un escalón, ni un paso en el camino, ni un ensayo, ni un preludio hacia el paraíso. Esta vida es lo único que hay aquí y ahora y lo único que necesitas.

Te he hecho absolutamente libre, no hay premios ni castigos, no hay pecados ni virtudes, nadie lleva un marcador, nadie lleva un registro.

Eres absolutamente libre para crear en tu vida un cielo o un infierno.

No te podría decir si hay algo después de esta vida, pero te puedo dar un consejo. Vive como si no lo hubiera. Como si esta fuera tu única oportunidad de disfrutar, de amar, de existir.

Así, si no hay nada, pues habrás disfrutado de la oportunidad que te di. Y si lo hay, ten por seguro que no te voy a preguntar si te portaste bien o mal, te voy a preguntar ¿Te gustó?… ¿Te divertiste? ¿Qué fue lo que más disfrutaste? ¿Qué aprendiste?…

Deja de creer en mí; creer es suponer, adivinar, imaginar. Yo no quiero que creas en mí, quiero que me sientas en ti. Quiero que me sientas en ti cuando besas a tu amada, cuando arropas a tu hijita, cuando acaricias a tu perro, cuando te bañas en el mar.

Deja de alabarme, ¿Qué clase de Dios ególatra crees que soy?

Me aburre que me alaben, me harta que me agradezcan. ¿Te sientes agradecido? Demuéstralo cuidando de ti, de tu salud, de tus relaciones, del mundo. ¿Te sientes mirado, sobrecogido?… ¡Expresa tu alegría! Esa es la forma de alabarme.

Deja de complicarte las cosas y de repetir como un loro lo que te han enseñado acerca de mí.

Lo único seguro es que estás aquí, que estás vivo, que este mundo está lleno de maravillas. ¿Para qué necesitas más milagros? ¿Para qué tantas explicaciones?

No me busques afuera, no me encontrarás. Búscame dentro… ahí estoy, latiendo en ti.

C. Marco

 

Piensa en otro idioma y acertarás

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“¿En qué idioma te lo tengo que decir para que me hagas caso?”. Esta frase que miles de madres han lanzado contra sus hijos está, en el fondo, cargada de verdad (como todas las cosas que dicen las madres). Porque una serie de trabajos científicos recientes está dando forma a una realidad sorprendente: pensamos y decidimos de distinta forma si procesamos la información en otro idioma que no sea el materno. Aunque entendamos igual de bien la idea o el problema, al hacerlo en una segunda lengua el resultado será más reflexivo; menos emocional, más orientado a obtener un resultado útil.

“Beneficia al pensamiento deliberativo; te hace pensar dos veces las cosas”, asegura Albert Costa, uno de los mayores expertos en bilingüismo gracias a sus investigaciones en la Universidad Pompeu Fabra. Empezó sus estudios en este campo con el dilema del tranvía: ¿tirarías a una persona a la vía para que con su muerte salve la vida de otras cinco personas? El conflicto moral que nos supone empujar a esa víctima solitaria se desvanece en muchas personas cuando se lo plantean en un idioma que no es el materno.

Las personas que sacrificarían a esa persona en virtud del bien común pasan de ser el 20% de la muestra hasta casi la mitad. Únicamente porque procesan el dilema en un idioma aprendido después del materno. Muchos otros trabajos han confirmado estos resultados: en un idioma extranjero nos llevamos menos por lo emocional y nos centramos en el resultado más eficiente. Somos menos moralistas y más utilitaristas. Siempre se trata de sujetos que manejan con soltura el otro idioma y se ha probado en español, inglés, italiano, alemán… el habla concreta no parece influir.

“Beneficia al pensamiento deliberativo; te hace pensar dos veces las cosas”, asegura Albert Costa

Costa acaba de publicar un artículo junto a unos colegas en una revista especializada (Trends in Cognitive Sciences) en el que repasa algunos de los resultados más llamativos de este campo de investigación y en el que tratan de explicar los motivos. En otro idioma, no solo nos centramos menos en nuestra primera respuesta emocional en dilemas morales. Además, crece la tolerancia al riesgo por ejemplo al planear un viaje o al aceptar una novedad biotecnológica: se maximiza el interés por el beneficio. Y nos ofenden menos los insultos.

También este mes se ha publicado una investigación de la especialista Janet Geipel, de la Universidad de Trento, en el que proponían dos situaciones en las que las intenciones morales entran en conflicto con el resultado obtenido. Por ejemplo, alguien entrega una chaqueta a mendigo para que se caliente pero termina recibiendo una paliza porque otros creen que la ha robado. Por otro lado, la historia de una pareja que decide adoptar a una niña discapacitada para poder cobrar las ayudas estatales o la idea de una empresa de donar a la caridad para mejorar sus beneficios. Al plantear estos escenarios en el idioma extranjero, los sujetos estudiados valoraron mucho más el resultado obtenido (malo en el primer caso, bueno en el segundo) que la ética de las intenciones.

Geipel había publicado el año pasado otro estudio en el que proponía situaciones con cierta carga de tabú social: un hombre que cocina y prueba la carne de su perro muerto, alguien que trocea una bandera de su país para limpiar un váter, una pareja de hermanos que deciden mantener una relación sexual. Los sujetos debían evaluar del 0 al 10 la maldad del acto. Quienes los leyeron en su segundo idioma otorgaron de media un punto menos de incorrección moral a estas acciones.

No están claros los motivos concretos de este cambio de conducta, de esta doble personalidad lingüística. Costa sugiere un ramillete de razones que estarían interconectadas entre sí: “Por un lado, otro idioma obliga a pensar despacio. Además, entendemos que lo emocional está más ligado a la primera lengua que aprendemos”.

“Por un lado, otro idioma obliga a pensar despacio. Además, entendemos que lo emocional está más ligado a la primera lengua que aprendemos”, sugiere Costa.

Como explica el premio Nobel Daniel Kahneman, nuestro cerebro contaría con un Sistema 1, que se dedica a las respuestas intuitivas, más veloces y eficaces pero lastradas por sesgos, y un Sistema 2, que se ocupa de las respuestas que exigen reflexión. En nuestro idioma natural, saltaría con más facilidad el Sistema 1 a gestionar el problema; el esfuerzo adicional de usar otro idioma despertaría al Sistema 2, más perezoso pero más juicioso. Así se explicaría ese porcentaje de personas que aparcan sesgos como la aversión al riesgo, los reparos morales, etc.

Tanto Geipel como Costa suelen mencionar en sus trabajos la situación que se da en escenarios como Naciones Unidas o la Unión Europea, en la que buena parte de sus miembros toman decisiones en una lengua que no es la materna. “Y en multinacionales, en la ciencia, en numerosos ámbitos hay gente trabajando en inglés aunque no es su primer idioma”, señala Costa, que está trabajando en aplicaciones para este hallazgo. Por ejemplo, en negociaciones en las que se requiere que los actores aparquen sus emociones y sus pegas personales, centrándose en los beneficios que obtendrían ambos si logran ponerse de acuerdo. Quizá sería una buena idea proponer sesiones en inglés en el Congreso de los Diputados.

Fuente: Javier Salas.

C. Marco

Síndrome de Savant: Personas con unas habilidades cognitivas sobrehumanas

Síndrome de Savant, personas con unas habilidades cognitivas sobrehumanas

Los mecanismos que hacen funcionar al cerebro no sólo se revelan a través de los déficits causados por lesiones.

En algunos casos, es la existencia de capacidades especiales o aumentadas lo que nos ofrece pistas acerca del funcionamiento del sistema nervioso humano y de cómo un funcionamiento anómalo del encéfalo no tiene por qué ser sinónimo de deficiencias. El Síndrome de Savant, también conocido como Síndrome del Sabio, es una clara muestra de ello.

¿Qué es el Síndrome de Savant?

El Síndrome de Savant es un concepto amplio que abarca una serie de síntomas cognitivos anómalos que están relacionados con capacidades mentales prodigiosas. Puede que parezca una definición demasiado ambigua, pero lo cierto es que los llamados savant pueden hacer gala de diferentes tipos de facultades cognitivas aumentadas: desde una memoria casi fotográfica hasta la capacidad para escribir frases al revés a gran velocidad o hacer cálculos matemáticos complejos de manera intuitiva sin tener formación previa en matemáticas.

Sin embargo, las áreas en las que las personas con savantismo destacan acostumbran a estar más o menos bien delimitadas, y no tienen por qué involucrar sólo procesos relacionados con el pensamiento lógico y racional. Por ejemplo, es perfectamente posible que el Síndrome de Savant se exprese a través de una habilidad espontánea para crear piezas artísticas.

Aunque el Síndrome de Savant sirve como categoría-cajón de sastre para etiquetar muchos casos muy distintos entre sí, casi todos tienen en común el hecho de involucrar procesos psicológicos automáticos e intuitivos, que no le cuestan práctica ni esfuerzo a la persona con savantismo.

El caso de Kim Peek:

Uno de los casos de savantismo más célebres es el de Kim Peek, del que ya hablamos en un artículo anterior. Peek era capaz de memorizarlo prácticamente todo, incluidas todas las páginas de los libros que leía. Sin embargo, no es el único caso de persona que presenta el Síndrome de Savant, y muchos de ellos tienen una capacidad parecida para hacer que todo que todo quede registrado en recuerdos.

Algunos problemas:

Aunque el Síndrome del Sabio hace referencia a las capacidades cognitivas aumentadas, en muchos casos este viene asociado a déficits en otros aspectos, como malas habilidades sociales o problemas en el habla, y algunos investigadores creen que está relacionado con el espectro autista o con el Síndrome de Asperger.

Esto concuerda con una concepción del cerebro como un conjunto de recursos limitados que deben ser bien administrados. Si muchas áreas del encéfalo se disputan constantemente los recursos necesarios para funcionar y se da una descompensación en la manera de distribuirlos, no resulta descabellado que algunas capacidades crezcan a costa de otras.

Sin embargo, parte de los motivos por los que presentar savantismo no tiene por qué ser todo ventajas se encuentra más allá del funcionamiento autónomo del cerebro. Concretamente, en el encaje social de estas personas. Tener una serie de facultades que pueden ser etiquetadas bajo la idea de Síndrome de Savant es, en parte, percibir el mundo de una manera muy distinta a como lo hace el resto de personas.

Por tanto, si las dos partes no están lo suficientemente sensibilizadas como para ponerse en el lugar del otro y hacer la vida en común más fácil, la persona con savantismo puede sufrir las consecuencias de la marginación u otras barreras difíciles de salvar.

¿Qué es lo que origina savantismo?

La respuesta rápida a esta pregunta es que no se sabe. Sin embargo, existen indicios de que muchos de estos casos pueden explicarse por una asimetría funcional entre los dos hemisferios cerebrales, o algo que altera la manera de trabajar conjuntamente de estas dos mitades.

En concreto, se cree que la expansión de algunas áreas funcionales del hemisferio derecho que aparece para compensar algunas deficiencias en el hemisferio izquierdo podría ser la causa de un conjunto de síntomas tan variado. Sin embargo aún queda bastante para que podamos tener la fotografía al completo de un fenómeno neurológico tan complejo como este.

Fuente: Arturo Torres. Psicólogo.Licenciado en Sociología por la Universitat Autónoma de Barcelona. Graduado en Psicología por la Universitat de Barcelona. Posgrado en comunicación política y Máster en Psicología social.

C. Marco

​Utilitarismo: Una filosofía centrada en la felicidad

Utilitarismo: una filosofía centrada en la felicidad

En ocasiones se critica a los filósofos por teorizar demasiado acera de la realidad y las ideas que utilizamos para definirlas y prestarle poca atención a investigar la naturaleza de aquello que nos hace realmente felices.

Esta es una acusación desacertada por dos razones. La primera es que no es la tarea de los filósofos estudiar los hábitos que pueden contribuir a hacer felices a grandes grupos de personas; esa es función de los científicos. La segunda es que sí hay por lo menos una corriente filosófica que pone la felicidad en el centro de su ámbito de interés. Su nombre es utilitarismo.

¿Qué es el utilitarismo?

Muy relacionado con el hedonismo, el utilitarismo es una teoría de la rama ética de la filosofía según la cual las conductas moralmente buenas son aquellas cuyas consecuencias producen felicidad. De este modo, hay dos elementos básicos que definen el utilitarismo: su modo de relacionar el bien con la felicidad de los individuos y su consecuencialismo.

Esta última propiedad significa que, al contrario de lo que ocurre con algunas doctrinas filosóficas que identifican el bien con las intenciones buenas que tiene alguien a la hora de actuar, el utilitarismo identifica las consecuencias de las acciones como el aspecto que debe ser examinado a la hora de juzgar si una acción es buena o mala.

El cálculo de la felicidad de Bentham:

Examinar la bondad o maldad de los actos centrándose en las intenciones que tenemos puede parecer fácil a la hora de evaluar el grado en el que somos moralmente buenos o no. A fin de cuentas, solo tenemos que preguntarnos si con nuestras acciones buscábamos perjudicar a alguien o más bien beneficiar a alguien.

Desde la perspectiva del utilitarismo, sin embargo, ver si nos ceñimos al bien o al mal no es tan fácil, porque se pierde la referencia clara que son nuestras intenciones, un ámbito en el que cada uno de nosotros somos nuestros únicos jueces. Pasamos a tener la necesidad de desarrollar un modo de “medir” la felicidad que generan nuestras acciones. Esta empresa fue emprendida en su forma más literal uno de los padres del utilitarismo, el filósofo inglés Jeremy Bentham, que creía que la utilidad puede ser evaluada cuantitativamente tal y como se hace con cualquier elemento que puede ser identificado en el tiempo y el espacio.

Este cálculo hedonista era un esfuerzo por crear una forma sistemática de establecer objetivamente el nivel de felicidad que tienen como consecuencia nuestras acciones, y por lo tanto se ajustaba totalmente a la filosofía utilitarista. Incluía ciertas medidas para ponderar la duración e intensidad de las sensaciones positivas y placenteras que se experimentan y para hacer lo mismo con las experiencias dolorosas. Sin embargo, las pretensiones de objetivar el nivel de felicidad de una acción pueden ser puestas en duda fácilmente. A fin de cuentas, no hay un criterio único e incuestionable acerca del grado de importancia que hay que darle a cada “variable” del nivel de felicidad; a algunas personas les interesará más la duración de estas, a otras su intensidad, a otras el grado de probabilidad con el que acarreará más consecuencias placenteras, etc.

John Stuart Mill y el Utilitarismo:

John Stuart Mill es considerado uno de los pensadores más influyentes en el desarrollo teórico del liberalismo, y fue también un entusiasta defensor del utilitarismo. Stuart Mill se preocupó por resolver una problemática concreta: el modo en el que los intereses del individuo pueden chocar con los de otras personas en la búsqueda de la felicidad. Este tipo de conflictos pueden aparecer muy fácilmente por el hecho de que la felicidad y el placer asociado a esta solo pueden ser experimentados individualmente, y no socialmente, pero a la vez los seres humanos necesitan vivir en sociedad para tener ciertas garantías de supervivencia.

Es por eso que Stuart Mill relaciona el concepto de la felicidad con el de justicia. Tiene sentido que lo hiciese de este modo, porque la justicia puede ser entendida como un sistema de mantenimiento de un marco de relaciones sanas en el que cada individuo tiene garantizada la protección ante ciertos ataques (convertidos en infracciones) a la vez que sigue gozando de libertad para perseguir sus propios objetivos.

Los tipos de felicidad:

Si para Bentham la felicidad era básicamente una cuestión de cantidad, John Stuart Mill estableció una diferencia cualitativa entre diferentes tipos de felicidad.

Así, según él, la felicidad de naturaleza intelectual es mejor que la que se basa en la satisfacción producida por la estimulación de los sentidos. Sin embargo, tal y como comprobarían años después los psicólogos y los neurocientíficos, no es fácil delimitar estas dos clases de placer.

El principio de la mayor felicidad:

John Stuart Mill hizo algo más por el utilitarismo con el que había entrado en contacto a través de Bentham: le añadió definición al tipo de felicidad que debe ser perseguido desde este planteamiento ético. De este modo, si hasta entonces se entendía que el utilitarismo era la persecución de la felicidad que es fruto de las consecuencias de las acciones, Stuart Mill concretó el tema de quién de experimentar esa felicidad: la mayor cantidad posible de personas.

Esta idea es la que es llamada el principio de la mayor felicidad: debemos actuar de modo que nuestras acciones producen la mayor cantidad de felicidad en el mayor número de personas posible, una idea que se parece un poco al modelo de moral que propuso décadas antes el filósofo Immanuel Kant.

El utilitarismo como filosofía de vida:

¿Resulta de utilidad el utilitarismo como referente filosófico a través del cual estructurar nuestra manera de vivir?

La respuesta fácil a esta cuestión es que descubrir esto depende de uno mismo y del grado de felicidad que genere en nosotros la implementación de esta forma de ética.

Sin embargo, hay algo que sí se le puede conceder al utilitarismo como filosofía generalizable; hoy en día hay una mayor cantidad de investigadores dispuestos a realizar estudios acerca de los hábitos de vida que están asociados a la felicidad, lo cual significa que esta teoría filosófica puede ofrecer unas pautas de comportamiento algo más claras que hace 100 años.

Fuente: Adrián Triglia Redactor Jefe. Graduado en Psicología por la Universitat de Barcelona y licenciado en Publicidad por la misma. Actualmente cursando el Máster en Técnicas de Investigación Social Aplicada por la UAB/UB.